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sábado, 27 de febrero de 2016

La Escuela rural: de los maestros de campo a las escuelas unitarias (y III)



5.-LAS MAESTRAS DE LAS ESCUELAS DEL CAMPO. 

       En la época de máximo apogeo de Alcalá, cuando estaban en explotación la mayor parte de las tierras de cultivo y se aportaba gran parte del carbón picón y madera que se consumía en las grandes ciudades de las Bahías de Cádiz y Algeciras, el pueblo llegó a tener en torno a los doce mil habitantes. Aunque no hay estadísticas fiables, es muy posible que en torno a la mitad de la población residiera en el campo, lo que motivó la apertura de las escuelas rurales en las zonas más pobladas: Rocinejo, El Torero, El Puerto de La Parada, Las Viñas, El Búho, La Cañada de Medina y El Santuario. En las fincas de Vegablanquilla y Las Cobatillas existieron escuelas privadas gestionadas por patronatos, al menos en el segundo de los casos. 


       Estamos al final de la década de los cincuenta y en muy pocos años Alcalá va a sufrir un despoblamiento galopante, como consecuencia de la mecanización de las tareas agrícolas y el predominio del petróleo sobre las demás fuentes energéticas que se habían venido usando hasta entonces (madera, carbón, picón, etc.). El sistema productivo deja de ser competitivo en términos de productividad y coste, la máquina sustituye al hombre y éste se ve obligado a buscar empleo en otra actividad (industria, construcción, comercio, turismo, etc.). Del campo se emigra al pueblo y de éste a las Bahías de Cádiz y Algeciras, a Madrid, Cataluña, Alemania, etc. 

       En esta década migratoria aterrizan en nuestros campos un importante número de maestras destinadas a las recién construidas escuelas rurales antes mencionadas 

      Aunque en los párrafos siguientes no están todas, sí muchas de las que alfabetizaron a los alcalaínos residentes en los campos. 

Nacidas en Alcalá: Elvira Pastor Sánchez, Ana María García Gallego, María Pérez. 

De otras ciudades andaluzas: Isabel Galera que procedía de San Fernando, Carmen Ana Rivera (Antequera) y Maite Utor (Ceuta) 

De Extremadura: Elena Fernández Muñoz de Villar de Plasencia (Cáceres), Consuelo Servant Luque de Almoharín (Badajoz), María Eugenia Jiménez Gijón de Cáceres, María Inés Regodón Trinidad. 

De las Islas Canarias: Prisca de Terol (Gran Canaria), María del Carmen Hernández Rodríguez del Puerto de la Cruz (Tenerife), Ángeles Fabrellas de La Orotava (Tenerife). 

De Castilla: Sebastiana López Martín, de Val de San Lorenza (León). 

De Galicia: Ofelia San Juan. 

       En ese tiempo se destina a estas escuela sólo a maestras, en algunos casos también a maestros (Bartolomé Fernández, Andrés Agüera, etc.) pero sólo para dar clases por las tardes de alfabetización de adultos, porque las escuelas son unitarias y mixtas, por lo que no se creía "adecuado" que los hombres dieran clases a niñas y muchachas, máxime cuando entre las materias impartidas estaban las "labores del hogar". La inspectora (Doña Elisa), fue muy celosa en el cumplimiento de esta normativa oficial, como lo fue siempre en el cumplimiento de sus obligaciones, no dudaba en desplazarse con los medios disponibles entonces a cada una de las escuelas para supervisar el trabajo de sus pupilas. 

       Alejadas de las grandes poblaciones, localizadas en pequeñas localidades rurales y ubicadas en zonas más o menos remotas y de difícil acceso, las escuelas rurales nunca fueron un destino apetecible para las maestras, por lo que en la mayor parte de los casos fueron ocupadas por jóvenes recién tituladas y como primer destino de las que aprobaban las oposiciones (ganaban cuatrocientas pesetas al mes). 

      En ocasiones, cuando había que hacer sustituciones por enfermedad o cualquier otra incidencia, o simplemente por falta de maestras tituladas, se nombraban maestras "idóneas", es decir, mujeres que no habiendo cursado la carrera se las consideraba preparadas para ejercer las tareas formativas. Así fueron nombradas Silveria Morales y Juana Marín, entre otras. 

       Con edades en el entorno de los 19 o 20 años, sin experiencia profesional, sin que hubieran vivido lejos de sus familias (salvo las que se habían visto obligadas a hacerlo para sacar la carrera), acostumbradas a la vida de ciudad y procedentes en su mayoría de familias de clase media-alta acomodadas, estas muchachas se vieron de pronto trasladadas a lugares apartados e inhóspitos, sin luz eléctrica, sin agua corriente, sin servicios para el aseo personal y para cubrir las necesidades fisiológicas, que había que hacer en el corral o el establo, junto a las cabras o los caballos. Una maestra nos contó "la vergüenza que yo pasaba cada vez que tenía que hacer el "pipi" en una lata, por el ruido que hacía y el pudor que sentía al pensar que la estarían oyendo los de la casa". 

      Estas maestras emigrantes solo iban a sus lugares de origen en contadas ocasiones al año, ya que se tardaba al menos cuatro días en hacer el trayecto, dos de ida y otros dos de vuelta, en tren hasta Sevilla donde dormían, la siguiente jornada cogían el autobús hasta Alcalá y después hasta el campo. 

      La mayor parte de las consultadas han señalado las dificultades de acceso, salvo Rocinejo y El Torero que estaban ubicadas junto a la carretera Alcalá-Los Barrios. Tenían que llegar andando o a lomos de caballería (burro. mulo o caballo), aunque contaron en muchas ocasiones con el auxilio desinteresado de algunos propietarios de fincas cercanas, que en muchas ocasiones las llevaban en sus todoterrenos marca Land Rover. 

      Elvira Pastor Sánchez recuerda su preocupación al tener que pasar junto a las ganaderías de toros bravos y el miedo a encontrarse con alguno el camino, porque en ocasiones rompían los alambres que los tenían confinados. En una ocasión que tuvo que vadear el Rio Álamo a lomos de caballería se asustó cuando vio santiguarse al muchacho que la acompañaba, ella pensó: "si lo hace este que es de aquí y conoce el camino es porque es peligroso". 

      Estas circunstancias las refleja muy bien Elena Fernández Muñoz, cuando nos confesaba en una reciente entrevista: "... lo hice porque no tenía más remedio, mis padres no eran millonarios y se habían sacrificado mucho para que sus hijos estudiaran". Claro que como ella dice: "a pesar de las penalidades, a la luz de la distancia, todo se vuelve positivo. Entonces suponía una salida, el fruto del esfuerzo de los padres...". Ella recuerda agradecida la acogida y el afecto que recibió en la casa de los Martínez y el brasero que le llevaba en los días de mucho frío la esposa del Cabrillero, que vivía cerca. "En el segundo año de estancia en Las Viñas, me traslade porque iba a tener una cama solo para mí, aunque en una habitación compartida con el abuelo y dos niños". 

        Para Isabel Galera fue distinto, porque: "...mis circunstancias familiares eran diferentes y lo hice porque quise hacerlo..." Nos contó: "tenía 21 años, tarde tres días en encontrar la escuela de El Torero, porque me mandaron a una finca de Vejer que se la conoce por ese nombre”. “Tuve suerte porque, al estar junto a la carretera, podía desplazarme en el autobús" (La Valenciana que hacía la ruta Alcalá-Algeciras y El Rápido de Sevilla-Algeciras). "Mi madre me llamaba todos los días, me ponía avisos de conferencia y yo iba a la centralita del teléfono". Para Isabel fue una experiencia trabajosa y difícil pero impagable, que repetiría. 

      Elvira Pastor señala: "pase miedo muchas veces, pero fue una bonita experiencia y recuerdo con cariño a las familias y a los alumnos, que aún me siguen saludando". "Tenían ganas de aprender, buen comportamiento y amor a la maestra". Recuerda con emoción el caso de una niña que no sabía hablar cuando llegó a la escuela, en la que aprendió a hacerlo, a jugar y a sonreír. El ultimo día del curso la vi llorando" 

       María Eugenia Jiménez Gijón recuerda que llegó al Puerto de la Pará con 19 años en el curso 1964-65: "se me cayeron los palos del sombrajo, porque cuando llegue a Alcalá con mi padre pensé que la escuela estaría par allí, junto al Bar La Parada, pero cuando fuimos al Ayuntamiento, Roque Gallego, que era el alcalde, nos dijo que estaba lejos, en el campo. Fuimos al bar de Pizarro y Antonio, que estaba en la barra nos asustó porque le dijo a mi padre que donde hablan mandado a su hija había hasta lobos". Esa, noche durmieron en la Fonda Parra, con Seba y su padre, ninguno pudo conciliar el sueño. 

       Ante las dificultades para el desplazamiento y la lamentable situación de la escuela, el alcalde decidió que ella y Seba dieran clases por las tardes en el Colegio Juan Armario hasta la primavera, que se trasladaron al campo. 

      Todas guardan un grato y agradecido recuerdo de las familias, de los niños a los que enseñaron y un gran afecto por todos aquellos que les ayudaron desinteresadamente, especialmente las familias que las acogieron en sus casas, en las que comían y se alojaron como uno más de la familia, aunque el limitado espacio exigió en algunos casos compartir el dormitorio con otros miembros femeninos de la familia y hasta con el abuelo. A todas las maestras forasteras les llamaba la atención que se comiera el puchero en la cena, en vez de para almorzar. 

       En este aspecto Elvira Pastor señala a la familia Gutiérrez- Blanco del Rocinejo, en el curso 1964-65, que le ayudó a llenar la escuela de niños. "Pepe Gutiérrez me indicaba las familias que tenían hijos y organizábamos excursiones para buscarlos, pasando por cañadas con reses bravas a ambos lados y subiendo al monte. Y los recogimos a todos". El curso 66-67 estuvo destinada en la Cañada de Medina, acogida por la familia Ortega Fernández. "Durante los meses de invierno, como el camino estaba impracticable, dormía con Anita Cortijo. El resto del tiempo iba en La Valenciana hasta la Venta Tablada, o me llevaba mi padre en la moto". Ya había menos gente en el campo y solo logró reunir a doce alumnos, algunos se traían el almuerzo porque venían desde muy lejos. Recuerda que: "abrimos un huerto escolar y cuando ya estaban brotando las semillas, una mañana nos encontramos todo deshecho por el ganado, con lo que se esfumaron todas nuestras ilusiones”. 

Alumnos en la Escuela del Rocinejo

        Isabel Galera recuerda a la familia Benegas del Ventorrillo El Torero, que le dio de comer el primer día de clases cuando perdió el autobús; de Chari la hija que se encargó de buscarle el medio de transporte para volver a Alcalá con Frasquito Gil. También recuerda agradecida a la familia Tirado Vera, porque María Vera les llevaba a la clase uno o dos braseros para que se calentaran y un café para la maestra a la hora del recreo. Y del abuelo, que le hizo un soplador de palmas, para avivar el fuego que hacían en la puerta de la escuela, en el que calentaban la leche en polvo que daban a los niños. 

       María Eugenia Jiménez recuerda que la escuela del Puerto de la Parada tenia vivienda, pero se quedaba a dormir en la choza de Ana Rojas y cuando iba al pueblo, se ofrecieron a llevarla Agustín Pérez, y Antonio Ruiz (padre e hijo) que además, colaboraron hablando con las familias para que trajeran a sus hijos a la escuela. 

        Las maestras forasteras también tuvieron sus momentos de gloria y muchos éxitos sentimentales, contribuyendo en gran medida a mezclar (mejorar dicen ellas) la sangre del pueblo, puesto que muchas de ellas se quedaron a vivir con nosotros después de contraer matrimonio con lo mejorcito de cada casa. La suerte les ha sonreído con una poblada descendencia y se han integrado con toda normalidad en la vida del pueblo. 

       Un grupo de ellas (Elena, María Eugenia, Seba, Loli, Isabel) cuando venían al pueblo los fines de semana, se alojaban en casa de Josefa Herrera, la Seña Pepa, e iban a ver la televisión y a jugar a las cartas a casa de la familia Pastor. De esas visitas saldría el noviazgo, consumado en matrimonio, de Elena Fernández con Miguel Pastor. Tal vez ayudaría el impacto causado por la novedad de los pantalones de espuma que usaba ella, toda una primicia en el pueblo, como lo fue el SEAT 600 de Isabel Galera. 

       Pasaron su calvario porque no les inspiraban confianza las miradas lujuriosas de algunos mozos del campo, en algunos casos provocadas por las "imprudencias", como la de una maestra del Rocinejo que se le ocurrió tender todas las bragas de colores cuando llegaban los arrieros con los mulos cargados de ceras de carbón. 

       Una de las primeras en cazar mozo fue una maestra canaria que vivió en Las Viñas, se casó con uno de allí y se fueron a vivir a las Islas. Los éxitos amorosos de las forasteras despertaron la preocupación de las mocitas "en edad de merecer" del pueblo que advertían preocupadas: "han venido unas maestras guapísimas que seguro se llevaran lo mejor del pueblo". También las bubo que constataron: "nosotras decimos que no hay hombres interesantes en el pueblo, pero vienen las maestras forasteras y los encuentran". Claro que los encontraron, porque se casaron: María Eugenia Jiménez con Antonio Fernández, Consuelo Servant con Manuel Ahumada, Elena Fernández con Miguel Pastor, María Inés Regodón con Pepe Díaz e Isabel Galera con Diego Romero. 

      María Eugenia recuerda que iban a tomar café al Bar La Parada y siempre que pedían la cuenta estaba pagada. No sabían quien era el pretendiente hasta que Antonio Fernández dio la cara un día que vinieron a actuar al Cine Andalucía "Los Bombones de España", una revista de coristas todo un escándalo para las mujeres de la época. No lo tuvieron fácil porque, aunque conoció al que sería su marido al poco tiempo de llegar al pueblo, se paseaban por la carretera de Los Barrios con la compañera Seba de carabina y a los pocos meses se lo llevaron a la millia Sidi Ifni y estuvieron catorce meses sin verse. 

      Contaron con importantes aliadas en su acicalamiento personal para resaltar sus bellezas por el desprendimiento y generosidad de Marujita Maura, Clarita García y Pura Romero que les prestaban sus mantones de Manila y se asomaban al balcón para verlas pasar camino de la feria. 

      La historia, las historias... podrían ser interminables si hubiera tenido el tiempo y la paciencia para hablar con todas, en un ejercicio de recuperación de la memoria en el que, en opinión de alguna de las encuestadas, han rejuvenecido de pronto cuarenta años. Tengo que pedir disculpas por los errores provocados por la precipitación, las ausencias que impuso el olvido causado por el tiempo, implacable con la memoria. Y como no, agradecer profundamente el placer de la conversación y las emociones vividas con los relatos. 

        Mi agradecimiento por sus aportaciones a: Beatriz Díaz, Francisca Peña, Paco Pizarro, Pedro Gallego, Carlos Perales, Pepe García, Luis Romero. Miguel Blanco, Rosario Gutiérrez, Juan López, María Ortega y todas las maestras entrevistadas: Elvira Pastor, Elena Fernández, Isabel Galera, y María Eugenia Jiménez. Y a Inmaculada Pastor mi esposa, amante y compañera por ayudarme siempre a "poner los puntos sobre las ies" en la vida y en todo lo que escribo. 

sábado, 13 de febrero de 2016

La Escuela rural: de los maestros de campo a las escuelas unitarias (II)




4.-LOS MAESTROS ITINERANTES. 

     Hasta la creación de las escuelas rurales, la enseñanza estaba a cargo de los maestros itinerantes, la mayor parte de los cuales carecía del título oficial de magisterio, aunque poseía una formación suficiente para cubrir las necesidades y demandas de la población residente en el campo: aprender a leer y escribir, el dominio de las "cuatro reglas" (sumar, restar, multiplicar y dividir) y el manejo del sistema métrico decimal, que poco a poco fue sustituyendo los usos y costumbres antiguos relacionados: con la fanega y la aranzada para medir las superficies, los quintales, arrobas y libras para el peso y la fanega y cuartilla para los volúmenes. 

      En determinados casos, estos maestros ambulantes habían sido apartados del servicio o sancionados, por lo que se trasladaban al campo a ofrecer sus servicios a las familias que vivían alejadas de los núcleos de población, a donde no llegaba ningún tipo de oferta educativa, ni de los poderes públicos ni de las organizaciones religiosas. 

        Estos educadores fijaban unas determinadas rutas, que dependían de la residencia de los niños. La jornada escolar se establecía de acuerdo con los padres, en función de las horas contratadas, del número de alumnos y de sus ocupaciones en las tareas del campo, ya fuera el cultivo de la tierra o el cuidado del ganado y de la disponibilidad de tiempo del propio maestro. 

      Se trasladaban a pie, a tornos de cabalgadura, incluso en bicicleta o, en los últimos tiempos, en ciclomotor, sufriendo las penalidades asociadas a las inclemencias del tiempo (frío, calor, lluvia), al mal estado de caminos y a los riesgos de ser atacado por el ganado bravo o los perros domésticos. Comían y se alojaban en los cortijos y viviendas en las que prestaban sus servicios, merced a la hospitalidad interesada de las familias, compartiendo bebidas y viandas como uno más de la familia. Sus modestos honorarios los recibían en metálico o en especies, disfrutando en todo caso de los productos naturales habituales: huevos, quesos, chacinas, piezas de caza y corral, espárragos, tagarninas, patatas, melones y sandias, naranjas, cebollas y ajos, etc. 

       Disfrutaban de la máxima autoridad académica, para imponer sin cortapisas la disciplina y la tarea a los alumnos, con el férreo apoyo sin fisuras de sus progenitores, que aprovechaban la visita del respetado maestro para recabar información sobre los últimos acontecimientos y mantener largas conversaciones sobre lo divino y lo humano. 

      Entre el amplio número de personas que se dedicaban a esta dura tarea de enseñar en el campo, los más conocidos y presentes en la memoria de las personas consultadas son: D. José María Peña Colón, D. Fausto Ruiz Galán, D. Antonio García, D. Antonio Molina Tamayo, etc. La relación de todos los maestros itinerantes, que han enseñado por nuestros campos, supongo que sería interminable. Consciente de que cometerá algunos errores en los nombres y se quedarán muchos en el tintero, he querido mencionar a algunos de ellos, cuyos datos me han aportado algunas personas consultadas: 

       Juan López Montes de Oca, que vivía en la Cañada de Jota, lindando con Laganes, recuerda al maestro Molina que le dio muy pocas clases, porque a sus padres no les gustó que le tirara de las orejas. También tuvo de maestro a D. José Moreno y a. D. Francisco Pineda, que fue antes guarda forestal y hacia la ruta hasta Barrancones dando clase por las casas y chozas. Cuando llegaba el maestro dejaban de guardar el ganado, que quedaba a cargo de un familiar y daban dos o tres horas de clase. Quien más le enseñó, “me dejó dividiendo en apenas unos meses", fue D. José María Peña Colón, al que le gustaban las yemas de huevo con vino, Recuerda que su padre le dio más de veinte repasos a la enciclopedia y cuando se hablaba de algún sitio lo buscaba en el mapa. 

       María Ortega Fernández me dice que recuerda a: D. Martín, D. Vicente que era de Vélez Málaga, Dña. Lutgarda Romero Muñoz y Dña. María Vargas García (de Alcalá), también a Dña. María Eugenia y Dña. Loli. 

      Pepe García Pino, en cuya casa recibían las clases todos los niños del "Llano la Mata", me ha hablado de D. Francisco García, que era topógrafo y daba clases en la finca de El Torero y luego fue el primero que vivió en la escuela con su mujer, Dolores Romero; de D. Jorge, que daba clases en la finca de El Jautor; de D. Roque, del Padre Fermín, que sin ser maestro pasaba a caballo por los campos recogiendo alimentos como tocino y garbanzos lo repartía a los cabreros y pastores de la sierra. Una vez consiguió que la duquesa de Lerma mandara matar un becerro para celebrar la Primera Comunión de los niños del campo. 

       Pedro Gallego Sánchez me ha contado que D. Jesús Morillo Albero dio clases en Vegablanquilla y El Jautor; que D. José Pol Carrete dio clases entre 1954 y 1959 a los niños de las familias (Gilitos y a los Alconchel) que Vivian por el Puerto de la Zuela y en San José de las Casas Nuevas (Buenas Noches); D. Francisco Pineda que enseñaba por la Cañada de Jota. 

      La historia más sorprendente que me han contado y de la que, por razones obvias, no puedo señalar el lugar ni a los protagonistas, es la de un maestro que se dedicó a la enseñanza después de ser expulsado de la Guardia Civil ("perdió la ropa") por la conducta de su mujer ("ligera de cascos"), a la que puso a arrancar raíces de brezo (cepas), lo que le provocó una depresión ("represión") que le impedía quedarse embarazada. 

      Los maestros de campo más señalados y que han permanecido en el recuerdo de la mayor parte de mis interlocutores han sido: D. José María Peña Colón y Don Fausto Ruiz Galán. Por esta razón y por ser arquetipo de las personas que se dedicaron a esta tarea, he querido aportar una breve biografía de ellos, en base a lo que me han contado sus familiares directos, en el caso del primero, y lo publicado en la página Web que se menciona al principio. 

      D. José María Peña Colón fue un maestro rural legendario, que trabajó en todo el término municipal, en rutas pedagógicas trazadas de norte a sur Y de este a oeste, desde Las Viñas, en el camino de San José del Valle: a las Caras del Sol en la carretera de Los Barrios; desde Isla Verde y El Angarillón, cerca de Benalup; al Picacho, en el Camino de Ubrique. 

       Estaba casado con Francisca Gómez Dueñas, una sabia mujer que practicaba la medicina natural con notable éxito, incluso con enfermos desahuciados por los propios médicos. Tuvieron tres hijos, dos hembras y un varón (Jerónimo), de los que la más pequeña murió a temprana edad. Paco Pizarro, casado con la hija Francisca, dedica todo un capítulo de su libro de próxima publicación, a resaltar las habilidades curativas de su suegra: "tenía un poder". Paco recuerda con regocijo los nombres antiguos de las enfermedades: "ha muerto de un dolor de miserere", "tenía el mal de zambito" y las sorprendentes terapias picaduras de alacrán o tarántula, consistentes en amarrar de las manos al afectado y obligarlo a saltar y bailar para que sudara, hasta que caía rendido. 

       El maestro Peña llegó al oficio después de pasar por la Guardia Civil, de la que salió por un incidente relacionado con el contrabando, por ser comprensivo con el estado de necesidad de alguna familia que sobrevivía, como tantas, ayudándose de estas prácticas ilegales. Formando pareja con un Andrade, decidieron hacer la vista gorda ante un contrabandista que, requerido más adelante por otra pareja, les reprochó exceso de celo en comparación con los anteriores que lo habían dejado pasar. No consiguió ningún beneficio propio pero hizo la puñeta a sus condescendientes benefactores. 

       Vivió y se educó hasta los dieciocho años en un colegio salesiano de Puerto Real, en el que trabajaba su madre de limpiadora, ingresando con dicha edad en La Legión, en la que perdió parte de la visión de un ojo. Posteriormente trabajó en un buen puesto del ayuntamiento, por su extraordinaria caligrafía y sus conocimientos. Era demandado por los opositores a Guarda Forestal y Guardia Civil, para que les preparara antes de presentarse a los exámenes. 

      Solía hacer rutas semanales o quincenales, con la misma ropa, primero a pie y más tarde en bicicleta, la última que tuvo estaba motorizada y fue adquirida por un coleccionista de objetos antiguos como pieza de museo. En el recuerdo de su hija Francisca, su padre era una persona extraordinaria; bien formada, con conocimientos de música y que tocaba la guitarra, habilidad que enseñó a su hijo. Como ella aprendió a bailar, en ocasiones señaladas actuaban en público. Era muy cariñoso, "me daba un real cada vez que volvía a casa” después de cada ruta, en las que solía obtener entre 7 y 10 pesetas, además de muchos presentes que le regalaban las familias. 

      Cuando dejó de ir al campo, puso una escuela en dos habitaciones que alquiló en la "Plazoleta de las Collá", en las que estuvo dando clases hasta que le dio una congestión. Nació en 1905 y falleció a los 85 años. Paco recuerda que "murió legionario, jugando a los desfiles militares con sus nietos'" 



      Don Fausto Ruiz Galán, nació en Almonte (Huelva), en 1919, tenía dos hermanas. Su padre, que era sargento de Carabineros, procedía de Salamanca. Su madre venía de Cáceres y murió con 29 años. Cuando él tenía unos nueve años su padre se casó otra vez. Al sentirse desplazado en la nueva familia se fue a trabajar al campo a cuidar del ganado. Estudió el bachillerato en un colegio religioso de Huelva y fue movilizado con 16 años, formando parte de lo que se llamó "la quinta del biberón". 

       Sirvió en un tercio de requetés, siendo afectado en la frente por una explosión, que le provocó la pérdida de la visión en un ojo y dificultades para el movimiento lateral de una muñeca, por lo que fue declarado mutilado de guerra, aunque siguió en el ejército ascendiendo con facilidad gracias a sus conocimientos. Con 29 años decidió pedir la renuncia, a raíz de las dificultades que le acarreó la fuga consentida de una persona condenada a muerte que estaba bajo su custodia. 

      Se trasladó a Cádiz, donde estudió en la Escuela de Náutica, para pasar tres años embarcado en mercantes y pesqueros. Tras pasar un tiempo trabajando en Altos Hornos de Vizcaya, se trasladó, hacia 1956 a Alcalá de los Gazules, ejerciendo de maestro ambulante. Tras la apertura de las escuelas rurales continuó su vida errante por Tahivilla y la Zarzuela (Tarifa) en 1963, La Axarquia (Málaga) en 1966, Venezuela en 1975, Mallorca 1976 y Mazarrón (Murcia) finalmente Cádiz 1980. Murió con 93 años y todavía recitaba pasajes de El Quijote. 

       Para Miguel, el mayor de mis hermanos, que lo trató más y con mayor conocimiento: "Fausto es recordado como una persona de ingenio y humor que transmitía sus ideas a los alumnos". Recientemente escribía: "Tengo sensación de estar en deuda con Fausto Ruiz Galán por lo mucho que hizo por todos aquellos niños y adolescentes de los campos de Rocinejo, Pagana,Zafrilla, El Lario, El Llano de la Mata o Vega Blanquilla. ¡Cuántas caminatas se daba mi maestro para poder llevarnos un poco de aprendizaje! Hacia unos 15 o 2o kilómetros diarios, por un jornal bastante escaso". 

       Recuerda Miguel que: "Fausto tenía una letra con una caligrafía de gran belleza, de esas que ya no existen, y le daba mucha importancia a esta escritura, por lo que utilizábamos cuadernos de caligrafía y plumillas. ¡Ay de ti si al realizar la tarea la llenabas de borrones o gotas de tinta! Para que los tinteros no se derramaran por la mesa, él ideó meterlos en latas de conservas y rellenarlos de yeso". 

       Rosario Gutiérrez Blanco que también fue alumna suya recuerda: "El maestro que me enseñó a leer y escribir fue Fausto Ruiz Galán. Hacía su recorrido por varios cortijos y cuando le tocaba quedarse en El Rocinejo dormía en casa de mis abuelos ". "Fausto no nos daba religión. Cuando llegó la hora de hacer la primera comunión, con unos siete años, mi madre nos compró un catecismo y nos llevó a mi hermana y a mí al Beaterio. Allí nos pusieron con las niñas de nuestra edad, y yo me di cuenta de que estábamos adelantadas respecto a ellas. Yo ya sabía hacer sumas y multiplicaciones de varias cifras. Estuvimos ahí lo justo para hacer la comunión, y después volvimos a las clases con Fausto". 

       Como dice Miguel: "Por algún motivo, yo le relacionaba con el Partido Comunista", para Rosario: "Era un hombre muy político, muy de izquierdas. Nos contaba muchas cosas de cuando la guerra, que él había vivido. Recuerdo que nos hablaba con indignación de un capitán a quien fusilaron injustamente. Él decía que las cosas estaban muy mal y que iba a haber otra guerra; y yo, que era muy chica, me angustiaba mucho cuando le escuchaba decir aquello". 

       "Él era muy aficionado a Julio Verne, y nos hablaba mucho de sus libros. Sobre todo mencionaba "Veinte mil leguas de viaje submarino " y "De la tierra a la luna”. Hablaba con los hombres del campo de las ideas de este escritor y de sus anticipaciones: "Habrá un tiempo en el que el hombre llegará a la luna ", les decía. 

       "Hacia 1958 o 1959, la Delegación de Cádiz abrió una escuela rural en El Rocinejo. Al principio no había edificio, y una señora del campo cedió una habitación de su casa para las clases. Recuerdo que el maestro, de elevada estatura, sentaba a los niños revoltosos en las vigas de la clase y los dejaba allí castigados. Fausto salió de El Rocinejo y se desplazó a otra zona de escuela: Cruz Verde, El Búho o el Puerto de la Parada" 




sábado, 23 de enero de 2016

La Escuela rural: de los maestros de campo a las escuelas unitarias (I)



Artículo publicado en la Revista de Apuntes Históricos 2013

José Luis Blanco Romero 


1.-PRESENTACIÓN. 

       La idea de escribir este artículo sobre la educación rural en los campos de Alcalá, surgió al tener conocimiento de la página Web (www.maestrosdecampo.detarifa.net), elaborada por Beatriz Díaz, en la que se recoge información sobre los maestros rurales que ha habido en el término municipal de Tarifa. Es una iniciativa muy interesante, que ha logrado rescatar la memoria histórica de la enseñanza en esta localidad, en la que comparecen los protagonistas directos: maestros, alumnos y todas aquellas personas que han tenido a bien participar aportando su información y su testimonio. 

      Animo a todos los interesados a visitar la página, de la que podrán extraer una visión documentada de lo que fue el trabajo de estos enseñantes y de la importancia que ha tenido en la mejora de la calidad de vida de la población que disfrutó de sus servicios. Invito a los jóvenes historiadores alcalaínos a que trasladen esta notable experiencia a nuestro pueblo, abriendo un portal informático, una página Web o cualquier otra fórmula similar de las que nos permiten las nuevas tecnologías, para recoger una parte sustancial de nuestra memoria, mediante la participación desinteresada de todo el que quiera aportar su visión o su experiencia, especialmente de quienes la vivieron, antes de que el tiempo inexorable las borre para siempre. 

      Estas breves páginas no pretenden ser un documento con rigor histórico, que habría que escribir acudiendo a los archivos oficiales y trabajando con la paciencia y el rigor de los que este documento carece. Nuestra modesta intención es la de rescatar el recuerdo emocionado de quienes las lean y sobre todo llevar a cabo un pequeño homenaje a los maestros y maestras, que tanto hicieron por todos nosotros, los que, sin su difícil y sacrificado trabajo, habríamos sido condenados al analfabetismo y a la ignorancia. 

      Quiero residenciar ese sincero y profundo reconocimiento, especialmente en toda una generación de jóvenes maestras, en su mayoría forasteras (canarias, castellanas y extremeñas), pero también de otros pueblos de la provincia y del mismo Alcalá, que aceptaron con voluntad de hierro comenzar su magisterio en las condiciones más difíciles y adversas, en destinos imposibles y en circunstancias dramáticas, sufriendo la inadaptación y el desarraigo de su tierra y sus gentes, para ayudar a muchos alcalaínos a labrarse un futuro mejor del que tenían asignado. 

2.-LA MAGIA DEL MUNDO RURAL. 

       En el bosque animado, donde vivían multitud de criaturas a la buena de Dios, reinaba el hombre de campo, ocupado en el cultivo de la tierra, el manejo de las ganaderías y los trabajos forestales. En aquellos tiempos el turismo no se había inventado aún y los forasteros ocasionales eran recibidos entre la curiosidad y la desconfianza de los nativos, interesados por la novedad de la visita y escaldados por el repetido timo de los cantamañanas, que llegaban ofreciendo un mundo en colores y se marchaban a hurtadillas una vez perpetrado el engaño. 

      El comercio estaba en manos de los recovecos que recorrían los campos ofreciendo sus mercancías y practicando el trueque; una tira bordada por una docena de huevos, paquetes de café a cambio de los pavos de navidad, azúcar y tabaco por tres corderos lechales y dos chivos de cabra payoya. Intercambio de recursos naturales y mercancías de primera necesidad, con las cuentas a ojo o anotadas en papel de estraza, como el que se usaba para envolver las sardinas arenques, para aplastarlas entre el marco y la puerta. Artículos de primera necesidad, de los que no daba la tierra, para completar la despensa de la matanza, la caza y el huerto. Había donde elegir, en un variado surtido de mercancías habituales y también se podía comprar por encargo, si se tenia la posibilidad y la paciencia de esperar la próxima visita del tendero ambulante, una profesión que encamaron como nadie la familia de los Inarejo (Perea). 

     Era un mundo de gañanes y pastores, de cabreros y segadores, de vaqueros de retinto y remontistas de potros salvajes. Una época en la que te hacían hombre desde niño, en cuanto picabas el anzuelo de emular a los mayores con la yunta y el arado, con la escopeta y el calabozo. Así, engatusado con la prisa de ser mayor, de emular a los padres, a los abuelos, con el único objetivo de ser como ellos, ni más ni menos, ni menos ni más, las nuevas generaciones transitaban los oficios y tareas de la tierra y del hogar, conforme a una clasificación preestablecida inalterable, en la que para el varón reinaba la fuerza la experiencia, la edad y los cayos de las manos endurecidas por la continua briega, con y contra la naturaleza salvaje hasta domesticarla. 

    Una sociedad sencilla, primaria, ancestral, con valores trascendentes y coherencia razonable. Un mundo de vecinos, propietarios y jornaleros, de grandes señores y de siervos. Todos amarrados a la tierra, los más trabajando a diario por la subsistencia como jornaleros de sol a sol; los menos, ejerciendo los privilegios que les legó la herencia; los demás, sosteniendo y engordando un pequeño patrimonio levantado con sangre sudor y lágrimas. 

     Una pequeña-gran sociedad que habitaba chozas de piedra y barro, de brezo y castañuela, casas forradas de cemento y cal, cortijos a dos aguas con patios y estancias, todos agrupados en pagos, núcleos dispersos y aldeas en los que se vive la solidaridad de amasar el pan y acarrear la leña, de castrar las colmenas y hacer la matanza, de combatir el fuego y organizar batidas contra las alimañas. 

     Un universo pequeño en el que predomina, prácticamente en exclusiva, la transmisión oral del conocimiento real y del mundo mágico, plagado de creencias y supersticiones, en un sincretismo de dioses buenos y espíritus malignos, que asustan y reconfortan, que auxilian en las penalidades y exigen la represión de los instintos. Una escuela de la vida casi ajena al papel impreso, representado por los almanaques ilustrados con bodegones de naturaleza muerta, relacionados con las cacerías (conejos, perdices, escopetas y cananas observadas por galgos o podencos) y con mujeres morenas pintadas por Romero de Torres, mientras posaban ataviadas con trajes típicos o entallados de alta costura, en actitud ausente o atareadas en el acicalamiento personal. 

      La cultura oral de los abuelos y las abuelas, en las noches cenadas de invierno junto al fogarín y en la puerta de la casa, al fresquito del relente veraniego, con relatos fantásticamente verídicos de caballos que surcan los caminos en tropel, arrastrando pesadas cadenas, de gallinas doradas y relucientes con su carnada de pollitos, que se apuestan en las esquinas como estandartes de plácidas catástrofes, con robos, raptos y obscuros asesinatos,cuyos autores arrastran sus culpas como fantasmas a los que se les niega el sosiego de la muerte. 

     Esos calendarios eternos, pasados de fechas, que permanecían petrificados por el tiempo, el polvo y el hollín de la chimenea, compartiendo espacio en las paredes con las fotos de la boda de los abuelos. En el centro, en un lugar preferente el cuadro de La Virgen y El Niño Jesús, cuajado de estampitas de cuando las comuniones de los retoños, incrustadas entre el cristal y el marco de madera, a modo de retablo barroco de divinidades, posando en actitud serena o consumidos por la pena y un coro de angelitos rosados y rollizos, con la leyenda de “gloria a Dios en las alturas”. 

     En los grandes cortijos, junto a los antepasados benefactores, los trofeos de caza inundan las paredes con un bosque de cuernos, dejando constancia de la precisión entre el ojo y la bala, junto a la foto panorámica de las reses alineadas en el patio, dando fe de la masacre de ciervos y jabalíes 

     Los escasos papeles, confinados bajo llave en los arcones de madera Y metal, forrados de tela por dentro, en donde se guardaban las escrituras de la casa y el libro de familia, las cartas de amor y la cartilla militar, la lencería fina y los encajes del ajuar, el reloj con su cadena para amarrar al ojal del chaleco y los pendientes de oro recuperados de la casa de empeño. 

      Casas vacías de libros, de cuadernos, de papeles, que más tarde comenzarían a recibir las primeras remesas de la letra impresa de la mano de El Capitán Trueno, Jabato, el Guerrero del Antifaz, el TBO y las novelas del oeste de Marcial Lafuente y Key Luger. Años más tarde, la sequía se transformó en la inundación de las letras, con el derroche de la enciclopedia ilustrada, la historia universal y los atlas de geografía de España y el Mundo, comprados por metros para rellenar las estanterías del mueble bar. 


3.-LOS ANTECEDENTES HISTÓRICOS. 

     En una sociedad como la andaluza, huérfana de la revolución industrial y de la burguesía emprendedora, tan dependiente del sector agrario y con una distribución de la tierra en la que han predominado los grandes latifundios, el analfabetismo y la ignorancia han sido una lacra permanente, sólo superada muy recientemente mediante las escuelas rurales, las campañas de alfabetización y los centros para mayores que se implantaron a partir de la transición a la democracia en España. 

     El acceso de la población a la educación era muy limitado, reservado a aquellos que disponían de recursos económicos y tenían interés por el conocimiento, porque incluso muchas familias, que por patrimonio podían habérselo permitido, renunciaron a los estudios, para seguir la tradición familiar de trabajar en la gestión de la finca o disfrutar plácidamente en la ciudad de las rentas anuales que ésta generaba. Mientras que para los jornaleros siempre ha sido un lujo inalcanzable, para algunos propietarios era un esfuerzo innecesario. Sólo la clase media de comerciantes y funcionarios ha valorado siempre la importancia que la educación tenía para el futuro de sus hijos. 

      Hasta tiempos muy recientes el esfuerzo de las administraciones públicas en materia educativa ha sido muy limitado en las ciudades, escaso en los pueblos y prácticamente inexistente en el hábitat rural disperso. El vacío ha sido cubierto en gran medida por la Iglesia, a través de las diferentes congregaciones religiosas y de una forma más limitada a través de iniciativas de la sociedad civil, entre las que habría que destacar la "Institución Libre de Enseñanza", las "Sociedades de Amigos del País", las "Misiones Pedagógicas" y las "Casas del Pueblo", que en un tiempo fueron escuelas a disposición de los jornaleros. 

      Don Fernando Toscano de Puelles, nos sitúa la fundación del Beaterio de Jesús, María y José, en su libro sobre la biografía del "sacerdote beneficiado de San Jorge" Diego Ángel de Viera, el 12 de abril de 1788. El mismo autor en su libro "Las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia en Alcalá de los Gazules", editado por la Asociación de Antiguos Alumnos, cita "al menos tres centros docentes específicamente católicos: el primero, un Colegio de Segunda Enseñanza denominado San José, activo desde 1879; el segundo, una Escuela de Adultos gratuita, inaugurada en la fiesta de San Jorge de 1885 y la Escuela Popular gratuita para niños creada por los sacerdotes de Alcalá en 1918". 


     En las difíciles relaciones del poder establecido con la cultura, los maestros y los educadores en general han sufrido la desconfianza, el desapego y hasta la persecución de los gobernantes. Estas circunstancias fueron especialmente dramáticas tras el golpe de estado que se produjo contra la República en 1936, como ha documentado de forma muy pormenorizada José A. Pettenghi Lachambre en su libro "La Escuela Derrotada'' (Quorum Editores), en la que hace un "estudio del proceso depurador al que fueron sometidos los maestros y maestras nacionales con destino en las escuelas de Cádiz y su provincia, como consecuencia de la Guerra Civil Española". 

     De acuerdo con lo que escribe el profesor Petenghi en su libro antes mencionado, en Alcalá sólo hubo un maestro depurado: Don José María Limón Carrasco, que sufrió una sanción de dos años de empleo y sueldo. Por otra parte, don Joaquín García Jiménez, que estuvo exiliado en. Inglaterra hasta su muerte. Aunque daban clases particulares fuera del sistema escolar, no pertenecía oficialmente al cuerpo de maestros. 

      Como consta en el libro "Alcalá de los Gazules", escrito por Marcos Ramos Romero y editado por la Diputación Provincial dentro de su colección "Historia de los Pueblos de la Provincia de Cádiz", los antecedentes y gérmenes del sistema público-privado de enseñanza en Alcalá de los Gazules, junto con el Beaterio, pasan por: la escuela pública, ubicada en la calle Ildefonso Romero, en la que daban clase los hermanos Fernández, la ubicada en la calle Real dirigida por D. Manuel Marchante, con la ayuda del maestro D. José Limón, la escuela nacional de la calle San Francisco, con D: Francisco Martos, la Academia de San Francisco Javier de D. Antonio Barroso, el colegio público ubicado en el edificio del antiguo Cabildo en el que enseñaron Jorge Muñoz, Pepe Coca y Francisco Almagro, el Colegio Juan Armario de la calle Los Pozos, inaugurado en 1954, El Convento (SAFA) en marcha desde el 17 de enero de 1955. Posteriormente se añadieron a la oferta educativa local en el curso 1969-70 el Colegio Libre Adoptado Sainz de Andino y el Centro de Adultos en 1984. En 1998 el Colegio Juan Armario se trasladó a las nuevas instalaciones de San Antonio.