sábado, 8 de julio de 2017

La toma de la Sauceda



Ismael Almagro Montes de Oca

       El 15 de diciembre de 1937 “Nosotros” periódico de la Federación anarquista Ibérica, publicaba una crónica recordando la toma de la Sauceda por parte de las fuerzas del bando nacional, entre los que habían participado muchos falangistas de Alcalá, acaecida un año antes. En aquella época la Sauceda era un núcleo de población en la que se calcula que vivían alrededor de 2000 personas y cuyo alcalde, tras la victoria del Frente Popular en las elecciones del año anterior era un alcalaíno, Miguel Pérez Pérez. Tras la sublevación se convirtió en lugar de refugio para muchos republicanos de los pueblos de los alrededores, que tras ser arrasado este "Guernica andaluz" tuvieron que huir hacia Málaga, en zona aún republicana. He aquí la crónica:



"Los facciosos tuvieron que movilizar seis mil hombres, apoyados por tanques y aviación, para tomar el lugarejo de la serranía de Ronda

¡LA SIERRA HAY QUE TOMARLA!

      Nada más típico en la sierra de Ronda que este lugarejo de La Sauceda cuyo pardo caserío se confunde en la lejanía con los abruptos picachos que lo rodean, dando la sensación de una fortaleza abierta en la roca viva. Sus tres mil habitantes sabían de todos los sinsabores y de todas las angustias, para mal vivir entre aquellos riscos en constante lucha con los vientos y las nieves, los lobos y las zorras. Pocos cuadros de sembraduras, árboles sin fruto, carrascales, romeros y tomillos por toda vegetación. La necesidad de vivir tornaba la alegría de aquella gente en rebeldía constante contra todo lo que significaba abuso de mando, señoritismo y autoridad presta a la coacción y a la venalidad. Allí se rechazaba todo eso. Por cuatro rutas abiertas a pico entre precipicios se llegaba de los Gazules, Jerez de la Frontera, Jimena y Cortes a la Sauceda. Los caciques de Ronda jamás las cruzaron para ir en busca del censo en época de elecciones. Era inútil. Los serranos de La Sauceda votaban siempre contra la “Guardia civil” ... Los tricornios desviaban prudentemente las líneas de vigilancia a ellos encomendadas, para no llegar ni aun siquiera a los arrabales donde se les hacia la cruz como a Satanás... Conocían la bravura de aquellos serranos y las coladas trágicas de sus callejas pinas cuando se atrevieron a ir a buscar a los Flores Arocha, a Flores Jiménez, al veterano "Pasos Largos" y a tantos otros que se lanzaron al monte, perseguidos por la Justicia y que siempre encontraron cobijo contra los tricornios...

      Sabían los serranos de La Sauceda los "métodos de orden" de la Guardia civil. Muchos de sus vecinos conocían el temple de las baquetas, de los mosquetones y de los vergajos supletorios, que dejaron huellas infamantes en sus espaldas por salir en busca de un atado de leña para calentarse en la invernada o a cazar un conejo.

      Por eso, cuando hasta la sierra llegó la noticia de que los tricornios se habían sublevado contra la República y merodeaban por los montes haciendo la competencia a los bestias salvajes, todo el vecindario de la Sauceda se alzó contra los facciosos, juramentándose para no dejarlos llegar hasta el lugar.

     La primera nueva que tuvieron los facciosos del decidido propósito de los serranos de La Sauceda fue a poco de Iniciarse la rebelión contra el Gobierno. Hasta mitad del camino del pueblo llegaron 300 moros y civiles. No dieron un paso más. Convirtiendo cada peñasco en un parapeto, desde las cortaduras en la pizarra de los barrancos, desde los nidos de los aguiluchos, los saucedanos atacaron con escopetas de caza, con cartuchos de dinamita, con pistolas viejas, con piedras inclusive, y allí se quedó para siempre la fuerza facciosa. A los ocho días los tricornios fueron enviados a Ronda con una nota que decía; "La Sierra hay que tomarla”…

LA TOMA DE LA SAUCEDA. FUSILAMIENTOS. UN ASESINATO INCONCEBIBLE

      Seis meses duró la heroica resistencia de los tres mil habitantes del caserío de La Sauceda. Todos los riscos, vericuetos, barrancadas y picachos eran portazgos por donde sólo se pasaba una vez con vida. Se perdió la cuenta del número de patrullas moras, legionarias, falangistas y civiles que allí sucumbieron. No había cuartel para aquellos bandidos que, en nombre del "generalísimo", entraban en los pueblos, asesinaban a los hombres, violaban a las mujeres y saqueaban las casas para después incendiarias.

   Pero comenzaron a escasear las municiones. No había pan, ni más alimento que la caza. Se reunieron los más significados defensores de La Sauceda. Acordaron, burlando la vigilancia facciosa, que el alcalde, con cinco hombres, marchara a Málaga a pedir auxilios para seguir la lucha. Así se hizo. Regresaron a la Sierra con la promesa de que la aviación leal llevaría elementos a determinados sitios; pero ya era tarde. Exasperados los fascistas por aquella terrible resistencia de los vecinos de La Sauceda, atacaron a fondo, organizando para ello cuatro columnas, integradas por seis mil hombres, con ciento cincuenta Carros de asalto, que entraron sembrando la muerte por las rutas de Alcalá, Jerez y Cortes, y llevando como avanzada varias escuadrillas de aviones lanzando bombas. La defensa fue increíble. Seis días duró. Los ataques eran durísimos y la resistencia se hizo imposible. El pueblo en masa organizó una maravillosa retirada a través de los montes. Hombres y mujeres, niños y ancianos, en una marcha espantosa, escalando alturas y salvando barrancadas pavorosas, lograron huir.

      Pero los facciosos consiguieron alcanzar a un núcleo compuesto de veinte hombres, tres mujeres y diecinueve niños. Todos, absolutamente todos, sin respeto para el sexo ni para la infancia, fueron fusilados en la plaza del pueblo, frente a la iglesia, mientras el cura los injuriaba, exasperado porque los condenados, al iniciarse la ejecución, alzaban el puño y daban vivas a la República... De todo el grupo capturado un solo hombre se libró de momento de la matanza... Lo reservaban los fascistas para saciar la refinada crueldad de su jefe, aquel Juan Espejo, el posadero de Jimena de la Frontera, que, lanzando carcajadas siniestras al contemplar la bárbara agonía de aquellos infelices, sujetó con sus manazas a su víctima exclamando: “A éste dejármelo, que le voy a afeitar por mis propias manos..."

     Aquel desventurado era Francisco Castro Rodríguez, dueño del mejor comercio de La Sauceda y uno de los más heroicos defensores del pueblo. Meses antes de la rebelión tuvo un altercado con Juan Espejo porque le estafó mil pesetas en la compra de una partida de aceite.

      El posadero de Jimena de la Frontera no olvidó los insultos que Castro le había dirigido por su fechoría, y se dispuso a cobrarse la "cuenta"...

      Entre los falangistas de su pelotón cogieron al desventurado comerciante y, aun cuando éste, sospechando el martirio que le iba a dar su enemigo, se defendió cuanto pudo, le tendieron sobre una mesa de sacrificar cerdos y el sádico Espejo, riendo sin cesar, con un enorme cuchillo, de un solo tajo, le decapitó después de haberle vaciado el vientre de una cuchillada...

Restos de la ermita de la Sauceda (fotografia: https://www.lavozdelsur.es)


INCENDIO DEL LUGAR. CAPTURA DE OTRO GRUPO DE FUGITIVOS

      Una vez tomado el pueblo de La Sauceda, moros, legionarios, falangistas y guardias civiles, después de saquear las casas, incendiaron el lugar y emprendieron la persecución de los heroicos vecinos. Hasta la Sierra de Casares logró llegar, caminando de noche y ocultándose durante el día, un grupo de cincuenta saucedanos, que allí fueron copados por las tropas italianas, que ya se habían apoderado de Estepona.

     Todos los prisioneros fueron llevados a la cárcel de Algeciras, donde, apenas identificados, se ordenó su inmediato fusilamiento, sin tener en cuenta que entre los detenidos habla mujeres y niños.

     La víspera de Nochebuena a las diez, fueron sacados los prisioneros de la cárcel, y en dos camiones los llevaron al cementerio de Algeciras,

     Toda la ciudad se enteró del hecho. En el trayecto, los hombres iban dando mueras a Franco y vivas a la República, mientras las mujeres y los niños lloraban y pedían auxilio.

      Entre los que iban a ser el ejecutados figuraba Tomás Barea. A este vecino de La Sauceda, que estaba casado civilmente y tenía sus cinco hijos inscritos en el Registro civil y que siempre se había negado a bautizarlos, horas antes de la señalada para el fusilamiento le obligaron en la cárcel a contraer matrimonio eclesiástico y a bautizar a sus hijos. Después, todos ellos fueron a engrosar el grupo destinado a la matanza. Escoltaban a los dos camiones un capitán, un sargento y dieciocho guardias civiles. Ya en la puerta del cementerio el trágico cortejo, cuatro de los prisioneros, entre los que se encontraba Tomás Barea, lograron soltarse las ligaduras que les sujetaban, y, amparados en la oscuridad de la noche, se dieron a la fuga, mientras los guardias disparaban contra ellos sin cesar.

      De los cinco sólo se salvó Tomás Barea. Los restantes quedaron tendidos en la carretera. El fugitivo se detuvo para tomar aliento. Observó que los civiles regresaban al punto donde habían quedado los camiones con los prisioneros. Los siguió. A culatazos hicieron bajar a hombres y mujeres, y allí mismo, junto a las tapias del cementerio, los dejaron en montón, acribillados a balazos.

    Tomás Barea huyó enloquecido por el dolor y el espanto; llegó al puerto, se arrojó al agua y, medio muerto, consiguió llegar hasta la playa inglesa del Peñón de Gibraltar.

      En un sanatorio, perdida la razón, destrozado el organismo, convertido en un pingajo humano, ha habido necesidad de hospitalizar al desventurado."

Choza de la Sauceda (fotografia: https://www.lavozdelsur.es)

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