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sábado, 9 de mayo de 2020

Memorias de un alcalaíno prisionero en la Guerra del Rif (y VI)



"LUIS DE OTEYZA EN AYDIR 

Dos nuevos prisioneros 

      El día 11 de Junio nos comunicaron nuestros guardianes que Abd-el-Krim había marchado a Beni-Ulixech para recoger a dos aviadores que habían caído prisioneros. 

      Creímos, al pronto, que la noticia sería una de tantas fantasías de los moros, que continuamente nos daban informes y nos hacían relatos completamente desprovistos de fundamento; pero tanto insistieron en su afirmación, que al fin llegamos a aquel día con la zozobra en el ánimo de todos, pues temíamos para los dos aviadores, si es que efectivamente estaban prisioneros, los más atroces tormentos. 

      Dos días después, el 13 de Junio, al salir el infortunado médico Sr. Serrano para visitar a los soldados enfermos, encontró a los aviadores capitán García de la Peña y teniente Florencio, que llegaban con el intérprete Rueda y varios guardianes. 

     Al entrar en la casa de Abd-d-Krim fueron recibidos por el hermano Sidi Mehamed, el cual les colmó de atenciones, les dio esperanzas de un próximo rescate y ordenó que fueran colocados en una habitación aparte, otorgándoles un trato distinto que a los demás prisioneros. 

      Como pocos días antes había llegado un convoy, los manjares más suculentos, los mejores vinos, el mejor tabaco, era para los aviadores, a quienes, sin duda, pensaba Abd-el-Krim atraerse a su servicio. 

      Se hablaba de que el padre Revilla, con el Sr. Cerezo y otros señores, habían formado una Comisión para conseguir nuestro rescate, y Abd-el-Krim dio órdenes de que se mejorase el trato que recibíamos. El general Navarro y el coronel Araujo fueron trasladados a la casa donde estaban los aviadores, les enviaron asistentes y les permitieron pasear. 

      También gozábamos nosotros de mayor libertad, nos hacíamos nuestras comidas, hablábamos de nuestro próximo rescate, y, olvidando los tres meses de hambre que habíamos pasado, dábamos albergue a las más risueñas esperanzas. Así transcurrió el resto del mes de junio y el de Julio. Cada veinte días llegaba un convoy, nos repartían cuanto traía, podíamos comunicarnos con nuestras familias y nos considerábamos casi felices. 

La visita de Luis de Oteyza 

      A fines del mes de Julio oímos decir que tres señores trataban de desembarcar en la playa de Aydir para visitar a los prisioneros. Nuestros guardianes, a quienes interrogamos, nos dijeron que se había pedido un permiso para desembarcar en Aydir, y que Abd-el-Krim lo había concedido. 


      El día 1 de Agosto supimos que había llegado una gasolinera, y que de ella, a pesar del temporal que reinaba, había desembarcado algún paisano. La noticia nos llenó de estupor, pues aun contando con autorización de Abd-el-Krim, era empresa demasiado audaz aventurarse entre aquellos kabileños feroces y fanáticos, muchos de los cuales tenían sus familiares en el frente combatiendo contra los españoles. La vida del que desembarcara estaba pendiente de un hilo, y no bastaba la autoridad de Abd-el-Krim para garantizar su seguridad. 


     Dos días estuvimos sin saber nada nuevo. Al fin, el día 3 nuestros guardianes nos hicieron quitarnos los harapos que llevábamos puestos, nos facilitaron algunas ropas y nos condujeron al río, donde nos bañamos; nos dieron jabón, máquinas de cortar el pelo y de afeitar, y unos a otros nos hicimos el tocado. Media hora después, paseando por el patio de nuestra prisión, parecíamos un grupo de hospicianos. 


     Al cabo de poco tiempo fuimos sacados fuera de la casa, y formados en fila esperamos la visita, que entonces supimos que era la de Luís de Oteyza, director de LA LIRERTAD, a quien acompañaban los fotógrafos Alfonso y Díaz. 

Los oficiales españoles que se encuentran en poder de Abd-el-Krim en su campamento de Aydir

     Llegaron nuestros visitantes con el «Pajarito» y «Quijote». Oteyza nos fue saludando, y a mí me dio la triste noticia de la muerte de mi tío, el general Jiménez Pajarero. No es de rigor dar más detalles de la entrevista, puesto que Luis de Oteyza la relató a su regreso a España; pero bueno es consignar que aunque había rigurosas órdenes en contrario, algún prisionero pudo entregarles cartas para sus familias. 

     Después de la entrevista y de hacer Alfonso y Díaz algunas fotografías, marcharon los tres con el «Pajarito» a la casa de ' Abd-el-Krim, donde éste les esperaba. 


      Una noche de impaciencia. La cama para Luis de Oteyza, en la prisión 

      Desde aquel momento pensábamos con angustia en la suerte de nuestros compatriotas. Cualquier imprudencia, una palabra mal interpretada, la más insignificante pequeñez, les podría ser fatal. 

     A la mañana siguiente observarnos mayor animación en el poblado. Preguntamos a nuestros guardianes y nos dijeron: «Moros pensar que españoles que venir a visar prisioneros, quedar también por Aydir.» 


     Tan descontado teníamos ya que la audaz aventura de Luis de Oteyza terminaba en aumentar el número de nuestros compañeros de cautiverio, que llegamos a señalar las habitaciones que habían de compartir con nosotros, e hicimos sitio para arreglar un lecho, entre los nuestros, para Luis de Oteyza. 


      Por fin, al día siguiente, ya por la tarde, llegó a nuestros oídos el ruido de un motor y más tarde la gritería de los moros que estaban en el poblado. Preguntamos, y nuestros guardianes, sin ocultar la molestia que ello les causaba, nos dijeron que los tres españoles que nos habían visitado se habían embarcado para regresar a Melilla. 

—¿No les ha pasado nada? —preguntamos. 

—No pasar nada—nos replicaron. [13]




El teniente Arévalo y varios soldados 
mueren brutalmente apaleados 

El Gobierno suspende el envío de convoyes 

      Convencido el Gobierno de que la mayor parte de los convoyes que enviaba para nosotros sólo servían para que Abd-el Krim y sus familiares disfrutaran de todo y para proveer a la jarka de víveres y mantas, pues a la jarka fueron a parar las que nos enviaron para abrigarnos en el invierno, decidió suspender los convoyes y dejar al jefe rebelde la responsabilidad y el cuidado de nuestra alimentación. 


     No le faltaban a Abd-el-Krim los víveres; pero como su deseo era el de que llegara a España el eco de nuestros sufrimientos, para acelerar así el rescate y obtener mayores beneficios, nos sometió de nuevo al régimen de ayuno, no dándonos en todo el día más que un pedazo de pan de unos cien gramos de peso y una pequeña cantidad de garbanzos cocidos en agua, sin sal ni grasa alguna. 

      Reclamamos varias veces ante «Pajarito» para que variasen el régimen a que estábamos sometidos, y sólo conseguimos que alguna que otra vez nos dieran un puñado de higos, la mayoría de ellos podridos, que más nos excitaban el apetito que nos calmaban el hambre. También se nos negó toda clase de ropa, sabiendo nosotros que en casa de Abd-el-Krim tenían centenares de mudas de ropa blanca y gran número de uniformes. 

      Debido al hambre tan horrible que padecíamos todos los prisioneros, intentaron fugarse varios soldados de los cautivos en Aim-Kamara. Todos ellos fueron capturados y conducidos al patio de nuestra prisión, donde fueron condenados a recibir 125 palos cada uno. Aunque quisimos evitar la vista de aquel tormento salvaje, no pudimos lograrlo, y allí, casi delante de nosotros, fueron apaleados brutalmente los infelices. El teniente Arévalo se decidió a protestar en voz alta, y fue sacado también al patio, tendido en el suelo y, por orden de Amogar, le dieron unos 20 palos. 

      A los diez días, el oficial y los soldados habían dejado de existir, víctimas de la bárbara orden de Abd-el-Krim, que mandó que todo intento de fuga se castigara de aquel modo. 

Otra vez se habla de rescate 

      En los primeros días de Diciembre eran ya muchos los cautivos que habían perdido todo su vigor, especialmente los tenientes Florencio y Garigorta, cuyo estómago delicado les rechazaba ya aquel condumio, y su estado era cada día más alarmante. Pedimos que se les dieran algunas latas de leche condensada; pero no se accedió a nuestro ruego, alegando que no tenían. Sin embargo, mañana y tarde veíamos que a nuestros guardianes les daban tres latas de atún o bonito, tres de mermelada y seis botes de leche, sin que durante tres meses les faltara un solo día. Esto era para nosotros una prueba más del propósito de Abd-el-Krim de que muriera algún oficial de hambre para obligar así al rescate. 

     Uno de aquellos días, no recuerdo la fecha exactamente, se presentó «Pajarito» en la habitación del general y le dijo que había caído el Gobierno de España, que estaban en el Poder los liberales, que había sido nombrado alto comisario D. Miguel Villanueva y que había el decidido propósito de efectuar pronto el rescate, para lo cual en breve se esperaba a Idris-Ben-Said, que conferenciaría con él y que, una vez de acuerdo, vendría una Comisión, presidida por D. Horacio Echevarrieta, para ultimarlo todo y llevarse los prisioneros. 

     Cuando oímos de labios del general Navarro aquellas gratas impresiones, volvió a renacer en nosotros la confianza, el ansia de vivir para llegar, al fin, a vernos de nuevo entre nuestras familias, felicidad que muchas veces habíamos ya considerado imposible. 

La Nochebuena en el cautiverio 

      El día 23 de Diciembre vino a vernos «Pajarito» y nos ofreció enviarnos víveres y licores para que al siguiente día solemnizáramos nuestra Pascua. 

     Poco después de salir «Pajarito» de nuestra prisión, llegó un primo de Abd-el-Krim con una orden, escrita en español, que decía textualmente: 

     «Orden a los prisioneros: Todo prisionero que salga de noche, será inmediatamente fusilado.—El segundo jefe del Estado Mayor del Ejército rifeño, Abd-el-Selam.» 

     Aquella orden nos desconcertó, pues ignorábamos a qué podía obedecer, y aún vino a colmar nuestra confusión el saber, a la mañana siguiente—día de Nochebuena—, que el general Navarro y el sargento Vasallo habían sido encadenados juntos durante la noche. 

      Preguntamos a «Pajarito» la causa de aquella nueva inhumanidad y nos aseguró que obedecía a haberse descubierto un complot para llevarse por la fuerza al general Navarro. Luego he sabido que por entonces circularon en Melilla rumores de una intentona para rescatar por la fuerza al general. 

      Aquella noche cumplió «Pajarito» su promesa de enviarnos víveres para festejar la Nochebuena. Nos envió una lata de carne para cada uno, una botella de Rioja para cada cuatro y una botella de ojén para cada grupo que ocupaba una habitación. Unido esto a una ración extraordinaria que nos dieron nuestros guardianes, organizamos un banquete. Como nos faltaban los cigarros, se los pedimos también a «Pajarito», y fue tan espléndido, que nos envió tres cigarrillos para cada uno, que, sin duda, eran los únicos que le quedaban de tres cajas llenas de libras de Partagas que nos habían enviado en un convoy. 

     Aquella noche, disimulando la tristeza que a todos nos invadía, brindamos por nuestra próxima libertad, y charlamos, añorando la fiesta íntima y familiar que los años anteriores celebramos en las dulzuras del hogar. 

     Al siguiente día volvimos al régimen de los cien gramos de pan y de los garbanzos cocidos. [14]



Los últimos días de esclavitud 

Un modelo de administración 

      Había empezado ya el mes de Enero, y como mi estado de salud era sumamente delicado a consecuencia de la falta de alimentación y las torturas del hambre seguían haciéndome su víctima, solicité una entrevista con «Pajarito», a quien expuse mi situación y pedí una mejora en el trato que recibíamos. 

     Me replicó «Pajarito» que él, por su parte, no podía hacer nada más que lo que en otras circunstancias había hecho, como un extraordinario; pero que, aprovechando la estancia en Alhucemas de Idris-Ben-Said, le pidiera algún dinero con el cual podría adquirir víveres. Así lo hice, y como siempre que cualquier cautivo recurriera a Idris-Ben-Said, fui atendido. Le envié al «Pajarito» un vale de cincuenta pesetas, y el día 7 de Enero recibí una torta de pan que me enviaba y el recado de que el dinero me lo administraría él «honradamente». 

      Cuando recibimos el pan, Rey, Enrile y yo tuvimos un momento de alegría infantil. Esperábamos que con aquel medio podríamos atenuar los rigores de la esclavitud. A los tres días, la exigencia de nuestros estómagos me obligó a pedir más pan a «Pajarito». La contestación fue que si quería más pan tenía que pedir más dinero a Idris-Ben-Said. 

     De nuevo recurrí a Idris, cuya inagotable bondad jamás podremos los prisioneros alabar lo que se merece, y le rogué que le diera a «Pajarito» cien pesetas para que me enviara pan. 

     Varias veces pregunté a «Pajarito» si había recibido el dinero, y siempre recibí una contestación negativa, hasta que una vez libre pude comprobar que el día 15 de Enero recibió «Pajarito» las cien pesetas que yo había solicitado. 

      ¡Un modelo de excelente administración! 

La muerte del teniente Garaigorta 

      Con la falta de alimentación y las malas condiciones higiénicas en que vivíamos se agravó el teniente Garaigorta en términos tales, que temíamos todos un funesto desenlace. 

      El general Navarro trató de conseguir que el infeliz teniente fuera conducido a la isla de Alhucemas, donde seguramente hubiera obtenido su curación; pero sus ruegos fueron desoídos. 

      El infortunado oficial falleció tres días antes de nuestro rescate. 

Las gestiones del Sr. Echevarrieta 

      El día 22 recibió el general Navarro una carta de D. Horacio Echevarrieta, en la que le comunicaba que se había encargado de las gestiones para nuestro rescate y que confiaba en poner fin a nuestros sufrimientos en un plazo muy breve. 

      Aquel día interrogamos a «Pajarito», quien nos aseguró que todo estaba arreglado y que, efectivamente, el rescate era cosa de tres o cuatro días. 

      No podría describir aquellos momentos de alegría. ¡Por fin íbamos a recobrar la libertad! ¡Volveríamos al lado de nuestras familias! 

      A los dos días, una nueva carta del señor Echevarrieta vino a colmarnos de júbilo. Daba cuenta de que salía para Melilla a recoger a los prisioneros moros y que seguidamente vendría por nosotros. Aquel mismo día, nuestros guardianes nos dijeron que ya podíamos entrar y salir de las habitaciones y pasear por los patios, porque el rescate era ya seguro y estaba ultimado. De los convoyes últimamente desembarcados nos dieron algunos víveres y las cajas en que venían envíos particulares, y ello contribuyó a que la alegría fuese completa. 

      Los soldados cantaban, reían; los guardianes, tan bruscos antes, trocáronse amables y fraternizaron con los muchachos, repitiendo una y cien veces que todo estaba arreglado y que podían considerarse ya en libertad. 


Llegada de los barcos 

      Nadie durmió aquella noche, que aún no sabíamos que era la última de nuestro cautiverio. Ya de madrugada se acercó a mí uno de los guardianes y me dijo: 

—Pajarero, ahora mismo llega un barco «por vosotros». 

      Poco después el mismo guardián me anuncia que por la parte de Ceuta viene también otro buque. Sin ser de día totalmente nos abrieron las puertas de las habitaciones y nos empleamos en confeccionar un poco de café. 

     De día ya podemos contemplar la llegada de un tercer barco y vemos que uno de ellos es el «Antonio López». 

Tan grande era nuestra emoción, que aun cuando los guardianes nos aseguraban que el embarque sería muy temprano, casi no llegábamos a créenlo, y unos a otros nos preguntábamos. 

—¿Será posible que haya terminado para siempre la trágica pesadilla? 

Las operaciones de rescate 

      Llegó una orden de Abd-el-Krim diciendo que bajaran a la playa los paisanos y los soldados. Traté de marchar con ellos; pero los guardianes me lo impidieron, diciéndome: 

—Tú, no. Tú «estar» como oficial. 

      Mientras soldados y paisanos se alejaban en demanda de la soñada libertad, vino «Pajarito» a despedirse de nosotros. 

—Cuando estés una temporada con tu familia—me dijo—vuelve por aquí para comprar tierras y hacer una explotación. Este es un país civilizado y puedes venir aquí con la misma tranquilidad que si fueras a Francia e Inglaterra. 

      Como es natural le contesté afirmativamente y le ofrecí volver pronto, muy pronto... 


      A las once de la mañana marchamos a la playa, con gran lujo de guardianes, y en una pequeña colina próxima a la Aduana quedamos esperando la orden de embarque. 

     Tres horas hacía que esperábamos, cuando se nos ordenó avanzar hasta la playa. Allí nos dijo el sargento Vasallo que los moros, molestos porque se les entregaban pocos prisioneros, habían suspendido el embarque de soldados. Por fin logró el señor Echevarrieta arreglarlo y se reanudó el embarque. Reclamé nuevamente mi calidad de paisano y el Maalen me autorizó a embarcar. 

      De un salto me lancé al bote, que ya estaba lleno de soldados, y después de muchos trabajos para desatracar el bote, que tenía la quilla enterrada en la arena, nos separamos de la playa y transbordamos a una gasolinera que nos llevó hacia el «Antonio López». 

¡Estaba en libertad!! [15]

Llegada de los liberados al puerto de Alhucemas


A bordo del “Antonio López” 

Entre mis amigos 

      Al poner los pies en la cubierta del «Antonio López» caí entre los brazos del representante de la Compañía Colonizadora, de Rafael Fernández de Castro, que nunca me olvidó durante el tiempo de mi cautiverio, que me envió cuanto pude necesitar y que por cuantos medios tuvo a su alcance trató, aunque inútilmente, de rescatarme. 

     Con él, con el ingeniero industrial don Francisco de las Cuevas y con varios periodistas madrileños, tomé una copa de Jerez y unas galletas, para esperar la llegada del general y de los oficiales y cenar juntos. 

     No hago mención de lo ocurrido hasta llegar al rescate de todos los cautivos y de las atenciones que tuvieron para con nosotros los tripulantes del «Antonio López» porque con todo detalle lo relataron a su tiempo los corresponsales de los diarios madrileños. 


Mi gratitud 

      Para terminar estas deshilvanadas notas de mi cautiverio, quiero hacer constar mi gratitud eterna a Idris Ben Said, que trabajó incesantemente por nuestro rescate, que atendió todos nuestros requerimientos y nos envió todo cuanto le pedimos, pudiendo afirmarse que fue el protector, el único amparo que tuvimos los cautivos. 

     También he de hacer constar, por debido tributo a la justicia, que no todos nuestros guardianes fueron como el odiado Amogar y sus imitadores. Hubo uno, Sidi Josein, del cual guardaremos todos los cautivos un imborrable y grato recuerdo. Amable y afectuoso, siempre tuvo para nosotros frases de consuelo y jamás salió de sus labios un insulto, y era siempre el que llevaba nuestras quejas al hermano de Abd-el-Krim, que corrientemente las atendía. 


      Para todos ellos y para el Sr. Echevarrieta mi gratitud y mi recuerdo, que perdurará en mi alma; para todos los compañeros de cautiverio y para los héroes que, como el capitán médico Sr. Serrano, murieron en Aydir por defender y conservar la vida de los demás, mi admiración y mi respeto... 

FERNANDO JIMENEZ PAJARERO” [16]





EPILOGO

      Finalmente, fueron puestos en libertad 45 jefes y oficiales, además de 274 soldados y 38 civiles, entre los que se hallaba nuestro paisano, Fernando Jiménez Pajarero. 



     Antes de partir de Melilla, sus compañeros de la Compañía Colonizadora le obsequiaron con un banquete,[17] donde comunicó haber recibido un telegrama del Ayuntamiento alcalaíno, que le había nombrado hijo predilecto.[18] Es curiosa esta noticia, porque las actas de la época, no reflejan nada respecto a este nombramiento.



      La mañana del 1 de febrero llegó a Málaga en el Correo de Melilla, donde pudo reencontrarse con familiares, saliendo directamente para Cádiz, donde llegó por la tarde y donde le esperaban más familiares y el capitán aviador García Peña, compañero en el cautiverio.[19]

      A los pocos días de llegar a Cádiz, cayó enfermo “de algún cuidado, a consecuencia de las penalidades sufridas durante los dieciocho meses que permaneció prisionero de los beniurraguel en Aydir”[20]

     No sabemos si se repuso de su enfermedad en Cádiz o lo hizo en nuestra localidad, a donde vino a pasar unos días y fue recibido por los concejales que formaban la Comisión nombrada al efecto por el Ayuntamiento.

     Esta Historia se cierra con la rápida vuelta de Jiménez Pajarero a tierras africanas, pues en junio de ese mismo año ya se encontraba incorporado en su puesto de trabajo en Monte Arruit.[21]


NOTAS

[13] 1923 03 10 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1021 pag 2 sábado 

[14] 1923 03 21 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1030 pag 2 miércoles

[15]1923 03 23 - La Libertad. Año V Número 1032 pag 2

[16] 1923 03 25 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1034 pag 2 domingo

[17]  Publicado en la página 2 de LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA el 2 de febrero de 1923. Año LXXVI Número 23513 

[18] Primera página de LA ÉPOCA, de la edición del 2 de febrero. n.º 25.928, 

[19]  Así aparecía publicado en la edición del periódico EL SOL del día 2 de febrero de 1923 en su página 2. 

[20]  Edición del 8 de febrero de 1923 de La Libertad. Año V Número 995 pág. 1 

[21]  El 30 de junio de 1923, EL TELEGRAMA DEL RIF publica la noticia de que Fernando Jiménez Pajarero había encontrado el cadáver de un niño en una de las acequias de la Compañía. Año XXII Número 8009 pág. 1

viernes, 31 de enero de 2020

Memorias de un alcalaíno prisionero en la Guerra del Rif (V)



"La Nochebuena de los prisioneros 

Las gestiones de la Cruz Roja 

      Ya en los primeros días de Diciembre empezaron a circular muy gratas noticias respecto a nuestro rescate, afirmando que de gestionarlo se había encargado un organismo tan importante como la Cruz Roja. Esto dio lugar a que los prisioneros nos hiciéramos nuevas ilusiones, contribuyendo a ello en gran parte el hecho de que el general Berenguer escribiera una carta el día 8, confirmando los rumores de que la Cruz Roja iniciaba sus oportunas negociaciones, y que al siguiente día, el 9, nos comunicara el Sr. Almeida que, como delegado de la benéfica institución, comenzaba a trabajar para que pronto recuperásemos la libertad cuantos prisioneros sufríamos cautiverio en Aydir. La Cruz Roja, por su parte, nos enviaba gran cantidad de víveres y muchos donativos, principalmente de Barcelona. En estos trabajos y con estas esperanzas transcurrían los días; pero del poco éxito de las negociaciones da buena idea el hecho de que a medida que pasaba el tiempo era más rigurosa la vigilancia y más severo el encierro. 

Cómo fueron las Pascuas. A oscuras y en ayunas 

      El día de Nochebuena nos abrieron la prisión a las dos de la tarde, y cuando pedimos víveres para hacer la comida, se nos contestó que sólo había un poco de café y azúcar. Tan cruel conducta nos confirmó en nuestra opinión del salvajismo y falta de humanidad que caracteriza a los moros, que, en su refinado afán de venganza, elegían aquel día de paz y de expansión familiar para hacernos más dura e insoportable nuestra esclavitud. En vista de la prisa que nos daba la guardia, hicimos el café rápidamente y lo bebimos corriendo, encerrándonos a las tres de la tarde, mostrándose los beniurriaguel muy satisfechos de que aquel día y aquella noche, tan celebrada por los cristianos la pasáramos sin más alimento que una taza de café. 

      Al llegar la noche y reclamar la vela que diariamente se nos entregaba para alumbrarnos, nos negaron también la luz, dando esto lugar a que los moros se creyeran que aquella noche la pasamos a obscuras y sin cenar, ignorando aquellos miserables que nosotros teníamos escondidos algunos víveres, que nos repartimos como buenos hermanos, y merced a los cuales pudimos hacer más llevadera una fecha que con tanta alegría se celebraba en todas partes y en la que tanto se nos recodaría, en nuestros hogares. 

      El día de Navidad lo pasamos de idéntica forma que el de Nochebuena; pero, en cambio, el día 27 nos abrieron a la hora de costumbre, encontrándonos con que nos habían enviado una vaca, quince o veinte jamones, muchísima fruta seca e infinidad de cajas de dulce, obsequios todos destinados a que nuestras Pascuas fuesen todo lo más alegres posible; pero que nuestros carceleros tuvieron a bien no entregarnos hasta después de aquellas fiestas. 

Esperanzas y decepciones 

      Los aficionados a las noticias sensacionales propalaron por aquellos días especiales como la de que el Sr. Almeida tenía ya ultimadas las negociaciones para el rescate, asegurándose con toda formalidad que para fin de año estaríamos en nuestras casas. Pero, y aun cuando esto ya lo he repetido hasta la saciedad, nuestro régimen de encierro no podía ser más absoluto y continuábamos gozando sólo tres horas de libertad, para hacer nuestra comida y respirar un poco de aire puro. 

      El día 9 de Enero fue sacado de su prisión el comandante Canaluche, y a la media hora volvía diciendo; «He estado en el patio hablando con Idris Ben Said, quien me ha dicho: Todo está terminado; este abrazo que te doy, te lo daré otra vez en la playa, dentro de breves días.» Como la noticia era de tan bueno y autorizado origen, no dudamos un momento y creímos en ella como si sin tratase de un artículo de fe. 

       Aquella misma tarde nos anunciaron la llegada de Abd-el-Krim, que venía del frente, lo que, a nuestro juicio, confirmaba la anterior referencia, porque nos hacía suponer que el jefe de la rebelión venía a liquidar el asunto de nuestra libertad. 

El fusilamiento del comandante Villar 

       Al día siguiente nos comunicaron que Idris Ben Said había salido precipitadamente para la isla. 

       El régimen de encierro se hizo más riguroso, y ello acabó de desorientarnos, comprendiendo que algo grave pasaba, porque parecía respirarse un ambiente de tragedia, para todos inexplicable, y las caras de nuestros guardianes eran aquel día de verdaderos asesinos. 

      Preocupados y entristecidos salimos al campo y notamos que los de la habitación del general salían uno a uno; después fuimos encerrados precipitadamente, y a los pocos instantes sonó una descarga y todo quedo en silencio, comprendiendo que acababa de ocurrir una gran desgracia. 

       Fue al otro día cuando el capitán Ozaeta se nos presentó y dio lectura a una carta dirigida al Sr. Almeida, en la cual le daba cuenta del fusilamiento del comandante Villar y de los motivos que Abd-el-Krim decía tener para ello. 

       El infame caudillo justificaba su crimen diciendo que era una represalia por el fusilamiento de moros efectuado por nuestras tropas en el avance a Drius, cosa completamente falsa, según se ha podido comprobar después. [10]



LAS TORTURAS DEL HAMBRE 

Durante el duelo de cañón 

      Fuera por incidencias de las negociaciones de rescate, o porque los moros, irritados por el avance de nuestras tropas, quisieran hacer un alarde de sus fuerzas, o porque consideraran sencillo apoderarse del Peñón, que izaba todos los días la bandera española bajo el fuego de los cañones que los kabileños habían emplazado en la costa, el hecho fue que se rompió el fuego entre la plaza y la costa. 

       Desde aquel momento, cerrada la isla para toda relación con el Campo enemigo, empezó para nosotros una época verdaderamente triste. Todas las negociaciones de rescato quedaron en suspenso y también se suspendieron los convoyes de víveres que algunas veces llegaban, en parte, a nuestras manos. Teníamos entonces víveres para dos o tres días escasamente. 

       Al día siguiente de haber roto el fuego los kabileños contra la isla se presentó en la bahía de Alhucemas la escuadra española y bombardeó el poblado de Aydir. Este bombardeo, que según nos enteramos luego había causado daños en el poblado, no nos causó a nosotros ninguno, pues tan pronto como empezó el cañoneo, nos hicieron salir nuestros guardianes de la prisión donde nos tenían encerrados y nos llevaron a un barranco, al abrigo del fuego de la escuadra, donde nos hicieron continuar algunos trabajos que el día anterior habíamos emprendido. 

      ¡Días fatales aquéllos en que perdida la esperanza de una pronta liberación, sentíamos amenazada nuestra vida por los propios cañones españoles y veíamos con terror instintivo cómo se avecinaban los horribles martirios del hambre! 

Se acentúa la crueldad del cautiverio 

       No tardaron en agotarse los pocos víveres de que disponíamos. El mismo día en que esto ocurrió nos comunicó Abd-el-Krim, por mediación del capitán Azaeta, que él se encargaría de nuestra manutención y que, además, seriamos trasladados a un poblado del interior de la kabila. Tres días estuvimos esperando este traslado, que, al fin, no llegó a efectuarse, pues nuestros guardianes nos dijeron que se había desistido de hacerlo y que continuaríamos todos en Aydir. 

       En cuanto a la manutención que nos proporcionaba Abd-el-Krim no podía ser más precaria. Consistía en media torta de pan, como de unos cien gramos de peso, una patata y una cucharada de aceite. Veinte días estuvimos sometidos a este régimen de ayuno; veinte días que nos dejaron extenuados y durante los cuales, las bromas que se nos ocurrían para engañar el hambre, y que los primeros días eran muy frecuentes, iban, poco a poco, desapareciendo para dejar paso al más amargo pesimismo. 

      El médico, a quien preguntamos cuánto tiempo podríamos vivir sometidos a aquel plan, nos aseguraba que dos meses; a lo sumo, tres, el que tuviera un vigor y fortaleza excepcionales. 

      Cuando ya había pasado la tercera parte del plazo que el médico ponía a nuestra vida, regresó de Gomata el hermano menor de Abd-el-Krim, que no se distinguía, como su hermano, por el odio feroz con que nos trataba. El mismo día en que llegó y se enteró del hambre que nos hacían pasar, nos hizo entrar aquella noche más pan y cuatro huevos para cada uno. 

      Desde el siguiente día nos aumentaron la ración de pan y nos dieron también tres huevos por individuo, cantidad que ya siguieron dándonos durante todo el tiempo que Sidi-Mehamed permaneció en Aydir. 

      Por desgracia para nosotros, las estancias de Mehamed en Aydir eran siempre cortas, y en cuanto él se marchaba, volvíamos al régimen descrito anteriormente y a sufrir las horribles torturas del hambre. 

      Los soldados, que gozaban de una mayor libertad, solían traer algunas veces un puñado de habas verdes; pero el jefe de la guardia, el feroz Amogar («Torquemada») amenazó con mandar dar cien palos al soldado que diese algo de comer a los oficiales. Sin embargo, a escondidas nos daban algunas habas y yerbas que cogían en los huertos, y que comíamos a medio cocer. 

      Muchas veces, que por temor al castigo no nos daban nada los soldados, recogíamos las vainas de las habas que tiraban al patio, y llegamos en aquellos días inolvidables a buscar los mendrugos de pan y los higos que los moros tiraban a la basura. 

Una manta por tres kilos de tocino 

       Varios soldados nos anunciaron que el mar arrojaba a la playa algunos despojos del vapor correo «Juan de Juanes», hundido por los moros, y que unos moros negros habían cogido varios cajones de tocino, que cambiaban por prendas de vestir y mantas. 

      Aquella noticia me hizo reunir a mi «república», los capitanes Rey y Enrile, y les expuse la probabilidad de obtener tocino a cambio de nuestras mantas. 

—Pero ¿con qué nos abrigamos de noche?— fué la pregunta que surgió de ambos, 

—Lo principal es comer—repuse yo, y acto seguido se acordó enajenar una manta, por la cual nos dieron tres kilos de tocino. 

      Nadie puede imaginarse la alegría con que recibimos aquellos pedazos de tocino. Hicimos en seguida unas sopas, y en mi vida he comido manjar que me supiera mejor que aquel condumio hecho a base de tocino, que jamás había podido comer porque me producía una invencible repugnancia. 

      Mas tarde cambiamos unas camisetas de lana, que gustan mucho a los moros, por unos cuantos huevos, y entonces llegamos al «summum» de la gastronomía. ¡Oh, aquellas sopas de tocino con un huevo escalfado! 

       Con ellas coincidió un poco más de libertad que nos dejaban nuestros guardianes para salir al patio y comunicarnos sin molestias. Pero ¡ay! que todo acaba en este mundo, y aquella época acabó muy pronto, para que empezaran de nuevo los más atroces sufrimientos. [11]



Cómo se hundió el “Juan de Juanes” 

Los rumores de un desembarco 

      Hablé en mi crónica anterior de las cajas de tocino que, entre los restos de «Juan de Juanes», cogieron los moros en la playa y nos vendieron a cambio de algunas prendas de vestir, y hoy he de volver hacia atrás en mi relato para describir los sucesos acaecidos durante el mes de Febrero y los cañoneos, durante los cuales fue echado a pique por los moros el vapor correo «Juan de Juanes». 

       Poco después de los asesinatos del comandante Villar y del capitán Salto, volvió Abd-el-Krim a llamar al capitán Ozaeta y le dijo que sus «sentimientos humanitarios» no le permitían usar procedimientos como el de fusilar oficiales; pero insistió en que se vio obligado a ello por los fusilamientos de moros hechos por las tropas españolas. «Todo lo malo que pueda ocurriros—añadió—será por culpa de vuestro Gobierno.» 

     Desde entonces empezó para nosotros una etapa de verdadero encierro. No salíamos de la habitación más que lo imprescindible; no nos entregaban correo; nuestros guardianes buscaban el menor pretexto para insultarnos y vejarnos. Menos mal que aún comíamos, porque todavía nos traían víveres de la plaza. 

      Del rescate no nos hacíamos ilusiones, porque supimos que al Sr. Almeida le habían dado un destino en la Alta Comisaría y que otra vez quedaban los pobres cautivos completamente abandonados. 

       Así pasó todo el mes de Enero. Ya en Febrero circuló la noticia de un próximo desembarco de nuestras tropas en la bahía de Alhucemas. No he visto nunca más pánico que el que sentían los beniurriagueles ante aquel anuncio. Si en aquellos, días se hubiera efectuado el desembarco, hubiese sido un éxito completo y una operación relativamente fácil, porque los moros no hubieran opuesto resistencia. 

      El tío de Abd-et-Krim, Si Abd-el-Selam, nos visitó un día y nos anunció que mejoraría nuestra situación. Efectivamente, al siguiente día nos entregaron varios correos atrasados y nos permitieron barrer, regar y desinfectar nuestras habitaciones. Pocos días después se reanudó el régimen de encierro casi perpetuo. 

Provocando las quejas de los cautivos 

     En los primeros días de Marzo fuimos sacados de nuestro encierro una mañana y nuestros guardianes nos dijeron que íbamos a cavar una viña de Abd-el-Krim. Efectivamente, fuimos a la viña, que está en una ladera de un barranco, y desde luego vimos que el trabajo no tenía nada de particular, pues éramos 58 hombres y sólo había siete picos para trabajar. 

      Comprendimos que sólo se trataba de humillarnos y de que escribiéramos a España contando las penalidades que sufríamos; pero Abd-el-Krim no consiguió su objeto, porque nadie escribió ni una sola queja. 

     Varias veces trató Abd-el-Krim de conseguir que el general Navarro escribiera a España; pero éste se negó siempre a prestarse a los manejos de Abd-el-Krim, y jamás escribió ni dos letras siquiera para hablar de sus sufrimientos, manteniéndose en la actitud digna y severa que desde el primer día de cautiverio había adoptado. 

El hundimiento del «Juan de Juanes» 

       Una tarde volvió Abd-el-Krim a llamar al capitán Ozaeta para decirle que, en vista del estado en que se hallaban las relaciones con la plaza de Alhucemas, todo barco que trajese material a la isla sería cañoneado por sus baterías. 

      A la mañana siguiente, casi de madrugada, oímos un fuerte cañoneo, y antes de que tuviéramos siquiera tiempo de vestirnos entraron violentamente nuestros guardianes, diciéndonos: «Salir pronto o tener que morir.» 

      Como es de presumir, salimos a la carrera, no sólo por el temor que apuntaban las palabras de los moros, sino también por la curiosidad de ver lo que ocurría. Alsalir al patio vimos que desde el Morro, donde Abd-el-Krim había mandado emplazar algunas piezas, se cañoneaba vivamente a la isla de Alhucemas, la cual contestaba muy certeramente, al parecer, porque al poco tiempo enmudeció una de las baterías rebeldes. 

      Amogar, el jefe de la guardia, nos entregó los seis o siete picos que allí había y nos llevó a un barranco detrás de la casa de Abd-el-Krim, donde empezamos a construir caminos para el traslado de los cañones de un sitio a otro. 

      Próximamente a la una de la tarde corrió la voz de que los cañones de Abd-el-Krim habían echado a pique al vapor «Juan de Juanes». No creímos la noticia, y para comprobar su veracidad pedimos permiso a nuestros guardianes para ir, dos por cada habitación, a recoger algunos víveres que teníamos y un poco de agua, porque en todo el día no habíamos probado bocado. Nos tocó ir al alférez Maroto ya mi. 

      Al llegar a la casa que nos servía de prisión vimos al «Juan de Juanes» que se hundía de proa. No acertaría ahora a describir la emoción que sentimos. A toda prisa recogimos los víveres y el agua que íbamos a buscar, y sofocados y sin aliento volvimos al lado de nuestros compañeros y les dimos cuenta del triste espectáculo que habíamos presenciado. 

      Comimos sin pan, disimulando nuestra tristeza, para que nuestros guardianes no tuvieran otro motivo de alegría. Aquella tarde, al regresar, nos dijo Abd-el-Krim que se ocuparía de nosotros y que nos darían de comer. En efecto, a las diez de la noche se acercaron nuestros guardianes y nos arrojaron al interior de nuestra prisión algunos pedazos de pan de cebada." [12]





NOTAS

[10] 1923 03 01 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1013 pag 2 jueves 

[11] 1923 03 03 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1015 pag 2 - memorias de cautivo rif 

[12] 1923 03 07 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº pag 2 miercoles

Las fotografías no se corresponden con el artículo publicado en dicho periódico. Proceden de:

- Revista Mundo Gráfico.
-ABC
- http://altorres.synology.me/guerras/1921_annual/02_10_arruit.htm

sábado, 16 de noviembre de 2019

Memorias de un alcalaíno prisionero en la Guerra del Rif (IV)



"Cuatro días en la cárcel de Nador 

El castigo de Dios 

      Visitáronnos en nuestro calabozo moros tan significados como Sidi-Teba y el kaid La-Trús, y éste último nos dijo con gran solemnidad y un aíre severo que la catástrofe de que eran víctimas los españoles, podía considerarse obra de Dios, y de los hombres, porque ya hacía bastante tiempo que en un morabo suyo habla producido gran expectación el anuncio de que en breve plazo las aguas del rio Kert arrastrarían mucha sangre. 

     Un sentimiento de dignidad nos hizo protestar contra tales palabras, y a ellas respondimos protestando enérgicamente, y le dijimos que era imposible que Dios castigase a los que les habían hecho tanto bien. Echamos, asimismo, en cara a nuestros visitantes las matanzas horribles que se efectuaran y los formidables incendios registrados, sin que ellos hicieran nada por evitar las unas y los otros. 

Colonización a la española 

     A estos reproches contestó el moro La-Trús con las siguientes palabras: «Ustedes forman un poblado, y, en lugar de poner primero la escuela, habéis puesto las tabernas y casas de trato, y, además, mandáis a la Policía tenientes que estar niños, y eso no ser bien.» 

     Sin comentarios expongo muchos hechos y muchas cosas oídas por mí, y sí de ellas no hago crítica es precisamente porque la fuerza abrumadora de la lógica, la sabía enseñanza de la experiencia tienen bastante elocuencia para que yo insista sobre la realidad. 

El trato de los moros 

      Nuestro carcelero llamó a un moro armado y se sentó a la puerta, bien provisto de un sable, aunque advirtiendo al guardián que se nos sirviera inmediatamente cuanto té y café pidiéramos. Tuvo también la gentileza de enviarnos «tres somieres» pero como no les acompañaban colchones ni mantas, y nuestros trajes eran, por motivo de la estación, ligerísimos, el descanso era más bien mortificación, porque los muelles del «sommier» se nos quedaban como dibujados en el cuerpo. 

      Para comer nos trajeron un gran plato de carne de borrego, manjar que nunca fue de mi predilección, y que, por no agradarme, me quedé sin comer, limitándome, para engañar el hambre, con mojar pan en la salsa. 

Lo que ocurrió con los Regulares 

     Por la tarde fue a saludarnos el sargento de Regulares Fasi, y gracias a él pudimos enterarnos de muchos e importantes extremos, contándonos, entre otras muchas cosas, cómo a los Regulares se les había hecho entregar el armamento, formándolas, desarmándoles y diciéndoles que volviesen por la mañana, al propio tiempo que la oficialidad marchaba a Melilla. Añadió el sargento que los Regulares, al quitarles las armas, preguntaban, asombrados: «¿Qué pasar? ¿No tener confianza en nosotros?» Los oficiales contestaban: «Sí, sí; pero volver mañana», y, mientras tanto, prendían fuego al depósito de municiones y preparaban su marcha a la plaza. 

     Además de éstas, en aquella tarde menudearon las visitas. Aquello era un hervidero de moros conocidos, que nos traían frutas, o tabaco, o ropas, siendo muchos los que nos invitaban a tomar el té; pero ninguno, ninguno, por desgracia, podía sacarnos de allí, salvarnos de tan cruel trance. 

Un bando de Abd-el-Krim 

     Comentando nuestra situación, pensando en la manera de salir de ella estábamos, cuando llegó a nuestros oídos un bando de Abd-el-Krim, del famoso caudillo beniurriaguel que, tras la victoria, adoptaba procedimientos y actitudes de general en jefe. 

     Decía en su bando Abd-el-Krim que los moros que quemasen casas, rompiesen puertas, levantasen vías o estropeasen carreteras, serían inexorablemente fusilados; pero cuando este mandato, tan justo y conforme a las modernas leyes de la guerra, se leía en el zoco de Nador, ya no quedaba piedra sobre piedra, las casas estaban incendiadas y derruidas, puertas y ventanas habían sido hechas astillas, la vía férrea ofrecía el triste espectáculo de los ríeles levantados y los puentes destruidos, las carreteras de trecho en trecho presentaban cortaduras que dificultaban el tránsito u obstáculos que lo imposibilitaban. 


Fusilamiento de dos moros 

      Añadía el bando que dos moros que se peleasen serian pasados por las armas, y en este punto si hemos de reconocer que se cumplió la orden del cabecilla de la rebeldía, y dos kabileños que riñeron cayeron al suelo acribillados a balazos, para escarmiento de muchos y ejemplaridad para todos. 

La fantasía kabileña. La revolución imaginada 

      Entre los muchos moros que nos visitaban había unos cuantos tan aficionados a dejar volar la fantasía y dar rienda suelta a la imaginación, que estuvieron a punto de enloquecernos con sus estupendos relatos, en los que daban los más absurdos detalles de una revolución triunfante en España. Y aquellos jarkeños contaban con la mayor seriedad la fuga de los reyes a Inglaterra, los trágicos acaecimientos en las calles de Madrid, que costaran la vida a la mayoría de los ministros que por aquel entonces regían los destinos de España, las sublevaciones del Ejército, haciendo causa común con el pueblo, los motines, el hambre, muchedumbres ametralladas, todos los horrores, en suma, consiguientes a un alzamiento revolucionario. 

      Nosotros decíamos a quienes propalaban tales noticias que todo ello era falso, que España estaba perfectamente organizada y preparada para que un simple contratiempo colonial trastornase su vida; pero los rebeldes insistían en sus manifestaciones; afirmaban que ya lo sabían en todo Marruecos, y, para dar más fuerza a su relato, para convencernos, volvían al día siguiente con otro moro de prestigio, que confirmaba lo anteriormente dicho y aun aumentaba el horror de la situación con nuevas y más tremebundas noticias. 

      Fácilmente se imaginará quien estas Memorias leyere nuestra angustia y ansiedad lejos de la patria, entre enemigos, con sospecha de graves sucesos, con el porvenir preñado de peligros y contrariedades, 

La singular conducta de un morito 

      Varias veces al día, con mayor asiduidad que los otros muchos moros que nos visitaban, venía a vernos un muchacho, trompeta de Regulares, muy conocido del teniente Dalias. Este morito, cuya adhesión a nosotros fue absoluta en los cuatro días que allí estuvimos, nos confesó que los rebeldes le habían obligado a tirar con un cañón que habían emplazado en las Tetas de Nador contra los españoles que guarnecían el Atalayón. 

      Y el muchacho todas las mañanas llegaba en una loca carrera, nos dejaba pan, higos, tabaco y alguna ropa, y en seguida, a todo correr, se lanzaba cuesta arriba para disparar el famoso cañón, que, meses más tarde, según luego supe, habían de reconquistar los bravos Regulares de Ceuta con su valiente teniente coronel Mola. 

Una espera de siete horas 

      Tres días llevábamos en el calabozo de Nador cuando Sidi-Teba nos hizo conducir a la habitación que ocupaban los tenientes Troncoso, Maroto, Vivancos e Ibarrondo, y cuando todos estuvimos reunidos nos dijo que el objeto no era otro que el de que escribiésemos a Melilla. 

      Muy satisfechos, nos sentamos dispuestos a ello, pues el moro salió de la habitación diciendo: «Ahora traeré papel y pluma». Con la impaciencia del caso aguardamos la llegada del recado de escribir; pero, a las siete horas, lo que llegaba era el recado de regresar a nuestro cuarto, en espera de mejor ocasión para corresponder con Melilla. 

     No quiero hablar de mi desesperación, porque, desgraciadamente, es un tema que habría de repetir con harta frecuencia; lo que sí he de consignar es que quien quizá se daba más exacta cuenta de la realidad era yo. 

Ahí me las den todas 

     Los cuatro días que permanecimos en Nador oíamos unos gritos y lamentaciones tan tremendos que a todas horas nos temíamos ver entrar a los bárbaros kabileños y hacer en nosotros una carnicería, no bastando el que nuestro guardián, para infundirnos ánimos, nos dijese: «Estar tranquilos; es que hebreos comer paliza». Por las mañanas, cuando el judío encargado de barrer nuestra habitación entraba, le mirábamos compasivos, por si era él quien recibía aquellas «felpas» que nos sobrecogían de espanto. 

La carta de Civantos. Hacia Aydir 

      El día 25 de Agosto recibimos una carta del coronel Civantos, dirigida a su hijo, y que decía: «Mañana sal de ésa con los que te acompañan y seréis conducidos a Aydir, donde dentro y después de unos días estarán todos en sus hogares.» 

      Esta carta tan terminante, tan categórica, dio lugar a grandes y muy variados comentarios; pero a todos puso punto la presencia kaid La-Trús y su declaración de que había recibido noticias de Abd-el-Krim, y que, en virtud de ellas, era preciso prepararse para salir todos al siguiente día camino de Aydir. 

      Cuando el kaid La-Trús se marchó hubo un momento de hondísima emoción, de solemne silencio. Aquella noche del día 25 nadie durmió de alegría. [6]

Nador durante la reconquista española



CAMINO DE AYDIR 

Los preparativos de marcha 

      Muy de mañana fuimos llamados, ya que despiertos estábamos todos, y cuando salimos a la puerta de la prisión vimos que junto a ella nos aguardaban Kadur Amar, el hermano de Mizzian, algunos otros moros notables y toda la jarka dando gritos y con inequívocas señales de júbilo. 

       Los moros nos dijeron que se habían pasado la noche buscando caballerías para que hiciéramos el viaje cómoda y rápidamente; pero que no encontraron sino dos mulos que destinaban a los dos oficiales, uno de ellos el teniente Dalias, enfermos. Cuando vimos los mulos no sabíamos echarnos a reír o cerrar en llanto, porque los animalitos, más que de mulos, tenían pinta de sardinas. La consideración del mal estado de salud de nuestros dos compañeros nos hizo resignarnos a aceptar los bichos, que más nos sirvieron de molestia y cuidado que de comodidad y descanso. 

Compañía inesperada 

        Un ofrecimiento, inmediatamente recogido, nos consoló de la falta de medios de transporte. Fue la oferta que nos acompañasen en nuestro viaje a Aydir cuatro soldados de los muchas que en Nador había prisioneros, y nosotros, que de buenísima gana hubiésemos aceptado la compañía de todos nuestros desventurados compatriotas, dijimos que sí con la mejor voluntad y alegría. 

       Abrióse una puerta de la iglesia, que estaba próxima a nuestro encierro, y salieron, locos de contento, saltando de gozo, cuatro soldados, a los que saludamos con el cariño y efusión propios de gente de la misma raza a quienes hermana el dolor y la desgracia. 

        A cada uno de nosotras nos dieron un pan, y nos despedimos de aquella gentuza, entre la cual pasáramos las largas, las inacabables horas de cuatro días angustiosos. 

       Los moros, por su parte, nos despidieron con las eternas y engorrosas fórmulas de la cortesía musulmana, mientras que los jarkeños atronaban el espacio con sus alaridos y tiros al aire. 

       Era el motivo de nuestro contento pensar que íbamos hacia la libertad. Regocijaba a los rebeldes la idea de que enviaban a Abd-el-Krim una nueva expedición de prisioneros. 

Duelo de artillería 

       Apenas echamos a andar, en marcha a Aydir, presenciamos, y el espectáculo duró una larga parte de nuestra excursión, el duelo de artillería entablado entre la pieza emplazada en las Tetas de Nador por los moros y las baterías que los españoles montaran en el Atalayón y con las cuales batían a los rebeldes. 

       ¡A cuántas amargas consideraciones dio lugar aquella pugna a cañonazos! Pensamos en seguida en la extraña y paradójica conducta del trompetilla de Regulares, que apenas dejaba en nuestro poder alimentos y ropa marchaba presuroso a disparar balas de cañón contra los soldados de España. Pensamos en el abandono en que Nador y Zeluán y Monte Arruit y tantas otras posiciones estaban, hallándose a tan escasa distancia del Atalayón, de Mar Chica y de Melilla. Pensamos en la indiferencia con que España, es decir, España, no; los de arriba, los que mandan, veían morir a millares de soldados sin prestarles socorro, sin salir, en un torrente de valor y de dignidad, a auxiliarles. 

Los cañones del Atalayón nos bombardean 

       Con tan dolorosas cavilaciones marchábamos por la carretera los tenientes Dalias, Troncoso, Vivancos, Ibarrondo, Civantos, el alférez de Caballería Maroto, el intérprete Rueda y yo. Formando grupo nos acompañaban los cuatro soldados. Ojo avizor y muy prevenidos nos daban escolta y custodia tres kabileños armados hasta los dientes. 

        Al llegar a la altura del cementerio rompió el fuego contra nosotros la batería del Atalayón, haciendo primero cuatro disparos largos, después recibimos otra descarga, a nuestra retaguardia, explotando los proyectiles y haciéndonos correr, obligados por nuestros guardianes. Seguidamente cayó otra descarga tan cerca de nosotros, que si estallan los proyectiles quedan destrozados los oficiales heridos y algunos más que con ellos íbamos. 

        Fueron aquellos momentos de verdadera prueba para nosotros, que nos veíamos perseguidos a balazos por nuestros mismos compatriotas y temiendo muy justificadamente que la muerte nos viniera de ellos y no de nuestros enemigos. Nunca como entonces deseábamos que tuviesen mala puntería los artilleros españoles, ni jamás celebramos con mayor alegría la mala calidad de los explosivos que cuando los proyectiles caían a larga distancia de nosotros o se hundían en tierra sin estallar. 

Descanso en Segangan. El porqué del bombardeo 

        Cuando llegamos a la estación de Segangan nos dieron un descanso y media cebolla para recuperar fuerzas. 

       Aprovechando el descanso, y con motivo de los comentarios a que diera lugar bombardeo de que estuvimos a punto de ser víctimas, nos contaron los soldados por qué nos tiraban tantos y tan furiosos cañonazos las baterías del Atalayón. 

       Era la razón que los moros tenían entre los prisioneros que guardaban en la iglesia de Nador ocho o diez soldados de Artillería, a quienes los rebeldes obligaban disparar el cañón de las Tetas de Nador contra el Atalayón y Sidí Hamet, hecho que, al ser conocido por los españoles, les indignó de tal suerte, que resolvieron cañonear con la mayor violencia a quien estimaban traidores a la patria. 

       Tanto era el fuego y de tal suerte se afinaba la puntería, que al ver los moros las frecuentes bajas que sufrían, acordaron vestir con chilabas a los artilleros para ver si de este modo cesaba o se aplacaba algo el encono de las posiciones españolas. 



La crueldad mora. Enfermos y heridos fusilados 

        También nos contaron los soldados que eran unos cien los que estaban prisioneros en Nador, y que entre ellos, y desde hacía bastante tiempo, había muchos heridos y enfermos. Lleno de horror escuché de labios de los pobres soldados cómo los salvajes kabileños, viendo tanto desgraciado cómo sufría, exclamaron: 

-¡A ver! ¡Estos marchar para enfermería! 

       Y esta orden, que algunos sin ventura creyeron verdadera e inspirada en la piedad, se cumplió conduciéndolas a la playa y fusilándolos allí, sin compasión, martirizándolos cruelmente, demostrando con su barbarie los sanguinarios instintos que les caracterizan y su invencible afán de rapiña. 

Las matanzas de Segangan. De tal palo, tal astilla 

       Con el ánimo deprimido, pero siempre alentando alguna esperanza, seguimos a Segangan, que está muy lejos de la estación, y lo encontramos desierto, pero con el suelo lleno de cadáveres, que ponían espanto en el ánimo mejor templado. 

        A la salida del pueblo hallamos un grupo de moros con chilabas blancas, en las que unas banderitas españolas bordadas pregonaban bien a las claras que eran niños a quienes daba España educación en las escuelas indígenas; y aquellos chicuelos, en cuyo corazón ya anidaba el odio, nos llenaron de improperios y nos apedrearon rabiosamente, con el instinto de chacal que de sus padres les viniera, olvidando ingratamente los favores recibidos. Fue precisa la intervención enérgica de nuestros guardianes para que la manada de lobeznos huyera sin causarnos mayor daño que el que recibiéramos en el alma con su infame conducta. ¡De tal palo, tal astilla! 

La marcha hacia el Kert 

       Lentamente, abrasados por un sol que calcinaba las piedras, agotados por el cansancio, sudando a mares porque no corría el aire, proseguimos nuestro camino hacia el Kert. ¡Qué marcha la de aquella pobre caravana de hombres, agobiados de dolorosos recuerdos, enfermos algunos, tristes todos, aunque los más procurásemos disimular para no restarles ánimos a los otros! 

       En nuestra peregrinación, mejor podría decir en nuestro calvario, nos detuvimos para ver pasar a una española prisionera y herida, que llevaban dos moras a Nador y a la que al día siguiente enviaron a Melilla.

      Este encuentro causó la natural emoción y el hecho produjo los comentarios naturales, siendo para muchos un feliz augurio que reavivó la fe en el porvenir. 

        Frente a Ras Medua encontramos un agua riquísima, y allí nos permitieron los moros que nos conducían gozar las delicias de un breve descanso y darnos un hartazgo de agua. Golosamente, con fruición, igual que quien saborea un manjar delicadísimo, bebimos aquella agua, que al refrescar nuestras gargantas, al correr por nuestro rostro y bañar nuestras manos, parecía darnos nueva vida, alientos para seguir sufriendo, ánimos para continuar luchando con el Destino. 

Unos moros aprovechados quieren comprar a Civantos 

       Cuando a los moros les convino se reanudó la caminata, y, a poco de ello, topamos con dos kabileños, montados en sendos mulos, a quienes la presencia del teniente Civantos causó un extraordinario y no disimulado contento. 

       Entre los jinetes y nuestros guardianes comenzó una charla diaria, en la que los primeros propusieron a quienes nos daban escolta la venta de Civantos en 1500 pesetas. 

        El teniente Civantos, que habla algo el chelja se estaba enterando, lo mismo que Rueda, el intérprete, de aquella conversación, tan interesante para él. La discusión, lejos de decaer, se hacía más sostenida, y momento hubo en que yo temí que los moros, a cuya custodia íbamos, accedieran a las proposiciones de los kabileños, que llegaron a ofrecerles 500 pesetas más. 

        Mientras entre unos y otros se celebraban estos tratos, los prisioneros creíamos morirnos de calor y de sed, porque el sol nos quemaba implacable y la falta de agua era para nosotros mortificación insufrible. 

Las aguas del río maldito y la sangre española 

       Por último, y aún cuando los compradores aumentaban considerablemente el precio, recibieron la más rotunda negativa, y así, víctimas de las inclemencias del sol africano y creyéndonos morir de sed, con la rabia y el dolor de vernos entre aquellos salvajes, a merced de su codicia o de su bárbara y cruel condición, así, llegamos hasta el Kert, donde, en un descanso a la sombra de unos árboles, saciamos el ansia de agua que teníamos, sin reparar en la pésima calidad de aquellas malditas aguas. 

      Las fieras que nos vigilaban, no contentos con vernos sufrir físicamente, tuvieron La bárbara satisfacción de decirnos, cuando bebíamos las aguas del Kert: 

—¡Beber; beber mucho! ¡Aún tener sangre de tus hermanos! [7]

Río Kert



LA TRISTE CAMINATA 

Los tormentos del cansancio y la sed 

       Continuamos la marcha hacia el zoco de Bu-Hermana, teniendo que atravesar en nuestro camino una inacabable serie de e enormes barrancos, y sin encontrar una sola gota de agua que nos pudiera servir para engañar la sed devoradora que padecíamos. 

       Lo penoso de la caminata, nuestra fatiga física, el sol que nos martirizaba, la preocupación, todo hacía insoportable aquel andar y andar. 

      Nuestros guardianes, cuando les interrogábamos, nos decían : «Faltar poco para encontrar agua, faltar poco para encontrar agua, aligerar.» Y, efectivamente, a las seis y media llegamos a Bu-Hermana, sin haber comido nada ni bebido una triste gota de líquido. 

      En Bu-Hermana había una gran guardia, que nos recibió con grandes gritos de alegría, y después de satisfacer nuestra sed, nos proporcionaron descanso. Un moro conocido del teniente Vivancos nos invitó a tomar el té. Todo esto nos hizo creer que aquello sería el final de la jornada y que nos darían alojamiento en alguna de las muchas casas que habla alrededor; pero con gran sorpresa nuestra, recibimos de los guardianes la orden de continuar, alegando que allí se habían negado a facilitarnos albergue, aunque la realidad era que los moros que nos escoltaban estaban como gallo en corral ajeno y que les producían verdadero pánico los Beni-Said. 

      Reanudada la marcha, ésta se hizo penosísima, porque en el rato que habíamos descansado se nos enfriaron los pies, y ello daba lugar a que cuando echamos a andar, fuese haciendo las más grotescas y lamentables contorsiones. Pero, como toda reflexión era inútil con aquellos bárbaros, continuamos el camino, entre barrancos, hasta llegar a una casa donde los moros que nos escoltaban comenzaron a discutir, aprovechando nosotros su disputa para indicarles que teníamos hambre. Preocupados los moros con su controversia, nos dijeron podíamos comer, y siguieron charlando acaloradamente. 

       La gente de la casa se enfadó; pero, a pesar de ello, los morillos nos trajeron cuchillos y escobas y empezó un banquete de higos chumbos como no creo que se repita en el mundo, por la enorme Cantidad de higos que nos comimos. 

       Lo que no logramos fue que nos dieran alojamiento, ni siquiera agua, y de nuevo se reanudó la caravana, hasta que ya anochecido, llegamos a un barranco, y nos dijeron: «Aquí es». 

      Nos tiramos, más bien que nos sentamos, en el suelo, dando gracias a Dios de que, al fin, podíamos descansar; pero otra vez salieron los guardianes y gritaron: «Más arriba». 

       ¡Aquello fue horroroso! Ayudándonos los unos a los otros, pudimos llegar al alojamiento indicado; pero ¡en qué situación! Rotos, destrozados, con las gargantas secas, con una fatiga espantosa, sin alma para nada. 

       Todo el mundo se había negado a darnos hospitalidad, y precisamente al que nos alojó le habían matado un hermano suyo en el Zoco-el-Had. 

       Se nos asignó una habitación pequeñita y en ella instalamos, primero, a los enfermos, y después, cada uno de nosotros buscó el mejor y más gustoso acomodo. 

       Allí nos dieron de comer, consistiendo el menú en un pan y un huevo duro, cosas ambas que, a pesar del banquete de higos chumbos, desaparecieron como por ensalmo. 

      La guardia se acostó en la puerta, y nosotros, después de hacer los comentarios de rigor, nos dormimos a pierna suelta, descansando bastante bien de las fatigas de aquel día tan trabajoso. 

      Muy temprano, serían las tres de la madrugada, nos levantan y nos dan la orden de marcha. 

      ¡Qué amanecer más triste! 

       Todos nosotros rogamos a nuestros conductores que, por cuanto quisieran, nos buscasen unas caballerías, pues nos era de todo punto imposible continuar andando en el estado en que nos hallábamos. 

      Los kabileños, tras de muchas súplicas, accedieron a buscar medios de locomoción; pero fuese porque no pusieran un verdadero empeño o porque, en realidad, no hubiese cabalgaduras, el hecho es que las gestiones resultaron estériles y que nadie nos quiso alquilar ni un miserable borriquillo. 

      Y volvimos a la marcha, esperando sólo que nos sacase de aquella dificultad la misericordia divina, ya que la humana había desaparecido de tan crueles tierras. 

      Lenta y trabajosamente seguimos atravesando las posiciones de Beni-Said, sorprendiéndonos mucho el que toldas ellas estuviesen intactas, el que los bárbaros kabíleños no destruyeran la obra de los españoles. 

       Nuestro paso cada vez era más premioso y nuestro cansancio más grande. En cambio, los guardianes con quienes caminábamos no hacían otra cosa que darnos prisa, porque querían llegar aquella misma noche a Annual. 

      Arrastrándonos, más que andando, bajamos al llano, y allí nos detuvimos en casa de un moro amigo de quienes nos escoltaban. En aquella casa comimos pan e higos chumbos, y a fuerza de muchos ruegos logramos que nos alquilaran unos borricos, haciéndoles valer a seis duros, a cobrar en la plaza. 

      Una alegría inmensa nos produjo sólo el pensar que el macizo montañoso que ante nuestros ojos se alzaba íbamos a atravesarlo montados en caballerías, dando así descanso a nuestros pobres cuerpos, que ya estaban destrozados por la terrible caminata. [8]



Las crueldades del asesino Amogar 

Se nos quitan abrigos y relojes 

      El mes de Noviembre se presentó bastante feo, porque, además de no entregarnos con seguridad el correo, aislándonos de nuestras familias, desapareciendo con ello el grandísimo consuelo que para nosotros representaba el tener noticias de España, se dijo, recuerdo bien la fecha, el día 10, que se nos iba a quitar los relojes y las prendas de abrigo. 

      Tan monstruoso nos pareció esto, que muchos no dieron crédito a tales rumores; pero el día 12, a las nueve de la noche, se presentó el gran bandido de Amogar seguido de los demás forajidos que constituían la guardia, y exigió que le fuesen entregados todos los capotes y mantas de los oficiales. 

      Semejante enormidad, tan salvaje violación de las leyes de la guerra y de la humanidad, dio lugar a que la escena fuese en extremo desagradable y violenta, ya que no estábamos acostumbrados a que se nos hiciera víctimas de malos tratos, Hubo al principio alguna resistencia; pero en vista de la actitud de la guardia, que tenía orden de arrancarnos a viva fuerza la capotes si no los dábamos de buen grado, nos hizo resignarnos a entregarlos, bien convencidos de que nada bueno podíamos esperar de un jefe como Abd-el-Krim, que mandaba aquello y que en la tienda de la guardia aguardaba impaciente y curioso que sus secuaces cumpliesen tan infame misión. 

      A los cuatro días fue la escena aún más odiosa, porque nuestro cruel secuestrador dio orden de quitar todos los relojes que poseían los prisioneros, penetrando violentamente en la tienda de campaña y habitaciones donde estábamos tranquila y tristemente viendo cómo transcurrían las horas de nuestro cautiverio, y como aquellos salvajes sabían que los oficiales tenían reloj, a ellos se dirigieron. Algunos militares entregaron la alhaja de buena voluntad, pero la mayoría escondió los relojes, asegurando haberlos enviado a la isla. 

      De nada les valió esta estratagema, porque nuestros carceleros, envalentonados con lo que ocurriera cuando se nos quitaron los capotes, perdieron toda noción de respeto y exigieron, con fusil montado en mano, la entrega de los relojes. 

       Rabiosos, indignados, los prisioneros iban dando aquellos aparatos con que parecían, más que medir el tiempo pasado, calcular el que faltaba para la libertad. Algunos que guardaban en sus tapas retratos de amor, imágenes queridas, se despedían de aquello con indecible dolor. 

El reloj del capitán Salto 

      El capitán Salto, que verdaderamente había enviado con Sidi Idris Baen el reloj a su casa, negaba, como era natural, que lo tuviese, y aunque llegaron a apuntarle con los fusiles, él sostuvo su negativa con tal firmeza, que la guardia, convencida de la verdad, se fue a la tienda donde estaba su digno jefe para darle cuenta de lo ocurrido. 

      Inmediatamente entró Amogar con los guardianes en donde se hallaba Salto, y, con muy malos modos, exclamó; «Salto, el reloj». «No lo tengo», contestó el capitán; y Amogar, con su cara de asesino que tan odiosa nos era a todos y que tantas veces la vimos contraída por las más bajas y salvajes pasiones, le dijo al militar; «Tú tener que morir». 

      A la mañana siguiente recibimos la orden de que en las tiendas de campaña no puede quedar nadie; todo el mundo tiene que dormir en las habitaciones, y así lo hicimos, quedando hacinados en aquellos cuartos, de escasa capacidad, de ninguna ventilación y en los que toda incomodidad, falta de higiene y porquería tenían asiento. Allí dormimos aquella noche bien ajenos a que tales lugares iban a ser en lo sucesivo nuestra prisión. 

Encerrados con mis candados. En peligro de asfixia 

     Amogar, el maldito Amogar, me pide prestadas los candados que yo tengo en la caja de víveres y ropa, y esos candados sirvieron para encerrarnos durante dieciocho meses, que nos parecieron eternos. 

      Cuando llegó la noche, todos creímos que la puerta quedaría, como siempre, abierta; pero, lejos de ocurrir así, permaneció herméticamente cerrada. 

      ¡No saben mis lectores lo que es eso! 

      Los primeros días pensábamos morir asfixia, pues nuestros pulmones, acostumbrados a respirar al aíre libre, no resistían un ambiente como aquél, en que le falta de ventilación, el hacinamiento de tantos hombres, hacían que a las doce de la noche la atmósfera pareciera sólida, el calor nos ahogaba, nos faltaba el aire, una mortal angustia se apoderaba de nosotros. 

      ¡Qué ajenos estábamos de pensar que este suplicio iba a durar meses y meses y que a estas torturas se habían de sumar otras más terribles y dolorosas! 

Un asesinato de Amogar 

      Sin novedad mayor transcurrieron los días hasta el 22, en que eran las once de la mañana y aún no se nos había abierto la puerta de nuestro encierro. De pronto se acercó un soldado y, muy rápido, nos dijo: «Anoche Amogar asesinó al capitán Salto». 

      No hay palabras con que pintar la emoción tan intensa que todos experimentamos, el dolor que nos produjo el crimen aquel tan feroz, tan injustificado, tan propio de gentes sin honor y sin sentimientos humanos. 

      Cuando nos abrieron la puerta y nos agrupamos en el patio, el general Navarro le preguntó a Amogar: «¿Dónde está el capitán Salto?» 

     Y aquella fiera incapaz de otra cosa que no sea el asesinato, el robo o la violencia, contestó al barón de Casa-Davalillos: «Anoche lo saqué del cuarto para hablar con él, quiso escaparse y tuve que matarle». 

      Fue un momento de tragedia. Todos estábamos espantados de lo que oíamos. Nuestros corazones parecían quererse escapar del pecho. Para contener nuestra rabia, nuestros deseos de venganza, fue preciso todo el horrible convencimiento de que nada podíamos, inermes, contra aquellas fieras armadas y prevenidas a todo evento. 

      D. Felipe Navarro, nuestro general, preguntó por Abd-el-Krim, y Amogar, el cruel, le contestó que desde el día antes estaba en el Guelaya. 

En trance de ser fusilados 

      Nos hicieron formar, pasándonos lista; nos colocaron muy agrupados sobre un ángulo del patio, y era tal el lujo de kabileños que allí había con fusiles y en sus rostros, muy principalmente en el de Amogar, se advertía tan siniestra expresión, que cuando me pasaron lista a mí y crucé por delante del general, que estaba fuera de fila, oí al barón de Caso-Davalillos que decía: «Así, muy agrupados, para terminar más pronto». 

¡Qué momento tan solemne! ¡Qué instantes tan decisivos y crueles! 

     Desde que pasó lista el último hasta que nos dijeron que podíamos hacer el almuerzo, todos pensábamos que aquellos minutos eran los últimos de nuestra vida, que íbamos a ser fusilados, que con nosotros se iban a repetir las espantosas matanzas de Nador, Zeluán, Segangan, Monte Arruit... 

¡Verdaderos cautivos! 

      A partir de entonces, de aquel día horrible del 22 de Noviembre, se acabaron todas las consideraciones, ya no éramos prisioneros de guerra, habíamos perdido la condición de vencidos, a quienes el triunfador custodia respetuosamente; éramos cautivos, los cautivos de unos crueles salvajes. 

      Y amontonados en malolientes y sucias habitaciones permanecíamos horas y horas, hasta que a las once de la mañana nos abrían, para volver a encerrarnos a las tres de la tarde, y en ese espacio de tiempo teníamos que hacer el almuerzo, y comer, y respirar, y dar al cuerpo todas aquellas expansiones y cuidados que tantas horas y respetos precisan. 

FERNANDO JIMENEZ PAJARERO"[9]

Vista parcial de Axdir

NOTAS

[6] 1923 02 18 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1004 pag 2 

[7] 1923 02 21 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1006 pag 2 

[8] 1923 02 23 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1008 pag 2 

[9]1923 02 28 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V  pag 2

Las fotografías no se corresponden con el artículo publicado en dicho periódico. Proceden de:

- Revista Mundo Gráfico.
-ABC
- http://altorres.synology.me/guerras/1921_annual/02_10_arruit.htm