sábado, 9 de noviembre de 2019

Un Pueblo maravillosamente Pintoresco: ALCALÁ DE LOS GAZULES



Artículo publicado en la Revista de Apuntes Históricos y de Nuestro Patrimonio 2002



Diego BERRAQUERO MIRIL
Artículo publicado en EL
“Heraldo de San Fernando”
(14 15 y 16 de septiembre de 1926) 



      Poco antes de las 8 de la mañana hemos salido de San Fernando en excursión a Alcalá de los Gazules. D. Antonio Quijano, el insuperable artista del objetivo, tiene en este pueblo y demás comarcanos, innumerables clientes que todos los todos los años lo llaman reiteradamente. 

      Vamos a cuarenta por hora. Nuestro coche es nuevo y aconsejan los técnicos que no se fuerce la marcha. Atravesamos Chiclana de la Frontera con sus calles limpias, recién urbanizadas, que dicen mucho de la labor de un Ayuntamiento y un Alcalde en pro del pueblo que representan. Tomamos la carretera de Medina, que afortunadamente no está mal. Nos detenemos unos minutos en el célebre "Ventorrillo Lozano" lugar de cita de innumerables amateur de la caza. 

      El paisaje no tiene nada de notable hasta divisar hasta divisar en la lejanía azul, corno flotando en las brumas de la mañana, Medina Sidonia. El horizonte es, a partir de ahora, verdaderamente maravilloso. Lejos, muy lejos, la sierra recortán­dose fantástica, parece un conglomerado de nubes.... 

      Seguimos la carretera abierta en las mismas faldas de Medina que se extiende en curva, cual gigantesco nido de águilas, El terreno se va haciendo cada vez más irregular. Se suceden los montes de color rojizo, bordados en verde con manchas blancas de otros tantos caseríos. Algunos de estos montes, enlazados como cordilleras, dejan ver enormes precipicios. Algunas casas de labor, semiocultas entre árbo­les, parecen materialmente colgadas. 

      Cerca de "Casas Viejas" hemos encontrado "escacharrado" el auto de línea. Nos enteramos que tomó mal una pen­diente yendo a chocar con dos árboles. Afortunadamente el pasaje no ha sufrido daño alguno. 

      Conforme avanzamos va siendo más soberbio el paisaje y el espectáculo. La naturaleza, en su brava belleza, canta un himno potente al Divino Creador. Ante tanta grandeza, nuestro espíritu de mísero mortal se sobrecoge. 

      De pronto surge ante nosotros Alcalá de los Gazules, encla­vado en lo alto de un monte de soberana grandeza, a 780 metros sobre el nivel del mar. Las casas, muy blancas, de rojizos tejados, se descuelgan bravamente unidas como enlazadas por misteriosos eslabones. Sobre toda ella surge, como besando el cielo, el grácil campanario de la Iglesia Mayor. 



      Tan maravillosamente soberbio es el espectáculo que se presenta a nuestros ojos, que nos sentimos incapaces de describirlo. La pluma no puede escribir lo que nuestros ojos ven. 

      Son las diez y media cuando entramos por espinosa pen­diente en Alcalá de los Gazules. Una animación extraordi­naria se nota en toda la población. Atravesamos una bella calle que lleva el nombre del General Primo de Rivera. En esta misma calle encontramos fonda, por cierto que muy bien atendidos. 

II 

      Don Antonio Quijano, muy conocido y admirado en esta, me presenta a varios amigos. Los hijos de Alcalá demuestran su hidalguía rivalizando en atenciones. Nos es imposible aceptar tantas invitaciones. 

      A la hora del almuerzo pasamos un rato verdaderamente distraído. Teníamos por compañeros de mesa, entre otros, a unos toreros de capea con una gracia enorme. Uno de ellos, encarándose con un muchacho coloradote, que come con verdadero apetito, le dice muy serio: 


- "Es cómico, no se pue usté figurá la gracia que me hace cuando sale vestío de municipá bigotuo...." 

¡Y es para oír, también las discusiones taurómacas…! 

       Cuando me dispongo a finalizar estas cuartillas, un acompasado ruido metálico me hace asomarme al balcón. El que lo produce es un viejecillo arrugado que camina bajo el peso de unos calderos. Sobre el asa de uno de ellos golpea con un martillo. Este viejecillo de ojos apagados y andar cansino se gana la vida componiendo calderos. Y es de ver como sus piernas pueden aún subir las cuestas empinadas. 

III 

      Hoy domingo se ha celebrado aquí la tradicional Romería de los Santos en que los alcalaínos todos acuden al bonito Santuario de su amada Patrona, sito a unos nueve kilómetros de la ciudad. 

     Esta Romería que viene celebrándose hace muchos años, es de lo más maravilloso que puede verse. Es todo en cuadro de luz. 

      Desde la noche anterior se van trasladando al Santuario, humildemente bonito, de paredes muy blancas, los vecinos de la ciudad. De los cortijos y caseríos del con­torno llegan las mozas con sus trajes chillones, a lomos de plácidos asnillos, sentadas en lo que llaman "jamugas". 

      Nosotros hemos asistido también a la Romería. Nos hemos levantado muy de mañana y esperamos la anuncia­da llegada de San Fernando de varios amigos, entre ellos Manuel Pece Casas. Pero los amigos de aquí tienen la virtud de impacientarnos. El auto que los ha traído no llega a Alcalá hasta las ocho y media. Nos dicen que la niebla los obligó a venir a marcha muy moderada. 

      Don Manuel, que trae un gran cartucho de "bocas de la Isla" nos dice: "Como las bocas empiecen a pedir la palabra...." 

     Son las diez cuando llegamos, atravesando un terreno difícil que hace danzar a los autos, al Santuario de Nuestra Señora de los Santos. La animación es extraordinaria. Los alrededores presentan animado y pintoresco aspecto. Se celebra primero una solemne función religiosa teniendo a su cargo al panegírico, brillante oración sagrada, el Arcipreste del distrito D. José María Pérez Verdún. Después, los asistentes a la Romería, -unas seis mil perso­nas-, hacen un almuerzo campestre mojado con el rico caldo color ámbar. 

      Más tarde se organiza en el típico patio del santuario un animadísimo baile, amenizado por la Banda de Chiclana de la Frontera. 

      Los Alcalaínos tienen a su Patrona, Nuestra Señora de los Santos, un grandísimo amor que se exterioriza des­bordante en la anual Romería al Santuario y en las proce­siones de rogativas, en que los hombres se disputan el car­gar con la imagen. 

      Alrededor de esta Imagen que se venera en el Santuario la fantasía popu­lar ha tejido muchas leyen­das piadosas. Una de ellas nos la cuenta el Coadjutor de la Parroquia, D. José Aurelio Lara Pineda. 

       Dicen que ha lejanos años los alcalaínos buscaban un artista que confeccionara la imagen. Por aquellos días dos peregrinos que pasaban por el Santuario se ofrecieron a llevar a cabo la obra, poniendo como única condición que se encerrara en una habitación del Santuario dejándole comida para tres días. La condición fue aceptada y pasados los tres días llegaron hasta la habitación. Como llamaron muchas veces y no con­testaron, rompieron la puerta, encontrando la bella imagen. Los peregrinos habían desaparecido de forma misteriosa. La imagen fue llevada procesionalmente, instalándose en su lindo camerino, construido mediante suscripción popu­lar. También se le construyó unas andas de plata. Por cierto que ésta fue robada hace muchos años no encontrándose a los autores del robo, uno de los cuales dejó grabada su mano el escalón de piedra de una de las puertas del Santuario. Allí puede verse. Los alcalaínos afirman que se trata de un milagro que hizo la Virgen. Como desagravio a ella organizose una procesión, en que todos lloraban de indignación. Por suscripción popular adquirieron después otras andas de plata. 

       Los hijos de Alcalá de los gazules llevan en sus venas sangre hidalga. Son hospitalarios por excelencia hasta el extremo de no poder olvidar el forastero su estancia en la ciudad que luce en su escudo los títulos de Muy Noble, Leal e Ilustre. 

      El que una vez va a Alcalá de los Gazules, ese vuelve. 



     Hemos conversado y saludado al Sr. Alcalde de la ciudad, D. Simón García Ruffo, a quien los alcalainos van a rendir mañana un homenaje, a D. Gonzalo Carrillo exteniente de Alcalde, hombre cariñoso que se ha multiplicado en atenciones; a los hermanos Sandoval, muy conocidos en San Fernando, a cuya prensa ha pertenecido uno de ellos, a D. Cristóbal Alberto, Presidente de la Comisión de Fiestas, acreditado comerciante de tejidos; a D. Antonio Serdero, veterinario, un jerezano muy simpático, etc. 

     Antes de recogernos hemos pasado por la plaza principal, lindamente exornada y en la que las mujeres de Alcalá lucen maravillosamente su gracia y belleza. A sus ojos, -muchos azules como los picos ingentes de sus montañas-, alma su alma andaluza. 

IV 

       No puedes figurarte, lector amigo, cuanto de encantadora sencillez tiene este pueblo serrano que con tanta hospitalidad y cariño nos ha acogido. No puedes figu­rarte cuanta poesía a lo Gabriel y Galán encierra esta ciudad bonita que se asienta sobre el monte amarillo como una bandada de palomas que descansa tras un largo viaje... 

      Los crepúsculos aquí son verdaderamente maravi­llosos. Cuando el sol se va, cuando el azul palidece y ríe la primera estrella, la visión del pueblo es verdaderamente mágica. Todo parece flotar en el ambiente puro, como allá en lo alto, flotan girones de nubes levemente coloreadas. La sierra que recorta el horizonte adquiere color añil y los caseríos blancos, recortándose por la falda de los cerros, parecen huevos de aguiluchos... Cuando el sol ríe al nacer, aparece todo igual. No cabe mayor maravilla.... 

      En la noche silen­te, cuando la ciudad duerme acariciada por el aire de la sierra, cuando las estrellas bordan el firmamento, oímos una voz recia, melosa, que canta.... “! Ave María Purísima! ¡La una... y sereno..! Se aleja la voz paulatinamente. Al perderse por la distancia, retorna el reposo.... 

       En la puerta de su casa, sentado en un sillón cortijero, un viejecito fuma en silencio. El viejecito no tiene dientes y su cabellera que asoma por bajo el pañuelo de hierba
que cubre su cabeza, es blanca como copo de algodón. Unas alpargatas de paño cubren sus pies, enfundados en medias de lana. Los ojos apagados del anciano miran jugar a unos
rapazuelos que se dejan deslizar por una pendiente muy pronunciada. Y el viejecito de boca sin dientes y pelo blanco, sonríe… quizás evocando su niñez ya lejana, cuando una madre buena y trabajadora le daba azotes al verlo retornar con los calzones rotos… 

      Hoy, lunes 13, ha habido lectura de bandos por las calles de la ciudad: 

- "Yo, don Fulano de Tal y Tal, hago saber..." 

      El bando invita a todo el pueblo al homenaje que se va a tributar al Alcalde de la Muy Noble, Leal e Ilustre Ciudad. Es el Alcalde de Alcalá de los Gazules un hombre sencillo y bueno, D. Simón García Ruffo a quien tanto deben los alcalaínos por su labor honrada y ejemplar. D. Simón no ha nacido en Alcalá, pero en Alcalá han nacido sus hijos. 

      En sesión extraordinaria, en medio de un entusiasmo desbordante de los alcalaínos, se le ha entregado el Título de Hijo Adoptivo, a la par de un bastón de mando, ambos adquiridos por suscripción popular. Un notable artista de la ciudad, D. Vicente Pozanco Barranco ha con­feccionado primorosamente el diploma. 

      El Alcalde ha sido aclamado y al serlo ha sentido su alma aletear de alegría mientras sus ojos lloraban,... 

     Buñolada en la placita de toros de Alcalá de los Gazules. Mujeres bonitas como evocaciones moriscas… 

      La Comisión de Fiestas, presidida por el entusiasta Edil D. Cristóbal Alberto ha organizado esta buñolada en obsequio de ese ramillete de chiquillas deliciosas que han donado cintas para las carreras de caballos. Parpadean los farolillos venecianos, quizás sintiendo envidia, impotencia, entre tantos ojos brillantes de mujeres bonitas. 

       La gente joven no se cansa de bailar. ¡Cuantos noviazgos salieron esta noche en que el aire jugó con risas de mujer, piropos y compases de la banda de música…! 

      Terminado el baile, "El Andarín", propietario del "American Bar" luce ante nosotros, bajo los efectos del "licor ambarino", todas sus facultades flamencas. ¡Que gra­cia tiene este célebre "Andarín"…! 

     Unos amigos entre los que se encuentra Antoñito Galán "El Invencible", como le llaman sus paisanos por sus heroicas hazañas en Marruecos como Oficial del Tercio organiza en nuestro honor una becerrada en un cortijo. En el cartel figuran nuestro nombres. ¡Que Dios nos ampare…! 

     D. Manuel Pece Casas y D. Antonio Quijano protestan enérgicamente, temiendo una hecatombe, de que el simpatiquísimo veterinario nos facilitara unas jacas para echar una carrera por la campiña. 

     Vean ustedes, queridos amigos, como no ha pasado nada, a pesar de la becerrada y de aquel golpe inesperado. 

     Cerca de las cinco de la madrugada salimos de Alcalá de los Gazules. Si no nos escapamos de este modo aún seríamos huéspedes de Alcalá, ya que nos hemos convencido que cuesta mucho trabajo salir de allí. 

     A pesar de todo, prometemos volver… 



A D. Joaquín Quijano Párraga, 
Que nos cedió el artículo, y en 
reconocimiento por su colaboración en la elaboración 
del libro de Fotografías: 
“Alcalá de los Gazules, un siglo en imágenes”


NOTA

Las fotografías no se corresponden con el artículo impreso y son obra de Antonio Quijano, fotógrafo que se menciona en este artículo.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Las calles de Alcalá y sus nombres. Evolución histórica (III)



JUAN MARÍA DE CASTRO 

      La calle Juan María de Castro aún hoy es recordada como calle de la Amiga, nombre muy antiguo que ya nos encontramos en 1826.[47] Muy pocos conocen que en enero de 1900 se dedicó esta calle al benefactor gaditano José Moreno de Mora por ofrecerse a construir un Hospital para la provincia (el célebre Hospital de Mora) nombrándosele además hijo adoptivo: 

“Se dio cuenta de una comunicación del Sor. Vicepresidente de la Excma. Comisión Provincial, participando a esta Corporación que el Excmo. Sor. Don José Moreno de Mora había ofrecido construir a sus expensas un Hospital para donarlo después a la Provincia; enterado los Sres. Concejales del contenido de la misma y después de haber hecho uso de la palabra los Sres. Alba, Puelles Centeno, Sánchez, Toscano y Sor Presidente, por unanimidad se acordó: 

1º Declarar hijo adoptivo de esta Ciudad al insigne Gaditano excmo. Señor don José Moreno de Mora. 

2º Rotular la calle de la Amiga, una de las principales de esta Ciudad con el nombre del indicado Sor, para perpetua memoria de su generosidad y sublime rasgo de Caridad Cristiana. 

3ª Dirijirle un mensaje de entusiasta felicitación y agradecimiento que sea redactado por una comisión compuesta de los Sres Presidente, Puelles Centeno, y Alba. 

4ª Adherirse en un todo a los acuerdos que adopte la asamblea Provincial.” 

      Efectivamente, la comisión nombrada redactó la siguiente carta que le fue enviada al día siguiente: 

“Excmo. Señor Don José Moreno de Mora = Excmo. Señor = El Ilustre Ayuntamiento de mi presidencia en sesión celebrada el Sabado 20 del actual, por unanimidad e interpretando fielmente los sentimientos de todos los vecinos de esta Ciudad, tiene una satisfacción en manifestarle a V. E. su profunda gratitud, por el acto de esplendidez generosidad que realiza, al donar cuantiosos bienes para la construcción del Hospital Provincial. 

      Si en todo tiempo hubiera sido un acto de sublime desprendimiento su donación, mas lo es hoy, en que adormecida en parte los primeros Cristianos por el indiferentismo y la normalidad, mas se ocupan los hombres en las ponpas y ostentaciones de la vanidad, que en satisfacer las necesidades de los desvalidos. 

     Quisiera este Municipio al adoptar por hijo a V. E. que esta modesta Ciudad fuera cuenta de la invicta y gloriosa de Castilla con antiguo abolengo en grandeza y esclarecidos linajes para que quedara la debida proporción entre el hijo adoptado y la madre adoptante, pero supla a la modestia de su alcurnia, la grandeza de los corazones de sus hijos que laten de entusiasmo al oír el rasgo de V. E. y que recuerdan que ellos son desendiente de aquellos Alcalaínos que en la ultima centuria donaron los arboles de nuestros bosques seculares para que sobre los mismos convertidos en barcos, ondease la gloriosa bandera Española, dispuesta a debelar esa afrenta de la patria que tenemos en nuestra propia Provincia. 

      Y si perpetúa la memoria de V. E. en modesta inscripción de piedra en una de sus principales Calles, es por que su erario agoviado de deudas, no puede costear hermosa placa de oro, no la que con letras brillantes, resaltara el nombre de V. E. como homenaje debido al padre de los desheredados. 

     La admiración, la gratitud y las oraciones de este pueblo, suplirán a la pobreza de sus obsequios. 

      Reciba V. E. el testimonio mas sincero de esta Ciudad y de todos los individuos del Municipio que tiene el honor de suscribir este Mensaje.= Dios guarde a V. E. muchos años.= Alcalá de los Gazules 21 de Enero de 1900. Excmo Señor =” 

      Sin embargo, el señor Moreno de Mora, nada más recibir la carta, envió un telegrama agradeciendo el detalle del ayuntamiento alcalaíno pero oponiéndose a que su nombre figurara en una calle: 

“Sumamente agradecido por el acuerdo tomado por ese Ilustre Ayuntamiento, le ruego acepte el testimonio de mi mas alta consideración, suplicándole no lleven a efecto el poner mi nombre a una de esas Calles, pues ya me considero recompensado siendo hijo adoptivo de esa Ciudad = Moreno de Mora=” 

      A pesar de la súplica, la Corporación municipal decidió llevar adelante su acuerdo,[48] lo que provocó que el gaditano volviera a rogar que se desistiera de ponerle su nombre a la calle de la Amiga, ruego que, esta vez sí fue atendido, volviendo dicha calle a su nombre original.[49]

      De todas maneras, los regidores no olvidaron la iniciativa de Moreno de Mora, y tras fallecer dicho el ilustre gaditano el 5 de enero de 1908, acordaron, siguiendo las directrices de la Diputación provincial, colocar una lápida en su memoria en el salón de actos del Ayuntamiento, placa que, por otra parte, desconocemos si finalmente llegó a colocarse: 

“…El Ayuntamiento por unanimidad acordó; asociarse al pesar que hoy embarga a toda la provincia por la pérdida de tan Ilustre Gaditano. 

Perpetuar su nombre colocando una lápida en la sala de sesiones de este Ayuntamiento…”[50]

       Se da la circunstancia de que en la fecha en que se acordó cambiar el nombre de la calle de la Amiga por el de Moreno de Guerra, precisamente era alcalde Juan María de Castro. Este último, nacido en Vejer en 1843, formó parte de varias corporaciones, primer teniente de alcalde en 1876, es elegido concejal el 13 de septiembre de 1886, aunque dimitió por enfermedad el 26 de octubre.[51] Ya en 1899, es elegido nuevamente concejal el 26 de noviembre, para pasar a ser alcalde desde el 1 de enero del año siguiente,[52] cargo que ejercerá hasta el 3 de septiembre, fecha en que dimite por su estado de salud y tener que ausentarse para tomar aguas medicinales.[53] En 1902 vuelve a ser elegido concejal,[54] situación que se repetirá al año siguiente.[55] Con todo, el reconocimiento público le llega en 1904, al ser nombrado hijo adoptivo como premio por las gestiones que realizó en beneficio de Alcalá: 

“El Concejal Sor. Don Antonio Alba dijo: Que tenia noticias particulares pero fidedignas de que el reparto de contingente estaba formado con arreglo a las bases del año anterior; y que debido a las gestiones del diputado Provincial Don Juan Mª de Castro y Moreno se había obtenido la baja que resulta pues la Comisión ha tenido en cuenta por esa causa el nuevo señalamiento del tipo de consumos por lo cual pedía para dicho Sor. Un voto de gracias. El Ayuntamiento vista la proposición del Sor. Alba y apreciando en lo que vale los servicios prestados por don Juan Mª de Castro en los diferentes cargos que ha desempeñado acordó por unanimidad: Concederle el voto de gracias, y nombrarle hijo adoptivo y predilecto de esta Ciudad.”[56]

       Tres años más tarde, el 10 de agosto de 1907 se acuerda rotular la Calle de la Amiga con su nombre. [57]




LAS BROZAS 

        La calle Las Brozas puede preciarse de tener uno de los nombres más antiguos de las calles alcalaínas, pues hace casi cuatro siglos ya existía, aunque con una ligera modificación ya que originalmente se denominaba calle de Juan de las Brozas, tal como se menciona en 1638: 

“En este cavildo Juan baysan vesino desta villa dijo que arrimado a las casas de su morada que son en la calle de Juan de las brosas…” [58]


Subrayado: "calle de Juan de las brosas"

      Juan de las Brozas era un vecino de Alcalá a mediados del siglo XVI.[59]

      Este nombre será modificado en las primeras décadas del siglo XIX en fecha que no hemos podido precisar por el de Cruz Verde con el cual figura ya en 1839,[60] nombre cuyo origen tampoco hemos podido averiguar. Conservará este nombre varias décadas hasta que el 8 de noviembre de 1877 la Corporación municipal acuerda sustituirlo por el de Garrido Estrada, en honor al diputado que consiguió importantes beneficios para Alcalá: 

“El Ayuntamiento fiel interprete de los generales ecos y sentimientos de este vecindario acordó por unanimidad se varíe el nombre de la Calle de Cruz Verde por el de Garrido Estrada apellidos de nuestro digno diputado a Cortes en justo y merecido agradecimiento por conseguido con su actividad e influencia la subasta de la Carretera que ha de reunir esta Ciudad con la de la cabeza de partido y capital de Provincia; y que por el Sor presidente se le dirija a dicho Excmo. Señor certificado de este particular con atenta comunicación.” [61]

      Eduardo Garrido Estrada, que ya había sido nombrado Hijo adoptivo de Alcalá por estos motivos el mes anterior,[62] envió una carta manuscrita en a finales de diciembre agradeciendo ambos reconocimientos: 

“He tenido la honra de recibir la certificación del acuerdo tomado por el ilustre Ayuntamiento de su Presidencia, por el que se ha servido esa digna Corporacion darme una nueva muestra de su inmenso aprecio, poniendo mi apellido a una de las calles de esa Ciudad. Ya estaba vivamente reconocido a la prueba de consideración y aprecio que ese ilustre Ayuntamiento se había dignado darme al declararme hijo adoptivo de esa Ciudad, siendo ahora doblemente grande mi gratitud con este nuevo acto de su bondad y de su aprecio.”[63]


Carta manuscrita de Garrido Estrada agradeciendo la rotulación de una calle con su nombre

       Tendrá que pasar medio siglo para esta calle sufra una nueva variación de nombre, dentro de los cambios que se producen tras la llegada de la Segunda República. Con posterioridad al 26 de junio de 1931 se acuerda que lleve el nombre de Mariana Pineda, un nombre que conservará apenas 5 años, ya que apenas hacerse cargo del ayuntamiento el bando nacional, el 17 de octubre de 1936 se acordó que: “la de Mariana Pineda se denomine de <<José Antonio Primo de Rivera>>…”[64]

     Esta denominación durará poco puesto que el 17 de junio de 1937 se aprobó un nuevo cambio: 

“…que el actual Paseo de la República se llame en lo sucesivo de José Antonio Primo de Rivera y la actual calle que lleva este nombre se titule en lo sucesivo del Capitán Cortés.”[65]

       Ya avanzada la democracia, se volvió a rotular esta calle con su nombre original. 



NOTAS

[47] AMAG. Legajo 635. Repartimiento de paja y utensilios. 

[48] Ib. Folio 147 vto. Y 148. Sesión del 29 de enero de 1900. 

[49] Ib. folio 155. Sesión del 17 de febrero de 1900 

[50] AMAG. Libro de actas de sesiones del Ayto. Pleno. Libro 14 folio 65 vto. Y 66. Sesión del 11 de enero de 1908. 

[51] AMAG. Libro de actas de sesiones del Ayto. Pleno. Libro 1 folio 76 vto. Sesión del 28 de octubre de 1886 

[52] Ib. Libro 7 folio 136. 

[43] Ib. Libro 8 folio 47. 

[54] Ib. Libro 9 folio 78 vto. Sesión del 1 de enero. 

[55] Ib. Libro 10 folio 92 vto. Sesión del 10 de enero de 1903 

[56] AMAG. Libro de actas de sesiones del Ayto. Pleno. 1902-1904 Libro 11 folio 13 vto. Y 14 Sesión del 30 de enero. 

[57] Ib. Libro 14 folio 19. 

[58] AMAG. Actas cabildo. Legajo 9 folio 132 vto. Cabildo del 14 de abril de 1638. 

[59] Ib. Legajo 1 folio 93. Cabildo del 19 de noviembre de 1543. 

[60] Boletín oficial Provincia Cádiz. Edición del 30 de julio de 1839. 

[61] AMAG. Actas de Cabildo. Legajo 41. Libro 2. Sin foliar. Sesión del 8 de noviembre de 1877 

[62] Ib. Sesión del 4 de octubre de 1877. 

[63] AMAG. Correspondencia y Comunicaciones. Legajo 73. Carta fechada en Madrid el 23 de diciembre de 1877 

[64] AMAG. Libro de actas de sesiones del Ayto. Pleno. Libro 31 folio 76. 

[65] Ib. Libro 32 folio 83 vto.

sábado, 26 de octubre de 2019

Alcalaínos en la Guerra civil (I)




Ismael Almagro Montes de Oca 

       Seguramente habrá muy pocas familias alcalaínas en las que no se hayan oído contar historias de algún familiar que participó en la guerra civil. La mayoría de estas historias no están escritas en ningún papel y siguen vivas gracias a la tradición oral. 

      En su día, dimos a conocer una crónica publicada por ABC en 1937 en la que un soldado paisano nuestro relataba la situación en que había quedado Alcalá, donde prácticamente no quedaban varóes menores de 45 años, por encontrarse la mayoría en el frente o haber sido fusilados. (http://historiadealcaladelosgazules.blogspot.com/2013/01/la-guerra-civil-en-alcala-breve-cronica.htmlhttp://historiadealcaladelosgazules.blogspot.com/2013/01/la-guerra-civil-en-alcala-breve-cronica.html

       Pero, ¿qué hay de cierto en todo esto? ¿fueron tantos alcalaínos, como se dice, a la guerra o se trataba simplemente de un ejercicio de manipulación periodística? 

      Tras el golpe de estado militar, nada más ser nombrado Franco como jefe de la España sublevada, creó la Junta Técnica del Estado, una especie de gobierno, organismo que el 14 de octubre de 1937 crea el Servicio de Reincorporación de los Combatientes, con el objetivo de facilitar la vuelta de los soldados a sus antiguos puestos de trabajo. 

       Este organismo desarrollará su cometido hasta que, tras finalizar la guerra, por un decreto de 25 de agosto de 1939, pasa a denominarse Servicio Nacional de Colocación de Excombatientes y Excautivos. El nuevo ente pondrá en marcha por una Orden de 27 de noviembre[1] la elaboración de un censo de combatientes que lucharon a las órdenes del caudillo, tarea que deben acometer los alcaldes en un plazo de dos meses a partir del 15 de diciembre de dicho año. 

      Por suerte, en el Archivo Municipal se conserva una copia del censo que elaboró el Alcalde Isidro Castro, que lo dio por concluido el 25 de marzo de 1940[2] y que entregó al día siguiente, como mandaba la Orden de 27 de noviembre, al Jefe local de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS) al no existir en nuestro municipio Delegación local de excombatientes. 

      El censo recoge la participación en la guerra civil de 550 alcalaínos o residentes en Alcalá, lo que supone casi un 6 % de la población, que en 1930 sobrepasaba los 9500 habitantes, aunque el porcentaje aumenta si solo tenemos en cuenta la población masculina, que sobrepasaba ligeramente los 5000 habitantes, ascendiendo hasta un 11 %, pero es que además, esta cifra aumentaría si descontamos  niños y varones que no tenían edad para participar en el conflicto bélico, por lo que creemos que perfectamente podríamos estar hablando de cifras superiores al 20 %, o lo que es lo mismo, al menos 20 de cada cien alcalaínos participaron en la guerra. A esta cifra habría que sumarle los que tomaron parte por el bando republicano, de los que no tenemos datos, pues en el censo solo se apuntaron los que combatieron del lado franquista. 

      Ahora bien, tan solo 84 de los 550 inscritos, presentaron documentación acreditando su participación (15,25%), por lo que es posible que entre los 466 restantes que no pudieron certificar su concurso, seguramente figuren algunos que, tirando de picaresca, se apuntara tratando de obtener algún beneficio. 

      Este es el censo íntegro, que hemos ordenado por orden alfabético, en lugar del orden de inscripción que figura en el documento original: 













NOTAS

[1] Aparece publicada en las páginas 6696 a 6698 del Boletín Oficial del Estado de 29 de noviembre de 1939. 

[2] Archivo Municipal de Alcalá de los Gazules. Legajo 977. Documentación Mutilados y Huérfanos de la Guerra civil. El censo es entregado al Secretario Vicente Marchante, por ausencia del jefe local.

sábado, 19 de octubre de 2019

Memorias de un alcalaíno prisionero en la Guerra del Rif (III)



"Entre los jarkeños de Monte Arruit 

Veinte mil pesetas fantásticas y la codicia mora
      Tres días llevaba en Arruit. Tres días mortales por los sufrimientos y preocupaciones de orden moral que me proporcionaban el desamparo y tristísima situación de los españoles sitiados por una horda de ferocísimos rifeños y la amarga certidumbre de que los días, lejos de aclarar el porvenir, nos deparaban desventuras y penalidades sin cuento. 

      Un aviso del kaid Ben-Chelal y del sargento Yamani me hizo saber, con el consiguiente sobresalto, que algunos jefes de las kábilas de Ulat-Setut, Quebdana y Beni-Buyahi, informados por mi ordenanza, Mohamed Bali, de que yo llevaba en mi poder 20.000 pesetas, querían entrar y registrarme. 

      Era esta información una pura falsedad; pero el suspicaz y desconfiado espíritu de los moros les hizo entrar en la habitación donde yo me albergaba con mis compañeros españoles, y con grandes alardes de muy dudosa sinceridad se lamentaron de nuestra situación, no decidiéndose a registrarme, detenidos, sin duda, por un resto de respeto, hijo, seguramente, de los muchos favores, que a todos ellos dispensara la Colonizadora, a la que hacía dos años que no pagaban. 

      En el espíritu de estos kabileños miserables y avariciosos reñían cruda batalla el deseo de apoderarse de aquel dinero, cuya cuantía era para ellos fabulosa, y la consideración aún viva de su ánimo que les mereciéramos la Colonizadora y yo. Por esto, aquella misma tarde repitieron su visita, y, aunque la codicia era grande, salieron de la casa sin registrarme. 

       Al día siguiente volvieron a visitarme, ya más resueltos y envalentonados, y entonces, Yaddú-Ben-Aisa, que hoy día se pasea descaradamente por Melilla, le pidió al sargento Yamani que le fuésemos entregados el teniente Dalias y yo. 

       Yamani, en cuyo poder estábamos porque Ben-Chelal se había negado a llevarnos a su casa, en vista de los rumores que corrían de que yo era portador de la mencionada cantidad de veinte mil pesetas; Yamani, digo, se opuso resueltamente a semejante entrega, ayudándole en su generosa negativa el kaid Ben-Chelal, sabedores ambos del propósito de Yaddú-Ben-Aisa, que no era otro sino el de ponernos en manos de sus kabileños para que nos cortasen el pescuezo. 

      Entre unos y otros moros hubo grandes disputas y porfías, y aquel incidente pudo terminar, afortunadamente de un modo favorable para nosotros, que ya nos veíamos víctimas de espantosas torturas. 

Los cinco medios billetes de Banco de un soldado 

       A las pocas horas de tan amarga circunstancia se presentó un moro con cinco medios billetes de 50 pesetas. En la cara odiosa de aquel salvaje se veía la muestra de la duda y la preocupación; pero, al enterarse de que yo estaba allí, quiso salir de su incertidumbre, preguntándome: «¿Esto que estar romper, valer 50 cada uno?» 

      Con un poco de sorna, y eso que el ánimo no estaba para burlas, le contesté que si encontraba las otras cinco mitades, sí valían las 50 pesetas, y con cierta habilidad procuré averiguar la procedencia de aquellos medios billetes de Banco. 

       Rabioso y desilusionado, el moro exclamó: «Esto estar de un soldado granuja, que yo matar, y yo pensar que él comer los otros cinco, para que moro no poder guardar.» 

      ¿No te figuras, lector, a aquel pobre soldadito que, en la rabia del vencimiento, quiso evitar, a mordiscos, que su menguado capitalito cayese en poder del enemigo? 

El bárbaro despojo de los cadáveres 

      El último día de nuestra permanencia en la jarka de Arruit se dedicaron los moros a despojar a los 250 mártires que tan vilmente fueron asesinados a mi vista. Y durante todo el día fue un interminable desfilar de rifeños, que, con salvaje gozo, nos enseñaban relojes, cadenas, cartas de la madre, de la novia, retratos de los seres queridos e infinidad de objetos que, aunque nosotros les decíamos que no tenían valor alguno, ellos, desconfiados y recelosos, se guardaban con afán, temiendo que nosotros les engañásemos para arrebatarles su preciado botín, del que esperaban sacar cuantiosas sumas. Con el infantilismo propio de los pueblos primitivos, aquellos kabileños se adornaban con los relojes-pulseras de los oficiales y con sus cadenas de identidad, se ataviaban con las prendas de uniforme de los que cayeron en la lucha, y el paso de tales energúmenos semejaba en ocasiones una trágica mascarada. 

Un emisario de Abdel-Krim. Salvajes y rebeldes 

      En aquel día, por tantos motivos memorable, se presentó un morabito, enviado por Abd-el-Krim, con una carta del caudillo beniurriaguel, ordenando a la jarka que se respetase la vida de los prisioneros. 


      Esta justísima y elemental advertencia del jefe de la rebelión hizo que en poco más de cuatro horas se celebrasen varias «jontas», con tal griterío y confusión que el emisario de Abd-el-Krim creyó que lo volvían loco, y aun tuvo que marcharse, en vista de que ni su carácter religioso ni el respeto de su representación eran suficientes a convencer semejante asamblea de lobos sedientos de sangre y fusiles. 

       Lo único que logró el santón fue que los cuatro prisioneros, porque prisioneros nos podíamos considerar quienes saliéramos de Zeluán como parlamentarios, marchásemos en su compañía y nos alejásemos de aquellos bárbaros, incapaces de todo freno y respeto. 

En casa del Yamani. Peligro conjurado 

     Así lo Hicimos, pernoctando en casa del Yamani, donde supimos, con el natural espanto y preocupación, que existía el propósito de conducirnos al Mauro. 

      A fuerza de muchos ruegos, después de derrochar tesoros de elocuencia y de poner en nuestras palabras toda la fuerza persuasiva de que éramos capaces, conseguimos quedarnos unos días en casa del Yamani, cosa convenientísima para nuestros planes, que no eran otros sino trabajar el rescate que nos permitiera regresar a Melilla. 

      Después de cenar, y cuando gozosamente comentábamos nuestro triunfo y aun hacíamos toda clase de proyectos para recuperar la ansiada libertad, esa santa libertad cuyo valor no se sabe apreciar sino cuando se ha perdido, nos llamaron de parte del Yamani, siendo conducidos a una lujosa habitación, donde el referido moro tributaba al representante de Abd-el-Krim toda suerte de rendidas cortesías y le obsequiaba con verdadera esplendidez, deseoso de congraciarse la voluntad del poderoso descendiente de los Jatabi. 

En los negocios de Estado, la buena forma es el todo 

      Valiéndose del intérprete Rueda, me dijo el religioso emisario de Abd-el-Krim: «Me he enterado, por el Yamani, de que tienes mucha cantidad de ganado, y, además, el de la Compañía.» 

      Ni un solo instante vacilé en contestar afirmativamente, pues de sobra sabía que el Yamani conocía perfectamente con todo detalle el ganado que, tanto la Compañía Colonizadora como yo, poseíamos en Marruecos. 

      Con la mayor satisfacción escuchó el emisario del jefe de los beniurriaguel mi respuesta, y con idéntica corrección exclamó el delegado rifeño: «¿Tú no tendrás inconveniente en cederle a la jarka todo ese ganado?» 

      Sin asombro, porque ya a todo estaba acostumbrado con los moros, le contesté, con la sonrisa en los labios, mientras «in mente» le dedicaba las más terribles maldiciones, que, muy por el contrario, tenía en ello muchísimo gusto. 

      Y allí mismo, inmediatamente, con las mismas formalidad y calma que si estuviésemos redactando una escritura ante un notario de mi tierra, se procedió a hacer el documento de cesión de aquellos bienes, consignando con el mayor detalle los sitios donde se guardaba el ganado y el número de cabezas que lo componían. 

      Guardóse el moro mi documento y, al día siguiente, por la mañana, regresó el emisario en dirección al Mauro para informar a su amo y señor del resultado de la embajada. 

       Nosotros quedamos en casa del Yamani pensando en todo momento cómo conseguir el rescate. 

      Los cuidados y afanes de los días sucesivos me hicieron olvidar mi famosa escritura; pero después he visto que no debieron hacer uso de ella, y todo me hace pensar que el motivo bien pudiera ser que una bala española le quitase la vida al morabito o que la codicia de los rifeños le arrebatasen, con la existencia, un papel del que no supieron o pudieron hacer uso. 

      De todas maneras, el extraño delegado de Abd-el-Krim demostró con su conducta que hasta entre los moros puede ser un axioma aquello de que «en los negocios de Estado, la buena forma es el todo». [4]



CAMINO DE LA ESCLAVITUD 

Los destrozos de la guerra 

     Instalados en casa del Yamani y gozando de una tranquilidad más aparente que real, aguardábamos con mal contenida impaciencia que llegase el oportuno momento de gestionar el rescate y conseguir, con la ansiada libertad, el retorno a nuestros hogares unos, otros la incorporación a sus puestos, para continuar el cumplimiento de unos deberes de que nos apartara la fatalidad. 

      Durante el día, las muchas emociones nos mantenían en una constante distracción del espíritu; pero las noches, tan faltas de sueño como ricas en zozobras, eran para nosotros tristemente interminables. Alerta la imaginación en aquellas largas vigilias, me parecía ver, como en una dolorosa y obsesionante pesadilla, las hermosas huertas de la Compañía Española de Colonización, creadas bajo mi dirección y a costa de cuantiosos sacrificios de tiempo y de dinero, completamente arrasadas por el ganado que, en una libertad desordenada, destruía con sus cascos todo cuanto centenares de hombres sembraran, pacientes y confiados en el porvenir; vi las plantaciones de eucaliptus y de pinos, con árboles que alcanzaban alturas de siete y más metros, taladas por los moros, que con salvaje alegría se ensañaban con todo lo creado merced al esfuerzo de los españoles; los olivos, que tanto dinero le costaran a la Compañía y que ya representaban una risueña esperanza, yacían por tierra, hechos astillas, quemados, con las raíces al aire; la trilladora, modelo de sabia mecánica agrícola, era un conjunto de hierros retorcidos y maderas carbonizadas; humo y ceniza eran los almiares, y ruinas quemadas las casas edificadas por la Compañía para formar un hermoso poblado. 

      Con tristeza pensaba yo en tanta labor como había hecho estéril el salvajismo de la guerra, en la bárbara psicología de un pueblo que, aparentemente impulsado por una idea de independencia, destruía las más ricas y productivas fuentes de riqueza y de bienestar, y por grandes que en mí fueran los optimismos de mi espíritu de luchador y mis aficiones colonizadoras, la realidad se imponía con sus crueles desengaños y trágicas lecciones. 

La codicia del Yamani. Gestionando el rescate 

       La vida en casa del Yamani se deslizaba tranquila y el trato que nos daban era excelente; pero el Yamani, aunque disimulaba, no tenía el convencimiento de que yo no le engañara respecto a las famosas veinte mil pesetas que, según mi desleal ordenanza, llevaba encima. Y así, en todas las conversaciones sacaba con insistente terquedad el tema de que los moros desconfiaban de él por creer que, al fin, le daría tan importante suma. 

      Tanto y tanto me chocó lo de las pesetas, que un buen día vacié en una alfombra todo lo que llevaba en mis bolsillos, y allí puse a su vista una porción de papelotes, cartas, documentos, una libreta con apuntes y seis u ocho duros en plata. 

      A la vista de mi cartera, al Yamani se le desorbitaron los ojos y de sus pupilas parecían salir chispas, porque la idea obsesionante de que allí estaban los cuatro mil duros le quitaba el sueño y la tranquilidad. 

      Bien pronto se pudo convencer, con el consiguiente desencanto, que allí no había ni sombra de esa importante suma, y el moro, desilusionado, pero ya tranquilo, me devolvió los duros, y yo, mejor dicho, los cuatro, prisioneros, recuperamos la calma. 

      Sin perder tiempo, comenzamos a tratar del rescate con el Yamani, y éste nos dijo que no quería dinero, que nos llevaría a Melilla, sin interés alguno, y así nos estuvo engañando varios días. Confiados en sus promesas y en su aparente adhesión permanecimos varios días, convencidos de que se aproximaba el día de nuestra liberación; pero a medida que pasaba el tiempo, nuestras esperanzas se iban desvaneciendo y el porvenir se hacía para nosotros más difícil y sombrío. 

Capitulación de Monte Arruit. La matanza y el saqueo 

     Cayó, por fin, Monte Arruit, y los moros nos contaron los horrores de la capitulación, las espantosas matanzas de los españoles, a quienes sometían a los más crueles martirios y hacían objeto de las mutilaciones y profanaciones que les sugerían su refinado instinto de venganza, el monstruoso deleite de ver sufrir a los vencidos. 


      Supimos también que, tras de asesinar a nuestros hermanos, comenzó entre ellos una lucha a tiros y golpes de gumía por el botín. 

      Ante nosotros cruzaron a caballo, haciendo fantasías, o, a pie, lanzando roncos gritos de júbilo, a los jarqueños, ebrios de sangre, con las armas de los vencidos, luciendo sus harapos, arrastrando el fruto de sus rapiñas. Una alhaja, una moneda, la prenda de uniforme más humilde, un arrugado papel, provocaban discusiones, que frecuentemente acababan a tiros, y en muchos casos, un certero golpe de gumía, un balazo traicioneramente disparado, daban en tierra con un rifeño, a quien inmediatamente arrebataban lo que horas antes arrancara, de un cadáver español. 


      No hay pluma capaz de describir el paso de la jarka vencedora; no hay paleta con colores bastante sombríos que pueda pintar los horrores de las escenas por nosotros presenciadas, y aún no me doy cuenta exacta de cómo pudimos escapar de la muerte en momentos como aquéllos, en que cual manada de lobos ferocísimos, los sanguinarios rifeños cruzaban por donde nosotros estábamos, presas del terror, esperando con triste resignación el martirio. 


El espanto de la noche. La eterna esperanza 

      Al llegar la noche, apretados unos contra otros, sin atrevernos ni a hablar, pudimos ver allá, en lo alto, el volar siniestro de los cuervos, los terribles pajarracos de la muerte, que se lanzaban rectos como flechas a los millares de cadáveres de españoles que allí yacían en retorcimientos increíbles, con los puños crispados, igual que víctimas inmoladas al dios bárbaro de la guerra. Ya bien entrada la noche, los aullidos de las hienas y de los chacales nos hacían estremecer pensando en el espantoso festín que con los pobres muertos y heridos de Monte Arruit se estaban dando aquellas fieras, con cuyos feroces instintos competían los rifeños de Abd-el-Krim. 



      Al nacer el siguiente día nos dio nuevos detalles de lo ocurrido el Yamani, y por él supimos quiénes eran los supervivientes. 

      El deseo de felicitarles me hizo escribirles, rogándoles, al propio tiempo, que cuando escribieran a Melilla no se olvidaran de nosotros. 

      Y otra vez renació en nuestro espíritu la esperanza, esa dulce y alentadora esperanza que nos da ánimos en los momentos difíciles y nos hace llevaderos los trances más pesados y amargos. 

      La vida sé deslizó tranquila y mansamente hasta la pascua del borrego, en que fuimos obsequiadísimos, recibiendo constantes visitas de los moros de los alrededores, que nos decían invariablemente: 

—Mañana marchar a Melilla; prisioneros moros venir de Melilla hasta el Atalayón, y general, oficiales y soldados marchar a Nadar y allí hacer el canje. 

      ¿Puede alguien, que no haya perdido la libertad, imaginarse lo que esto es, lo que esto significa para unos hombres que, como nosotros, habíamos visto tan de cerca la muerte, con todos sus crueles refinamientos? 

      Por esto, porque la vida es la ilusión constante de un mañana venturoso, creíamos que tales afirmaciones eran ciertas, y como, al fin y al cabo, estábamos en el principio de una campaña, pensábamos posible el rescate. 

      Pero la reflexión nos dijo que esto no era verosímil, dada la anarquía que dominaba en el campo rebelde, donde no existía una cabeza que dirigiera a tales bandidos e hiciese factible un canje de prisioneros. 



La primera carta a la familia. El teniente Dalias enfermo 

      El día 15 de Agosto nos sorprendió el Yamani con la noticia de que podíamos escribir a la familia diciendo que estábamos bien; pero que escribiéramos en un papel muy pequeño. 

      Con el mayor gusto aceptamos el ofrecimiento del Yamani, y en un trozo de papel de reducidas dimensiones nos comunicamos, o procuramos al menos comunicarnos, con los seres queridos. Y el papelito, donde en unas cuantas líneas pusimos tantos anhelos y entusiasmos, fue enviado por el Yamani a casa de Ben Chelal, donde estaban el general Navarro y los demás oficiales que escaparon con vida de la horrorosa tragedia de Monte Arruit. 

      Al siguiente día, 16, el pobre teniente Dalias cayó presa de unas fiebres espantosas. Aquello sobrecogió nuestro ánimo, que ya estaba bastante deprimido, y para nosotros era una pena insufrible ver al querido compañero delirando, consumido por altísima temperatura y sin tener medio alguno de combatir la enfermedad. Compadecido el Yamani, pidió alguna medicina a casa del general, e inmediatamente nos enviaron un poco de aspirina, de la que se apropiaron los moros antes de que llegase a nuestras manos y pudiésemos administrársela al enfermo. 

Una orden del Yamani. Engañosa esperanza 

      En el estado de ánimo consiguiente a tantísimas emociones y contrariedades, llegamos a la noche del día 18, en que recibimos una orden de Yamani, que no admitía objeción y que había que cumplir ciegamente. 

      El Yamani nos enviaba su mandato desde Nador, donde, según las noticias recibidas, había un fuego enorme. Se nos decía que el motivo de nuestro viaje no era otro que el de efectuar el canje, cosa que ninguno de nosotros creyó, aunque la entrada en nuestra habitación de los parientes y de la madre del Yamani, y sus protestas de que eran ciertas las afirmaciones del sargento en cuya casa nos hospedáramos, acabó por hacemos dudar, pensando en la posibilidad del hecho. 

      En las primeras horas de la mañana del 19, y obedientes al mandato del Yamani, salimos de Monte Arruit camino de Nador. 

     Nos dieron para hacer el viaje dos mulos. Iban en uno los tenientes Dalias y Civantos, el otro lo montábamos Rueda y yo. 

     Aun cuando ya la suerte nos había preparado a toda eventualidad, y ya el peligro nos era familiar, temíamos, no lo que nos pudiera ocurrir en el camino, donde ya pronto vimos que nadie se metía con nosotros, sino lo que nos esperaba en Nador, lugar de concentración de una numerosa jarka. 

Posiciones en agosto de 1921

La llegada a Nador. Entre la jarka rebelde 

      A las siete de la mañana, los cuatro españoles y los moros que nos guardaban llegamos a Nador, y al pasar por la estación del ferrocarril vimos todo el material brutalmente destrozado, así como las casas quemadas y en ruinas. 

      Presentaba aquella población, que a dieciséis kilómetros escasos de Melilla está situada, un aspecto desolador; era la guerra con todo su cortejo de barbarie y de crueldad; era un retroceso brutal; era la negación de todo progreso y cultura. No se veía más que cadáveres y ruinas y hombres que aullaban como fieras, ensangrentados y salvajes. No se oía más que los estampidos de las detonaciones, la feroz algarabía de una jarka enfurecida. 

     Al vernos se armó un griterío ensordecedor; miles de rebeldes que gesticulaban con rabia, que nos amenazaban con los puños y las armas en alto y que nos increpaban con los más injuriosos insultos y las más espantosas maldiciones. 

      La misma gravedad de las circunstancias creo que nos sirvió para que no desmayara el ánimo, bien convencidos de que igualmente empeoraba la situación el temor como la arrogancia. No había otro recurso que dejarse llevar, confiando en el azar, pidiendo a nuestra estrella que no se le ocurriera a algunos de aquellos forajidos asestarnos un golpe o disparamos un tiro, que sería el inevitable prólogo de un «lynchamiento». 

El prólogo del cautiverio 

      Yo miraba a mi alrededor y no veía una sola cara amiga; todos los rostros nos eran hostiles, en todos los ojos se leía el odio; pero, al fin, apareció un moro, que, compasivo, me dio un pañuelo con higos, y nuestro calvario continuó entre alaridos y tiros al aire, hasta llegar a la cárcel donde nos recibió el kaid Sidi Yeba, hermano del célebre Mizzian, y en un calabozo entramos los tenientes Dalias y Civantos, el intérprete Rueda y yo. 

FERNANDO JIMENEZ PAJARERO"[5]


NOTAS

[4] Edición del 15 de febrero de 1923 del periódico  La Libertad. Año V nº 1001 pag 1.

[5] Ib. Edición del 16 de febrero.  Año V nº 1002 pag 2 .

Las fotografías no se corresponden con el artículo publicado en dicho periódico. Proceden de:

- Revista Mundo Gráfico.
-ABC
- http://altorres.synology.me/guerras/1921_annual/02_10_arruit.htm

sábado, 12 de octubre de 2019

La jornada laboral en el Alcalá de 1924





Ismael Almagro Montes de Oca 

      En 1903 se creaba el Instituto de Reformas Sociales, órgano que nacía con el objetivo de legislar en las relaciones laborales entre patronos y obreros, mejorar las condiciones de estos últimos e intervenir como mediador en caso de conflictos. Dependiendo de este Instituto, en cada población se creó una Junta Local de Reformas Sociales, tal como sucedió en nuestra localidad, aunque esta Junta local apenas tuvo actividad a lo largo de las dos primeras décadas del siglo XX en que se mantuvo activa, a tenor de lo exiguas que son las actas de dicho organismo y de que prácticamente su actividad se reducía a la renovación de los miembros que formaban dicha Junta. 

     Sin embargo, existe una excepción bastante interesante en 1924, ya que en el uno de marzo se reunió la Junta Local, que estaba integrada por el párroco, Antonio Troitiño y Rey, los señores Manuel Armenta Guillen, Joaquín Arias Granara, Miguel López Jara, José Correro Toro, José Vallejo Almagro, Juan Salcedo Marín y José Cuesta Visglerio, actuando de secretario Antonio Galán Fernández, para determinar la jornada laboral que debían observar los distintos establecimientos. 

      Con este fin, a dicha reunión fueron citados representantes de todos los gremios para conocer de primera mano sus intereses: 

“El Sr. Presidente declara queda abierta la sesión y ante la Junta van desfilando los distintos gremios o agrupaciones de industriales, patronos y obreros o dependientes que han tenido a bien concurrir formulando sus peticiones verbalmente en cuanto hace referencia a los tres puntos objeto de la sesión o sea régimen de tabernas y expendedurías de bebidas alcohólicas, descanso dominical y jornada mercantil o del Trabajo: después de oídas las peticiones de todos ellos siendo las trece horas se acordó suspender el acto y reanudarlo a las 15 horas…”[1]

       Efectivamente, la sesión se reanudó a esa hora, acordándose una jornada laboral en la que destaca el cierre de las tabernas a medio día, la prohibición de vender bebidas alcohólicas para las tiendas en las horas en que están cerradas las tabernas, los horarios de la jornada de los domingos, días en los cuales no se podía impedir a los trabajadores acudir a oír misa y la libertad de horarios durante las ferias: 

Tabernas y expendedurías de Bebidas Alcohólicas 

Las Tabernas se abrirán en invierno de 6 a 12 y de 16 a 22 y en resto del año de 5 a 11 y de 17 a 23. 

Los cafés, restaurant, casas de comidas, cervecerías, confiterías y demás establecimientos no sujetos a horas de apertura y cierre, que expendan al mismo tiempo bebidas alcohólicas, no podrán despachar estas en las horas de cierre de las tabernas y constantemente tendrán expuesto al público un cartel indicador de las horas de tal prohibición. 

Descanso Dominical 

Los domingos permanecerán cerrados todos los establecimientos con las excepciones siguientes: 

A. Las barberías que cerrarán a las 12 

B. Los establecimientos de ventas al por menor de artículos de comer y arder y despachos de harinas que igualmente cerrarán a las 12. 

D. También cesará a las 12 el reparto de cervezas y de cualquiera otro artículo de comercio a establecimientos y domicilios particulares. 

E. No cerrarán los Domingos las fondas, cafés, restaurants, casas de comidas, confiterías, estancos, cervecerías, billares, farmacias, electricidad, veterinaria, despacho de pan, leche, refresco y pescados. 

En cuanto a los establecimientos de comestibles se designará un turno de apertura para todo el Domingo por Distrito. 

Estas excepciones no impiden que el personal sujeto a ellas disponga libremente del tiempo para el cumplimiento de sus deberes religiosos. 


Jornada mercantil o del Trabajo 

No se trabajará mas de ocho horas sin haber pacto entre patronos y dependientes u obreros y en caso de existir ese pacto que se remunere con arreglo a ley las horas extraordinarias. Los establecimientos o industrias que exijan presencia continua de dependientes u obreros, establecerán los turnos correspondientes a fin de que se cumpla lo dispuesto en la Ley. 

Atendiendo a las peticiones formuladas por los diferentes gremios o industrias de la localidad, teniendo en cuenta las disposiciones de la legislación compatibles con dichas peticiones, la Junta acordó las siguientes horas de apertura y cierre: 

Sombrererías: De las 8 a las 22 en invierno y de 7 a las 23 en el resto del año. 

Tejidos, mercerías y Paqueterías: De las 9 a las 20 en invierno y de las 9 a las 21 en el resto del año. 

Herrerías: De las 8 a las 18 en invierno y de las 7 a las 19 en el resto del año. 

Veterinarios: de las 7 a las 17 en invierno y de las 6 a las 18 en el resto del año. 

Harineros: De las 8 a las 20 en invierno y de las 7 a las 21 en el resto del año. 

Comestibles, Abacería y Ultramarinos: De las 7 a las 23 en invierno y de las 6 a las 24 en el resto del año. 

Barberías: De las 8 a las 12 durante todo el año y de las 15 a las 21,30 en el invierno y de las 16 a las 22 en el resto del año. 

Zapaterías y Explosivos: De las 8 a las 22 en todo el tiempo.” 

Todos los establecimientos se cerrarán durante las dos horas de comida que serán de las 13 a las 15; exceptuándose de este cierre las Herrerías, Tejidos y Veterinarios; En los días de carnaval y en los de ferias de mayo y septiembre no estarán sujetos los establecimientos a estas horas de apertura y cierre.” 

       Sin embargo, estos horarios no gustaron en el gremio de cafés y tabernas, presentando el día 22 del mismo mes[2] un escrito solicitando unos horarios más flexibles ya que entendían que “les perjudica la prohibición de expender bebidas alcohólicas en los días festivos y con limitación de hora en los laborables alegando como fundamento que en Cádiz y otras poblaciones de la provincia no existe tal prohibición y suplican se acuerde se les autorice que tanto en los días festivos como en los laborables y en las horas de apertura se pueda expender sin limitación alguna bebidas alcohólicas.”[3]

      La Junta acordó acceder a las pretensiones de los taberneros, si la Junta Provincial así lo ratificaba. 

     Pero aún surgirían nuevos problemas para la aplicación de estos horarios, ya que se recibieron sendos escritos del Inspector Regional del Trabajo y del Presidente de la Junta Provincial de Reformas Sociales, advirtiendo que debía respetarse el artículo 1º de la Ley de 4 de Julio de 1918, por el que se establecía un descanso continuo de 12 horas “en los días del lunes al sábado de cada semana”[4] lo que obligó a modificar la jornada laboral, quedando establecida de la siguiente manera: 

Jornada Mercantil 

…las horas de apertura sea en invierno a las 8 y en el resto del año a las 7 y las de cierre a las 20 y a las 19 respectivamente. Los recadistas y repartidores comenzarán una hora más tarde de la apertura y terminarán una hora mas tarde de la del cierre. Nada se acuerda referente a la limpieza puesto que en los establecimientos mercantiles de ésta no existe personal especializado para ella. 

Las excepciones del articulo 3º de la Ley citada de 4 de julio de 1918 una vez que los ramos de comercio respectivos o comerciantes particulares acuerde la distribución de la jornada con la dependencia y remitan copia de lo acordado se proveerá. 

Se acuerda el cierra para comida de 1 a 3. 

Jornada de ocho horas 

Se acuerda que la jornada del trabajo sea de 8 horas o 48 horas semanales sin perjuicio de los pactos especiales entre patronos y obreros que para su cumplimiento se someterá a la sanción de la Inspección del Trabajo___ 

Descanso dominical 

Se acuerda igualmente el exacto cumplimiento de la Ley de 3 de Marzo de 1904 sobre descanso dominical y con las excepciones que la misma determina hasta las doce del domingo.” 

      Fianlmente, la Junta acordó que se hicieran las gestiones necesarias para obtener un Real Decreto declarando Mercados Tradicionales las fiestas de Mayo y Septiembre. 


NOTAS

[1] Archivo Municipal de Alcalá de los Gazules. Libro de actas de la Junta local de Reformas Sociales (1910-1929) - Libro 75 

[2] Este escrito se vio en la sesión del día 25 de marzo, pero al entender la Junta Local de Reformas Sociales que sus pretensiones no quedaban claras, se acordó que el vocal D. José Vallejo se reuniera con los representantes del gremio para aclarar posturas. 

[3] Ib. Sesión del 27 de marzo de 1924. 

[4] Ib. Sesión del 2 de junio.