sábado, 16 de noviembre de 2019

Memorias de un alcalaíno prisionero en la Guerra del Rif (IV)



"Cuatro días en la cárcel de Nador 

El castigo de Dios 

      Visitáronnos en nuestro calabozo moros tan significados como Sidi-Teba y el kaid La-Trús, y éste último nos dijo con gran solemnidad y un aíre severo que la catástrofe de que eran víctimas los españoles, podía considerarse obra de Dios, y de los hombres, porque ya hacía bastante tiempo que en un morabo suyo habla producido gran expectación el anuncio de que en breve plazo las aguas del rio Kert arrastrarían mucha sangre. 

     Un sentimiento de dignidad nos hizo protestar contra tales palabras, y a ellas respondimos protestando enérgicamente, y le dijimos que era imposible que Dios castigase a los que les habían hecho tanto bien. Echamos, asimismo, en cara a nuestros visitantes las matanzas horribles que se efectuaran y los formidables incendios registrados, sin que ellos hicieran nada por evitar las unas y los otros. 

Colonización a la española 

     A estos reproches contestó el moro La-Trús con las siguientes palabras: «Ustedes forman un poblado, y, en lugar de poner primero la escuela, habéis puesto las tabernas y casas de trato, y, además, mandáis a la Policía tenientes que estar niños, y eso no ser bien.» 

     Sin comentarios expongo muchos hechos y muchas cosas oídas por mí, y sí de ellas no hago crítica es precisamente porque la fuerza abrumadora de la lógica, la sabía enseñanza de la experiencia tienen bastante elocuencia para que yo insista sobre la realidad. 

El trato de los moros 

      Nuestro carcelero llamó a un moro armado y se sentó a la puerta, bien provisto de un sable, aunque advirtiendo al guardián que se nos sirviera inmediatamente cuanto té y café pidiéramos. Tuvo también la gentileza de enviarnos «tres somieres» pero como no les acompañaban colchones ni mantas, y nuestros trajes eran, por motivo de la estación, ligerísimos, el descanso era más bien mortificación, porque los muelles del «sommier» se nos quedaban como dibujados en el cuerpo. 

      Para comer nos trajeron un gran plato de carne de borrego, manjar que nunca fue de mi predilección, y que, por no agradarme, me quedé sin comer, limitándome, para engañar el hambre, con mojar pan en la salsa. 

Lo que ocurrió con los Regulares 

     Por la tarde fue a saludarnos el sargento de Regulares Fasi, y gracias a él pudimos enterarnos de muchos e importantes extremos, contándonos, entre otras muchas cosas, cómo a los Regulares se les había hecho entregar el armamento, formándolas, desarmándoles y diciéndoles que volviesen por la mañana, al propio tiempo que la oficialidad marchaba a Melilla. Añadió el sargento que los Regulares, al quitarles las armas, preguntaban, asombrados: «¿Qué pasar? ¿No tener confianza en nosotros?» Los oficiales contestaban: «Sí, sí; pero volver mañana», y, mientras tanto, prendían fuego al depósito de municiones y preparaban su marcha a la plaza. 

     Además de éstas, en aquella tarde menudearon las visitas. Aquello era un hervidero de moros conocidos, que nos traían frutas, o tabaco, o ropas, siendo muchos los que nos invitaban a tomar el té; pero ninguno, ninguno, por desgracia, podía sacarnos de allí, salvarnos de tan cruel trance. 

Un bando de Abd-el-Krim 

     Comentando nuestra situación, pensando en la manera de salir de ella estábamos, cuando llegó a nuestros oídos un bando de Abd-el-Krim, del famoso caudillo beniurriaguel que, tras la victoria, adoptaba procedimientos y actitudes de general en jefe. 

     Decía en su bando Abd-el-Krim que los moros que quemasen casas, rompiesen puertas, levantasen vías o estropeasen carreteras, serían inexorablemente fusilados; pero cuando este mandato, tan justo y conforme a las modernas leyes de la guerra, se leía en el zoco de Nador, ya no quedaba piedra sobre piedra, las casas estaban incendiadas y derruidas, puertas y ventanas habían sido hechas astillas, la vía férrea ofrecía el triste espectáculo de los ríeles levantados y los puentes destruidos, las carreteras de trecho en trecho presentaban cortaduras que dificultaban el tránsito u obstáculos que lo imposibilitaban. 


Fusilamiento de dos moros 

      Añadía el bando que dos moros que se peleasen serian pasados por las armas, y en este punto si hemos de reconocer que se cumplió la orden del cabecilla de la rebeldía, y dos kabileños que riñeron cayeron al suelo acribillados a balazos, para escarmiento de muchos y ejemplaridad para todos. 

La fantasía kabileña. La revolución imaginada 

      Entre los muchos moros que nos visitaban había unos cuantos tan aficionados a dejar volar la fantasía y dar rienda suelta a la imaginación, que estuvieron a punto de enloquecernos con sus estupendos relatos, en los que daban los más absurdos detalles de una revolución triunfante en España. Y aquellos jarkeños contaban con la mayor seriedad la fuga de los reyes a Inglaterra, los trágicos acaecimientos en las calles de Madrid, que costaran la vida a la mayoría de los ministros que por aquel entonces regían los destinos de España, las sublevaciones del Ejército, haciendo causa común con el pueblo, los motines, el hambre, muchedumbres ametralladas, todos los horrores, en suma, consiguientes a un alzamiento revolucionario. 

      Nosotros decíamos a quienes propalaban tales noticias que todo ello era falso, que España estaba perfectamente organizada y preparada para que un simple contratiempo colonial trastornase su vida; pero los rebeldes insistían en sus manifestaciones; afirmaban que ya lo sabían en todo Marruecos, y, para dar más fuerza a su relato, para convencernos, volvían al día siguiente con otro moro de prestigio, que confirmaba lo anteriormente dicho y aun aumentaba el horror de la situación con nuevas y más tremebundas noticias. 

      Fácilmente se imaginará quien estas Memorias leyere nuestra angustia y ansiedad lejos de la patria, entre enemigos, con sospecha de graves sucesos, con el porvenir preñado de peligros y contrariedades, 

La singular conducta de un morito 

      Varias veces al día, con mayor asiduidad que los otros muchos moros que nos visitaban, venía a vernos un muchacho, trompeta de Regulares, muy conocido del teniente Dalias. Este morito, cuya adhesión a nosotros fue absoluta en los cuatro días que allí estuvimos, nos confesó que los rebeldes le habían obligado a tirar con un cañón que habían emplazado en las Tetas de Nador contra los españoles que guarnecían el Atalayón. 

      Y el muchacho todas las mañanas llegaba en una loca carrera, nos dejaba pan, higos, tabaco y alguna ropa, y en seguida, a todo correr, se lanzaba cuesta arriba para disparar el famoso cañón, que, meses más tarde, según luego supe, habían de reconquistar los bravos Regulares de Ceuta con su valiente teniente coronel Mola. 

Una espera de siete horas 

      Tres días llevábamos en el calabozo de Nador cuando Sidi-Teba nos hizo conducir a la habitación que ocupaban los tenientes Troncoso, Maroto, Vivancos e Ibarrondo, y cuando todos estuvimos reunidos nos dijo que el objeto no era otro que el de que escribiésemos a Melilla. 

      Muy satisfechos, nos sentamos dispuestos a ello, pues el moro salió de la habitación diciendo: «Ahora traeré papel y pluma». Con la impaciencia del caso aguardamos la llegada del recado de escribir; pero, a las siete horas, lo que llegaba era el recado de regresar a nuestro cuarto, en espera de mejor ocasión para corresponder con Melilla. 

     No quiero hablar de mi desesperación, porque, desgraciadamente, es un tema que habría de repetir con harta frecuencia; lo que sí he de consignar es que quien quizá se daba más exacta cuenta de la realidad era yo. 

Ahí me las den todas 

     Los cuatro días que permanecimos en Nador oíamos unos gritos y lamentaciones tan tremendos que a todas horas nos temíamos ver entrar a los bárbaros kabileños y hacer en nosotros una carnicería, no bastando el que nuestro guardián, para infundirnos ánimos, nos dijese: «Estar tranquilos; es que hebreos comer paliza». Por las mañanas, cuando el judío encargado de barrer nuestra habitación entraba, le mirábamos compasivos, por si era él quien recibía aquellas «felpas» que nos sobrecogían de espanto. 

La carta de Civantos. Hacia Aydir 

      El día 25 de Agosto recibimos una carta del coronel Civantos, dirigida a su hijo, y que decía: «Mañana sal de ésa con los que te acompañan y seréis conducidos a Aydir, donde dentro y después de unos días estarán todos en sus hogares.» 

      Esta carta tan terminante, tan categórica, dio lugar a grandes y muy variados comentarios; pero a todos puso punto la presencia kaid La-Trús y su declaración de que había recibido noticias de Abd-el-Krim, y que, en virtud de ellas, era preciso prepararse para salir todos al siguiente día camino de Aydir. 

      Cuando el kaid La-Trús se marchó hubo un momento de hondísima emoción, de solemne silencio. Aquella noche del día 25 nadie durmió de alegría. [6]

Nador durante la reconquista española



CAMINO DE AYDIR 

Los preparativos de marcha 

      Muy de mañana fuimos llamados, ya que despiertos estábamos todos, y cuando salimos a la puerta de la prisión vimos que junto a ella nos aguardaban Kadur Amar, el hermano de Mizzian, algunos otros moros notables y toda la jarka dando gritos y con inequívocas señales de júbilo. 

       Los moros nos dijeron que se habían pasado la noche buscando caballerías para que hiciéramos el viaje cómoda y rápidamente; pero que no encontraron sino dos mulos que destinaban a los dos oficiales, uno de ellos el teniente Dalias, enfermos. Cuando vimos los mulos no sabíamos echarnos a reír o cerrar en llanto, porque los animalitos, más que de mulos, tenían pinta de sardinas. La consideración del mal estado de salud de nuestros dos compañeros nos hizo resignarnos a aceptar los bichos, que más nos sirvieron de molestia y cuidado que de comodidad y descanso. 

Compañía inesperada 

        Un ofrecimiento, inmediatamente recogido, nos consoló de la falta de medios de transporte. Fue la oferta que nos acompañasen en nuestro viaje a Aydir cuatro soldados de los muchas que en Nador había prisioneros, y nosotros, que de buenísima gana hubiésemos aceptado la compañía de todos nuestros desventurados compatriotas, dijimos que sí con la mejor voluntad y alegría. 

       Abrióse una puerta de la iglesia, que estaba próxima a nuestro encierro, y salieron, locos de contento, saltando de gozo, cuatro soldados, a los que saludamos con el cariño y efusión propios de gente de la misma raza a quienes hermana el dolor y la desgracia. 

        A cada uno de nosotras nos dieron un pan, y nos despedimos de aquella gentuza, entre la cual pasáramos las largas, las inacabables horas de cuatro días angustiosos. 

       Los moros, por su parte, nos despidieron con las eternas y engorrosas fórmulas de la cortesía musulmana, mientras que los jarkeños atronaban el espacio con sus alaridos y tiros al aire. 

       Era el motivo de nuestro contento pensar que íbamos hacia la libertad. Regocijaba a los rebeldes la idea de que enviaban a Abd-el-Krim una nueva expedición de prisioneros. 

Duelo de artillería 

       Apenas echamos a andar, en marcha a Aydir, presenciamos, y el espectáculo duró una larga parte de nuestra excursión, el duelo de artillería entablado entre la pieza emplazada en las Tetas de Nador por los moros y las baterías que los españoles montaran en el Atalayón y con las cuales batían a los rebeldes. 

       ¡A cuántas amargas consideraciones dio lugar aquella pugna a cañonazos! Pensamos en seguida en la extraña y paradójica conducta del trompetilla de Regulares, que apenas dejaba en nuestro poder alimentos y ropa marchaba presuroso a disparar balas de cañón contra los soldados de España. Pensamos en el abandono en que Nador y Zeluán y Monte Arruit y tantas otras posiciones estaban, hallándose a tan escasa distancia del Atalayón, de Mar Chica y de Melilla. Pensamos en la indiferencia con que España, es decir, España, no; los de arriba, los que mandan, veían morir a millares de soldados sin prestarles socorro, sin salir, en un torrente de valor y de dignidad, a auxiliarles. 

Los cañones del Atalayón nos bombardean 

       Con tan dolorosas cavilaciones marchábamos por la carretera los tenientes Dalias, Troncoso, Vivancos, Ibarrondo, Civantos, el alférez de Caballería Maroto, el intérprete Rueda y yo. Formando grupo nos acompañaban los cuatro soldados. Ojo avizor y muy prevenidos nos daban escolta y custodia tres kabileños armados hasta los dientes. 

        Al llegar a la altura del cementerio rompió el fuego contra nosotros la batería del Atalayón, haciendo primero cuatro disparos largos, después recibimos otra descarga, a nuestra retaguardia, explotando los proyectiles y haciéndonos correr, obligados por nuestros guardianes. Seguidamente cayó otra descarga tan cerca de nosotros, que si estallan los proyectiles quedan destrozados los oficiales heridos y algunos más que con ellos íbamos. 

        Fueron aquellos momentos de verdadera prueba para nosotros, que nos veíamos perseguidos a balazos por nuestros mismos compatriotas y temiendo muy justificadamente que la muerte nos viniera de ellos y no de nuestros enemigos. Nunca como entonces deseábamos que tuviesen mala puntería los artilleros españoles, ni jamás celebramos con mayor alegría la mala calidad de los explosivos que cuando los proyectiles caían a larga distancia de nosotros o se hundían en tierra sin estallar. 

Descanso en Segangan. El porqué del bombardeo 

        Cuando llegamos a la estación de Segangan nos dieron un descanso y media cebolla para recuperar fuerzas. 

       Aprovechando el descanso, y con motivo de los comentarios a que diera lugar bombardeo de que estuvimos a punto de ser víctimas, nos contaron los soldados por qué nos tiraban tantos y tan furiosos cañonazos las baterías del Atalayón. 

       Era la razón que los moros tenían entre los prisioneros que guardaban en la iglesia de Nador ocho o diez soldados de Artillería, a quienes los rebeldes obligaban disparar el cañón de las Tetas de Nador contra el Atalayón y Sidí Hamet, hecho que, al ser conocido por los españoles, les indignó de tal suerte, que resolvieron cañonear con la mayor violencia a quien estimaban traidores a la patria. 

       Tanto era el fuego y de tal suerte se afinaba la puntería, que al ver los moros las frecuentes bajas que sufrían, acordaron vestir con chilabas a los artilleros para ver si de este modo cesaba o se aplacaba algo el encono de las posiciones españolas. 



La crueldad mora. Enfermos y heridos fusilados 

        También nos contaron los soldados que eran unos cien los que estaban prisioneros en Nador, y que entre ellos, y desde hacía bastante tiempo, había muchos heridos y enfermos. Lleno de horror escuché de labios de los pobres soldados cómo los salvajes kabileños, viendo tanto desgraciado cómo sufría, exclamaron: 

-¡A ver! ¡Estos marchar para enfermería! 

       Y esta orden, que algunos sin ventura creyeron verdadera e inspirada en la piedad, se cumplió conduciéndolas a la playa y fusilándolos allí, sin compasión, martirizándolos cruelmente, demostrando con su barbarie los sanguinarios instintos que les caracterizan y su invencible afán de rapiña. 

Las matanzas de Segangan. De tal palo, tal astilla 

       Con el ánimo deprimido, pero siempre alentando alguna esperanza, seguimos a Segangan, que está muy lejos de la estación, y lo encontramos desierto, pero con el suelo lleno de cadáveres, que ponían espanto en el ánimo mejor templado. 

        A la salida del pueblo hallamos un grupo de moros con chilabas blancas, en las que unas banderitas españolas bordadas pregonaban bien a las claras que eran niños a quienes daba España educación en las escuelas indígenas; y aquellos chicuelos, en cuyo corazón ya anidaba el odio, nos llenaron de improperios y nos apedrearon rabiosamente, con el instinto de chacal que de sus padres les viniera, olvidando ingratamente los favores recibidos. Fue precisa la intervención enérgica de nuestros guardianes para que la manada de lobeznos huyera sin causarnos mayor daño que el que recibiéramos en el alma con su infame conducta. ¡De tal palo, tal astilla! 

La marcha hacia el Kert 

       Lentamente, abrasados por un sol que calcinaba las piedras, agotados por el cansancio, sudando a mares porque no corría el aire, proseguimos nuestro camino hacia el Kert. ¡Qué marcha la de aquella pobre caravana de hombres, agobiados de dolorosos recuerdos, enfermos algunos, tristes todos, aunque los más procurásemos disimular para no restarles ánimos a los otros! 

       En nuestra peregrinación, mejor podría decir en nuestro calvario, nos detuvimos para ver pasar a una española prisionera y herida, que llevaban dos moras a Nador y a la que al día siguiente enviaron a Melilla.

      Este encuentro causó la natural emoción y el hecho produjo los comentarios naturales, siendo para muchos un feliz augurio que reavivó la fe en el porvenir. 

        Frente a Ras Medua encontramos un agua riquísima, y allí nos permitieron los moros que nos conducían gozar las delicias de un breve descanso y darnos un hartazgo de agua. Golosamente, con fruición, igual que quien saborea un manjar delicadísimo, bebimos aquella agua, que al refrescar nuestras gargantas, al correr por nuestro rostro y bañar nuestras manos, parecía darnos nueva vida, alientos para seguir sufriendo, ánimos para continuar luchando con el Destino. 

Unos moros aprovechados quieren comprar a Civantos 

       Cuando a los moros les convino se reanudó la caminata, y, a poco de ello, topamos con dos kabileños, montados en sendos mulos, a quienes la presencia del teniente Civantos causó un extraordinario y no disimulado contento. 

       Entre los jinetes y nuestros guardianes comenzó una charla diaria, en la que los primeros propusieron a quienes nos daban escolta la venta de Civantos en 1500 pesetas. 

        El teniente Civantos, que habla algo el chelja se estaba enterando, lo mismo que Rueda, el intérprete, de aquella conversación, tan interesante para él. La discusión, lejos de decaer, se hacía más sostenida, y momento hubo en que yo temí que los moros, a cuya custodia íbamos, accedieran a las proposiciones de los kabileños, que llegaron a ofrecerles 500 pesetas más. 

        Mientras entre unos y otros se celebraban estos tratos, los prisioneros creíamos morirnos de calor y de sed, porque el sol nos quemaba implacable y la falta de agua era para nosotros mortificación insufrible. 

Las aguas del río maldito y la sangre española 

       Por último, y aún cuando los compradores aumentaban considerablemente el precio, recibieron la más rotunda negativa, y así, víctimas de las inclemencias del sol africano y creyéndonos morir de sed, con la rabia y el dolor de vernos entre aquellos salvajes, a merced de su codicia o de su bárbara y cruel condición, así, llegamos hasta el Kert, donde, en un descanso a la sombra de unos árboles, saciamos el ansia de agua que teníamos, sin reparar en la pésima calidad de aquellas malditas aguas. 

      Las fieras que nos vigilaban, no contentos con vernos sufrir físicamente, tuvieron La bárbara satisfacción de decirnos, cuando bebíamos las aguas del Kert: 

—¡Beber; beber mucho! ¡Aún tener sangre de tus hermanos! [7]

Río Kert



LA TRISTE CAMINATA 

Los tormentos del cansancio y la sed 

       Continuamos la marcha hacia el zoco de Bu-Hermana, teniendo que atravesar en nuestro camino una inacabable serie de e enormes barrancos, y sin encontrar una sola gota de agua que nos pudiera servir para engañar la sed devoradora que padecíamos. 

       Lo penoso de la caminata, nuestra fatiga física, el sol que nos martirizaba, la preocupación, todo hacía insoportable aquel andar y andar. 

      Nuestros guardianes, cuando les interrogábamos, nos decían : «Faltar poco para encontrar agua, faltar poco para encontrar agua, aligerar.» Y, efectivamente, a las seis y media llegamos a Bu-Hermana, sin haber comido nada ni bebido una triste gota de líquido. 

      En Bu-Hermana había una gran guardia, que nos recibió con grandes gritos de alegría, y después de satisfacer nuestra sed, nos proporcionaron descanso. Un moro conocido del teniente Vivancos nos invitó a tomar el té. Todo esto nos hizo creer que aquello sería el final de la jornada y que nos darían alojamiento en alguna de las muchas casas que habla alrededor; pero con gran sorpresa nuestra, recibimos de los guardianes la orden de continuar, alegando que allí se habían negado a facilitarnos albergue, aunque la realidad era que los moros que nos escoltaban estaban como gallo en corral ajeno y que les producían verdadero pánico los Beni-Said. 

      Reanudada la marcha, ésta se hizo penosísima, porque en el rato que habíamos descansado se nos enfriaron los pies, y ello daba lugar a que cuando echamos a andar, fuese haciendo las más grotescas y lamentables contorsiones. Pero, como toda reflexión era inútil con aquellos bárbaros, continuamos el camino, entre barrancos, hasta llegar a una casa donde los moros que nos escoltaban comenzaron a discutir, aprovechando nosotros su disputa para indicarles que teníamos hambre. Preocupados los moros con su controversia, nos dijeron podíamos comer, y siguieron charlando acaloradamente. 

       La gente de la casa se enfadó; pero, a pesar de ello, los morillos nos trajeron cuchillos y escobas y empezó un banquete de higos chumbos como no creo que se repita en el mundo, por la enorme Cantidad de higos que nos comimos. 

       Lo que no logramos fue que nos dieran alojamiento, ni siquiera agua, y de nuevo se reanudó la caravana, hasta que ya anochecido, llegamos a un barranco, y nos dijeron: «Aquí es». 

      Nos tiramos, más bien que nos sentamos, en el suelo, dando gracias a Dios de que, al fin, podíamos descansar; pero otra vez salieron los guardianes y gritaron: «Más arriba». 

       ¡Aquello fue horroroso! Ayudándonos los unos a los otros, pudimos llegar al alojamiento indicado; pero ¡en qué situación! Rotos, destrozados, con las gargantas secas, con una fatiga espantosa, sin alma para nada. 

       Todo el mundo se había negado a darnos hospitalidad, y precisamente al que nos alojó le habían matado un hermano suyo en el Zoco-el-Had. 

       Se nos asignó una habitación pequeñita y en ella instalamos, primero, a los enfermos, y después, cada uno de nosotros buscó el mejor y más gustoso acomodo. 

       Allí nos dieron de comer, consistiendo el menú en un pan y un huevo duro, cosas ambas que, a pesar del banquete de higos chumbos, desaparecieron como por ensalmo. 

      La guardia se acostó en la puerta, y nosotros, después de hacer los comentarios de rigor, nos dormimos a pierna suelta, descansando bastante bien de las fatigas de aquel día tan trabajoso. 

      Muy temprano, serían las tres de la madrugada, nos levantan y nos dan la orden de marcha. 

      ¡Qué amanecer más triste! 

       Todos nosotros rogamos a nuestros conductores que, por cuanto quisieran, nos buscasen unas caballerías, pues nos era de todo punto imposible continuar andando en el estado en que nos hallábamos. 

      Los kabileños, tras de muchas súplicas, accedieron a buscar medios de locomoción; pero fuese porque no pusieran un verdadero empeño o porque, en realidad, no hubiese cabalgaduras, el hecho es que las gestiones resultaron estériles y que nadie nos quiso alquilar ni un miserable borriquillo. 

      Y volvimos a la marcha, esperando sólo que nos sacase de aquella dificultad la misericordia divina, ya que la humana había desaparecido de tan crueles tierras. 

      Lenta y trabajosamente seguimos atravesando las posiciones de Beni-Said, sorprendiéndonos mucho el que toldas ellas estuviesen intactas, el que los bárbaros kabíleños no destruyeran la obra de los españoles. 

       Nuestro paso cada vez era más premioso y nuestro cansancio más grande. En cambio, los guardianes con quienes caminábamos no hacían otra cosa que darnos prisa, porque querían llegar aquella misma noche a Annual. 

      Arrastrándonos, más que andando, bajamos al llano, y allí nos detuvimos en casa de un moro amigo de quienes nos escoltaban. En aquella casa comimos pan e higos chumbos, y a fuerza de muchos ruegos logramos que nos alquilaran unos borricos, haciéndoles valer a seis duros, a cobrar en la plaza. 

      Una alegría inmensa nos produjo sólo el pensar que el macizo montañoso que ante nuestros ojos se alzaba íbamos a atravesarlo montados en caballerías, dando así descanso a nuestros pobres cuerpos, que ya estaban destrozados por la terrible caminata. [8]



Las crueldades del asesino Amogar 

Se nos quitan abrigos y relojes 

      El mes de Noviembre se presentó bastante feo, porque, además de no entregarnos con seguridad el correo, aislándonos de nuestras familias, desapareciendo con ello el grandísimo consuelo que para nosotros representaba el tener noticias de España, se dijo, recuerdo bien la fecha, el día 10, que se nos iba a quitar los relojes y las prendas de abrigo. 

      Tan monstruoso nos pareció esto, que muchos no dieron crédito a tales rumores; pero el día 12, a las nueve de la noche, se presentó el gran bandido de Amogar seguido de los demás forajidos que constituían la guardia, y exigió que le fuesen entregados todos los capotes y mantas de los oficiales. 

      Semejante enormidad, tan salvaje violación de las leyes de la guerra y de la humanidad, dio lugar a que la escena fuese en extremo desagradable y violenta, ya que no estábamos acostumbrados a que se nos hiciera víctimas de malos tratos, Hubo al principio alguna resistencia; pero en vista de la actitud de la guardia, que tenía orden de arrancarnos a viva fuerza la capotes si no los dábamos de buen grado, nos hizo resignarnos a entregarlos, bien convencidos de que nada bueno podíamos esperar de un jefe como Abd-el-Krim, que mandaba aquello y que en la tienda de la guardia aguardaba impaciente y curioso que sus secuaces cumpliesen tan infame misión. 

      A los cuatro días fue la escena aún más odiosa, porque nuestro cruel secuestrador dio orden de quitar todos los relojes que poseían los prisioneros, penetrando violentamente en la tienda de campaña y habitaciones donde estábamos tranquila y tristemente viendo cómo transcurrían las horas de nuestro cautiverio, y como aquellos salvajes sabían que los oficiales tenían reloj, a ellos se dirigieron. Algunos militares entregaron la alhaja de buena voluntad, pero la mayoría escondió los relojes, asegurando haberlos enviado a la isla. 

      De nada les valió esta estratagema, porque nuestros carceleros, envalentonados con lo que ocurriera cuando se nos quitaron los capotes, perdieron toda noción de respeto y exigieron, con fusil montado en mano, la entrega de los relojes. 

       Rabiosos, indignados, los prisioneros iban dando aquellos aparatos con que parecían, más que medir el tiempo pasado, calcular el que faltaba para la libertad. Algunos que guardaban en sus tapas retratos de amor, imágenes queridas, se despedían de aquello con indecible dolor. 

El reloj del capitán Salto 

      El capitán Salto, que verdaderamente había enviado con Sidi Idris Baen el reloj a su casa, negaba, como era natural, que lo tuviese, y aunque llegaron a apuntarle con los fusiles, él sostuvo su negativa con tal firmeza, que la guardia, convencida de la verdad, se fue a la tienda donde estaba su digno jefe para darle cuenta de lo ocurrido. 

      Inmediatamente entró Amogar con los guardianes en donde se hallaba Salto, y, con muy malos modos, exclamó; «Salto, el reloj». «No lo tengo», contestó el capitán; y Amogar, con su cara de asesino que tan odiosa nos era a todos y que tantas veces la vimos contraída por las más bajas y salvajes pasiones, le dijo al militar; «Tú tener que morir». 

      A la mañana siguiente recibimos la orden de que en las tiendas de campaña no puede quedar nadie; todo el mundo tiene que dormir en las habitaciones, y así lo hicimos, quedando hacinados en aquellos cuartos, de escasa capacidad, de ninguna ventilación y en los que toda incomodidad, falta de higiene y porquería tenían asiento. Allí dormimos aquella noche bien ajenos a que tales lugares iban a ser en lo sucesivo nuestra prisión. 

Encerrados con mis candados. En peligro de asfixia 

     Amogar, el maldito Amogar, me pide prestadas los candados que yo tengo en la caja de víveres y ropa, y esos candados sirvieron para encerrarnos durante dieciocho meses, que nos parecieron eternos. 

      Cuando llegó la noche, todos creímos que la puerta quedaría, como siempre, abierta; pero, lejos de ocurrir así, permaneció herméticamente cerrada. 

      ¡No saben mis lectores lo que es eso! 

      Los primeros días pensábamos morir asfixia, pues nuestros pulmones, acostumbrados a respirar al aíre libre, no resistían un ambiente como aquél, en que le falta de ventilación, el hacinamiento de tantos hombres, hacían que a las doce de la noche la atmósfera pareciera sólida, el calor nos ahogaba, nos faltaba el aire, una mortal angustia se apoderaba de nosotros. 

      ¡Qué ajenos estábamos de pensar que este suplicio iba a durar meses y meses y que a estas torturas se habían de sumar otras más terribles y dolorosas! 

Un asesinato de Amogar 

      Sin novedad mayor transcurrieron los días hasta el 22, en que eran las once de la mañana y aún no se nos había abierto la puerta de nuestro encierro. De pronto se acercó un soldado y, muy rápido, nos dijo: «Anoche Amogar asesinó al capitán Salto». 

      No hay palabras con que pintar la emoción tan intensa que todos experimentamos, el dolor que nos produjo el crimen aquel tan feroz, tan injustificado, tan propio de gentes sin honor y sin sentimientos humanos. 

      Cuando nos abrieron la puerta y nos agrupamos en el patio, el general Navarro le preguntó a Amogar: «¿Dónde está el capitán Salto?» 

     Y aquella fiera incapaz de otra cosa que no sea el asesinato, el robo o la violencia, contestó al barón de Casa-Davalillos: «Anoche lo saqué del cuarto para hablar con él, quiso escaparse y tuve que matarle». 

      Fue un momento de tragedia. Todos estábamos espantados de lo que oíamos. Nuestros corazones parecían quererse escapar del pecho. Para contener nuestra rabia, nuestros deseos de venganza, fue preciso todo el horrible convencimiento de que nada podíamos, inermes, contra aquellas fieras armadas y prevenidas a todo evento. 

      D. Felipe Navarro, nuestro general, preguntó por Abd-el-Krim, y Amogar, el cruel, le contestó que desde el día antes estaba en el Guelaya. 

En trance de ser fusilados 

      Nos hicieron formar, pasándonos lista; nos colocaron muy agrupados sobre un ángulo del patio, y era tal el lujo de kabileños que allí había con fusiles y en sus rostros, muy principalmente en el de Amogar, se advertía tan siniestra expresión, que cuando me pasaron lista a mí y crucé por delante del general, que estaba fuera de fila, oí al barón de Caso-Davalillos que decía: «Así, muy agrupados, para terminar más pronto». 

¡Qué momento tan solemne! ¡Qué instantes tan decisivos y crueles! 

     Desde que pasó lista el último hasta que nos dijeron que podíamos hacer el almuerzo, todos pensábamos que aquellos minutos eran los últimos de nuestra vida, que íbamos a ser fusilados, que con nosotros se iban a repetir las espantosas matanzas de Nador, Zeluán, Segangan, Monte Arruit... 

¡Verdaderos cautivos! 

      A partir de entonces, de aquel día horrible del 22 de Noviembre, se acabaron todas las consideraciones, ya no éramos prisioneros de guerra, habíamos perdido la condición de vencidos, a quienes el triunfador custodia respetuosamente; éramos cautivos, los cautivos de unos crueles salvajes. 

      Y amontonados en malolientes y sucias habitaciones permanecíamos horas y horas, hasta que a las once de la mañana nos abrían, para volver a encerrarnos a las tres de la tarde, y en ese espacio de tiempo teníamos que hacer el almuerzo, y comer, y respirar, y dar al cuerpo todas aquellas expansiones y cuidados que tantas horas y respetos precisan. 

FERNANDO JIMENEZ PAJARERO"[9]

Vista parcial de Axdir

NOTAS

[6] 1923 02 18 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1004 pag 2 

[7] 1923 02 21 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1006 pag 2 

[8] 1923 02 23 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V nº 1008 pag 2 

[9]1923 02 28 - La Libertad (Madrid. 1919). Año V  pag 2

Las fotografías no se corresponden con el artículo publicado en dicho periódico. Proceden de:

- Revista Mundo Gráfico.
-ABC
- http://altorres.synology.me/guerras/1921_annual/02_10_arruit.htm

sábado, 9 de noviembre de 2019

Un Pueblo maravillosamente Pintoresco: ALCALÁ DE LOS GAZULES



Artículo publicado en la Revista de Apuntes Históricos y de Nuestro Patrimonio 2002



Diego BERRAQUERO MIRIL
Artículo publicado en EL
“Heraldo de San Fernando”
(14 15 y 16 de septiembre de 1926) 



      Poco antes de las 8 de la mañana hemos salido de San Fernando en excursión a Alcalá de los Gazules. D. Antonio Quijano, el insuperable artista del objetivo, tiene en este pueblo y demás comarcanos, innumerables clientes que todos los todos los años lo llaman reiteradamente. 

      Vamos a cuarenta por hora. Nuestro coche es nuevo y aconsejan los técnicos que no se fuerce la marcha. Atravesamos Chiclana de la Frontera con sus calles limpias, recién urbanizadas, que dicen mucho de la labor de un Ayuntamiento y un Alcalde en pro del pueblo que representan. Tomamos la carretera de Medina, que afortunadamente no está mal. Nos detenemos unos minutos en el célebre "Ventorrillo Lozano" lugar de cita de innumerables amateur de la caza. 

      El paisaje no tiene nada de notable hasta divisar hasta divisar en la lejanía azul, corno flotando en las brumas de la mañana, Medina Sidonia. El horizonte es, a partir de ahora, verdaderamente maravilloso. Lejos, muy lejos, la sierra recortán­dose fantástica, parece un conglomerado de nubes.... 

      Seguimos la carretera abierta en las mismas faldas de Medina que se extiende en curva, cual gigantesco nido de águilas, El terreno se va haciendo cada vez más irregular. Se suceden los montes de color rojizo, bordados en verde con manchas blancas de otros tantos caseríos. Algunos de estos montes, enlazados como cordilleras, dejan ver enormes precipicios. Algunas casas de labor, semiocultas entre árbo­les, parecen materialmente colgadas. 

      Cerca de "Casas Viejas" hemos encontrado "escacharrado" el auto de línea. Nos enteramos que tomó mal una pen­diente yendo a chocar con dos árboles. Afortunadamente el pasaje no ha sufrido daño alguno. 

      Conforme avanzamos va siendo más soberbio el paisaje y el espectáculo. La naturaleza, en su brava belleza, canta un himno potente al Divino Creador. Ante tanta grandeza, nuestro espíritu de mísero mortal se sobrecoge. 

      De pronto surge ante nosotros Alcalá de los Gazules, encla­vado en lo alto de un monte de soberana grandeza, a 780 metros sobre el nivel del mar. Las casas, muy blancas, de rojizos tejados, se descuelgan bravamente unidas como enlazadas por misteriosos eslabones. Sobre toda ella surge, como besando el cielo, el grácil campanario de la Iglesia Mayor. 



      Tan maravillosamente soberbio es el espectáculo que se presenta a nuestros ojos, que nos sentimos incapaces de describirlo. La pluma no puede escribir lo que nuestros ojos ven. 

      Son las diez y media cuando entramos por espinosa pen­diente en Alcalá de los Gazules. Una animación extraordi­naria se nota en toda la población. Atravesamos una bella calle que lleva el nombre del General Primo de Rivera. En esta misma calle encontramos fonda, por cierto que muy bien atendidos. 

II 

      Don Antonio Quijano, muy conocido y admirado en esta, me presenta a varios amigos. Los hijos de Alcalá demuestran su hidalguía rivalizando en atenciones. Nos es imposible aceptar tantas invitaciones. 

      A la hora del almuerzo pasamos un rato verdaderamente distraído. Teníamos por compañeros de mesa, entre otros, a unos toreros de capea con una gracia enorme. Uno de ellos, encarándose con un muchacho coloradote, que come con verdadero apetito, le dice muy serio: 


- "Es cómico, no se pue usté figurá la gracia que me hace cuando sale vestío de municipá bigotuo...." 

¡Y es para oír, también las discusiones taurómacas…! 

       Cuando me dispongo a finalizar estas cuartillas, un acompasado ruido metálico me hace asomarme al balcón. El que lo produce es un viejecillo arrugado que camina bajo el peso de unos calderos. Sobre el asa de uno de ellos golpea con un martillo. Este viejecillo de ojos apagados y andar cansino se gana la vida componiendo calderos. Y es de ver como sus piernas pueden aún subir las cuestas empinadas. 

III 

      Hoy domingo se ha celebrado aquí la tradicional Romería de los Santos en que los alcalaínos todos acuden al bonito Santuario de su amada Patrona, sito a unos nueve kilómetros de la ciudad. 

     Esta Romería que viene celebrándose hace muchos años, es de lo más maravilloso que puede verse. Es todo en cuadro de luz. 

      Desde la noche anterior se van trasladando al Santuario, humildemente bonito, de paredes muy blancas, los vecinos de la ciudad. De los cortijos y caseríos del con­torno llegan las mozas con sus trajes chillones, a lomos de plácidos asnillos, sentadas en lo que llaman "jamugas". 

      Nosotros hemos asistido también a la Romería. Nos hemos levantado muy de mañana y esperamos la anuncia­da llegada de San Fernando de varios amigos, entre ellos Manuel Pece Casas. Pero los amigos de aquí tienen la virtud de impacientarnos. El auto que los ha traído no llega a Alcalá hasta las ocho y media. Nos dicen que la niebla los obligó a venir a marcha muy moderada. 

      Don Manuel, que trae un gran cartucho de "bocas de la Isla" nos dice: "Como las bocas empiecen a pedir la palabra...." 

     Son las diez cuando llegamos, atravesando un terreno difícil que hace danzar a los autos, al Santuario de Nuestra Señora de los Santos. La animación es extraordinaria. Los alrededores presentan animado y pintoresco aspecto. Se celebra primero una solemne función religiosa teniendo a su cargo al panegírico, brillante oración sagrada, el Arcipreste del distrito D. José María Pérez Verdún. Después, los asistentes a la Romería, -unas seis mil perso­nas-, hacen un almuerzo campestre mojado con el rico caldo color ámbar. 

      Más tarde se organiza en el típico patio del santuario un animadísimo baile, amenizado por la Banda de Chiclana de la Frontera. 

      Los Alcalaínos tienen a su Patrona, Nuestra Señora de los Santos, un grandísimo amor que se exterioriza des­bordante en la anual Romería al Santuario y en las proce­siones de rogativas, en que los hombres se disputan el car­gar con la imagen. 

      Alrededor de esta Imagen que se venera en el Santuario la fantasía popu­lar ha tejido muchas leyen­das piadosas. Una de ellas nos la cuenta el Coadjutor de la Parroquia, D. José Aurelio Lara Pineda. 

       Dicen que ha lejanos años los alcalaínos buscaban un artista que confeccionara la imagen. Por aquellos días dos peregrinos que pasaban por el Santuario se ofrecieron a llevar a cabo la obra, poniendo como única condición que se encerrara en una habitación del Santuario dejándole comida para tres días. La condición fue aceptada y pasados los tres días llegaron hasta la habitación. Como llamaron muchas veces y no con­testaron, rompieron la puerta, encontrando la bella imagen. Los peregrinos habían desaparecido de forma misteriosa. La imagen fue llevada procesionalmente, instalándose en su lindo camerino, construido mediante suscripción popu­lar. También se le construyó unas andas de plata. Por cierto que ésta fue robada hace muchos años no encontrándose a los autores del robo, uno de los cuales dejó grabada su mano el escalón de piedra de una de las puertas del Santuario. Allí puede verse. Los alcalaínos afirman que se trata de un milagro que hizo la Virgen. Como desagravio a ella organizose una procesión, en que todos lloraban de indignación. Por suscripción popular adquirieron después otras andas de plata. 

       Los hijos de Alcalá de los gazules llevan en sus venas sangre hidalga. Son hospitalarios por excelencia hasta el extremo de no poder olvidar el forastero su estancia en la ciudad que luce en su escudo los títulos de Muy Noble, Leal e Ilustre. 

      El que una vez va a Alcalá de los Gazules, ese vuelve. 



     Hemos conversado y saludado al Sr. Alcalde de la ciudad, D. Simón García Ruffo, a quien los alcalainos van a rendir mañana un homenaje, a D. Gonzalo Carrillo exteniente de Alcalde, hombre cariñoso que se ha multiplicado en atenciones; a los hermanos Sandoval, muy conocidos en San Fernando, a cuya prensa ha pertenecido uno de ellos, a D. Cristóbal Alberto, Presidente de la Comisión de Fiestas, acreditado comerciante de tejidos; a D. Antonio Serdero, veterinario, un jerezano muy simpático, etc. 

     Antes de recogernos hemos pasado por la plaza principal, lindamente exornada y en la que las mujeres de Alcalá lucen maravillosamente su gracia y belleza. A sus ojos, -muchos azules como los picos ingentes de sus montañas-, alma su alma andaluza. 

IV 

       No puedes figurarte, lector amigo, cuanto de encantadora sencillez tiene este pueblo serrano que con tanta hospitalidad y cariño nos ha acogido. No puedes figu­rarte cuanta poesía a lo Gabriel y Galán encierra esta ciudad bonita que se asienta sobre el monte amarillo como una bandada de palomas que descansa tras un largo viaje... 

      Los crepúsculos aquí son verdaderamente maravi­llosos. Cuando el sol se va, cuando el azul palidece y ríe la primera estrella, la visión del pueblo es verdaderamente mágica. Todo parece flotar en el ambiente puro, como allá en lo alto, flotan girones de nubes levemente coloreadas. La sierra que recorta el horizonte adquiere color añil y los caseríos blancos, recortándose por la falda de los cerros, parecen huevos de aguiluchos... Cuando el sol ríe al nacer, aparece todo igual. No cabe mayor maravilla.... 

      En la noche silen­te, cuando la ciudad duerme acariciada por el aire de la sierra, cuando las estrellas bordan el firmamento, oímos una voz recia, melosa, que canta.... “! Ave María Purísima! ¡La una... y sereno..! Se aleja la voz paulatinamente. Al perderse por la distancia, retorna el reposo.... 

       En la puerta de su casa, sentado en un sillón cortijero, un viejecito fuma en silencio. El viejecito no tiene dientes y su cabellera que asoma por bajo el pañuelo de hierba
que cubre su cabeza, es blanca como copo de algodón. Unas alpargatas de paño cubren sus pies, enfundados en medias de lana. Los ojos apagados del anciano miran jugar a unos
rapazuelos que se dejan deslizar por una pendiente muy pronunciada. Y el viejecito de boca sin dientes y pelo blanco, sonríe… quizás evocando su niñez ya lejana, cuando una madre buena y trabajadora le daba azotes al verlo retornar con los calzones rotos… 

      Hoy, lunes 13, ha habido lectura de bandos por las calles de la ciudad: 

- "Yo, don Fulano de Tal y Tal, hago saber..." 

      El bando invita a todo el pueblo al homenaje que se va a tributar al Alcalde de la Muy Noble, Leal e Ilustre Ciudad. Es el Alcalde de Alcalá de los Gazules un hombre sencillo y bueno, D. Simón García Ruffo a quien tanto deben los alcalaínos por su labor honrada y ejemplar. D. Simón no ha nacido en Alcalá, pero en Alcalá han nacido sus hijos. 

      En sesión extraordinaria, en medio de un entusiasmo desbordante de los alcalaínos, se le ha entregado el Título de Hijo Adoptivo, a la par de un bastón de mando, ambos adquiridos por suscripción popular. Un notable artista de la ciudad, D. Vicente Pozanco Barranco ha con­feccionado primorosamente el diploma. 

      El Alcalde ha sido aclamado y al serlo ha sentido su alma aletear de alegría mientras sus ojos lloraban,... 

     Buñolada en la placita de toros de Alcalá de los Gazules. Mujeres bonitas como evocaciones moriscas… 

      La Comisión de Fiestas, presidida por el entusiasta Edil D. Cristóbal Alberto ha organizado esta buñolada en obsequio de ese ramillete de chiquillas deliciosas que han donado cintas para las carreras de caballos. Parpadean los farolillos venecianos, quizás sintiendo envidia, impotencia, entre tantos ojos brillantes de mujeres bonitas. 

       La gente joven no se cansa de bailar. ¡Cuantos noviazgos salieron esta noche en que el aire jugó con risas de mujer, piropos y compases de la banda de música…! 

      Terminado el baile, "El Andarín", propietario del "American Bar" luce ante nosotros, bajo los efectos del "licor ambarino", todas sus facultades flamencas. ¡Que gra­cia tiene este célebre "Andarín"…! 

     Unos amigos entre los que se encuentra Antoñito Galán "El Invencible", como le llaman sus paisanos por sus heroicas hazañas en Marruecos como Oficial del Tercio organiza en nuestro honor una becerrada en un cortijo. En el cartel figuran nuestro nombres. ¡Que Dios nos ampare…! 

     D. Manuel Pece Casas y D. Antonio Quijano protestan enérgicamente, temiendo una hecatombe, de que el simpatiquísimo veterinario nos facilitara unas jacas para echar una carrera por la campiña. 

     Vean ustedes, queridos amigos, como no ha pasado nada, a pesar de la becerrada y de aquel golpe inesperado. 

     Cerca de las cinco de la madrugada salimos de Alcalá de los Gazules. Si no nos escapamos de este modo aún seríamos huéspedes de Alcalá, ya que nos hemos convencido que cuesta mucho trabajo salir de allí. 

     A pesar de todo, prometemos volver… 



A D. Joaquín Quijano Párraga, 
Que nos cedió el artículo, y en 
reconocimiento por su colaboración en la elaboración 
del libro de Fotografías: 
“Alcalá de los Gazules, un siglo en imágenes”


NOTA

Las fotografías no se corresponden con el artículo impreso y son obra de Antonio Quijano, fotógrafo que se menciona en este artículo.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Las calles de Alcalá y sus nombres. Evolución histórica (III)



JUAN MARÍA DE CASTRO 

      La calle Juan María de Castro aún hoy es recordada como calle de la Amiga, nombre muy antiguo que ya nos encontramos en 1826.[47] Muy pocos conocen que en enero de 1900 se dedicó esta calle al benefactor gaditano José Moreno de Mora por ofrecerse a construir un Hospital para la provincia (el célebre Hospital de Mora) nombrándosele además hijo adoptivo: 

“Se dio cuenta de una comunicación del Sor. Vicepresidente de la Excma. Comisión Provincial, participando a esta Corporación que el Excmo. Sor. Don José Moreno de Mora había ofrecido construir a sus expensas un Hospital para donarlo después a la Provincia; enterado los Sres. Concejales del contenido de la misma y después de haber hecho uso de la palabra los Sres. Alba, Puelles Centeno, Sánchez, Toscano y Sor Presidente, por unanimidad se acordó: 

1º Declarar hijo adoptivo de esta Ciudad al insigne Gaditano excmo. Señor don José Moreno de Mora. 

2º Rotular la calle de la Amiga, una de las principales de esta Ciudad con el nombre del indicado Sor, para perpetua memoria de su generosidad y sublime rasgo de Caridad Cristiana. 

3ª Dirijirle un mensaje de entusiasta felicitación y agradecimiento que sea redactado por una comisión compuesta de los Sres Presidente, Puelles Centeno, y Alba. 

4ª Adherirse en un todo a los acuerdos que adopte la asamblea Provincial.” 

      Efectivamente, la comisión nombrada redactó la siguiente carta que le fue enviada al día siguiente: 

“Excmo. Señor Don José Moreno de Mora = Excmo. Señor = El Ilustre Ayuntamiento de mi presidencia en sesión celebrada el Sabado 20 del actual, por unanimidad e interpretando fielmente los sentimientos de todos los vecinos de esta Ciudad, tiene una satisfacción en manifestarle a V. E. su profunda gratitud, por el acto de esplendidez generosidad que realiza, al donar cuantiosos bienes para la construcción del Hospital Provincial. 

      Si en todo tiempo hubiera sido un acto de sublime desprendimiento su donación, mas lo es hoy, en que adormecida en parte los primeros Cristianos por el indiferentismo y la normalidad, mas se ocupan los hombres en las ponpas y ostentaciones de la vanidad, que en satisfacer las necesidades de los desvalidos. 

     Quisiera este Municipio al adoptar por hijo a V. E. que esta modesta Ciudad fuera cuenta de la invicta y gloriosa de Castilla con antiguo abolengo en grandeza y esclarecidos linajes para que quedara la debida proporción entre el hijo adoptado y la madre adoptante, pero supla a la modestia de su alcurnia, la grandeza de los corazones de sus hijos que laten de entusiasmo al oír el rasgo de V. E. y que recuerdan que ellos son desendiente de aquellos Alcalaínos que en la ultima centuria donaron los arboles de nuestros bosques seculares para que sobre los mismos convertidos en barcos, ondease la gloriosa bandera Española, dispuesta a debelar esa afrenta de la patria que tenemos en nuestra propia Provincia. 

      Y si perpetúa la memoria de V. E. en modesta inscripción de piedra en una de sus principales Calles, es por que su erario agoviado de deudas, no puede costear hermosa placa de oro, no la que con letras brillantes, resaltara el nombre de V. E. como homenaje debido al padre de los desheredados. 

     La admiración, la gratitud y las oraciones de este pueblo, suplirán a la pobreza de sus obsequios. 

      Reciba V. E. el testimonio mas sincero de esta Ciudad y de todos los individuos del Municipio que tiene el honor de suscribir este Mensaje.= Dios guarde a V. E. muchos años.= Alcalá de los Gazules 21 de Enero de 1900. Excmo Señor =” 

      Sin embargo, el señor Moreno de Mora, nada más recibir la carta, envió un telegrama agradeciendo el detalle del ayuntamiento alcalaíno pero oponiéndose a que su nombre figurara en una calle: 

“Sumamente agradecido por el acuerdo tomado por ese Ilustre Ayuntamiento, le ruego acepte el testimonio de mi mas alta consideración, suplicándole no lleven a efecto el poner mi nombre a una de esas Calles, pues ya me considero recompensado siendo hijo adoptivo de esa Ciudad = Moreno de Mora=” 

      A pesar de la súplica, la Corporación municipal decidió llevar adelante su acuerdo,[48] lo que provocó que el gaditano volviera a rogar que se desistiera de ponerle su nombre a la calle de la Amiga, ruego que, esta vez sí fue atendido, volviendo dicha calle a su nombre original.[49]

      De todas maneras, los regidores no olvidaron la iniciativa de Moreno de Mora, y tras fallecer dicho el ilustre gaditano el 5 de enero de 1908, acordaron, siguiendo las directrices de la Diputación provincial, colocar una lápida en su memoria en el salón de actos del Ayuntamiento, placa que, por otra parte, desconocemos si finalmente llegó a colocarse: 

“…El Ayuntamiento por unanimidad acordó; asociarse al pesar que hoy embarga a toda la provincia por la pérdida de tan Ilustre Gaditano. 

Perpetuar su nombre colocando una lápida en la sala de sesiones de este Ayuntamiento…”[50]

       Se da la circunstancia de que en la fecha en que se acordó cambiar el nombre de la calle de la Amiga por el de Moreno de Guerra, precisamente era alcalde Juan María de Castro. Este último, nacido en Vejer en 1843, formó parte de varias corporaciones, primer teniente de alcalde en 1876, es elegido concejal el 13 de septiembre de 1886, aunque dimitió por enfermedad el 26 de octubre.[51] Ya en 1899, es elegido nuevamente concejal el 26 de noviembre, para pasar a ser alcalde desde el 1 de enero del año siguiente,[52] cargo que ejercerá hasta el 3 de septiembre, fecha en que dimite por su estado de salud y tener que ausentarse para tomar aguas medicinales.[53] En 1902 vuelve a ser elegido concejal,[54] situación que se repetirá al año siguiente.[55] Con todo, el reconocimiento público le llega en 1904, al ser nombrado hijo adoptivo como premio por las gestiones que realizó en beneficio de Alcalá: 

“El Concejal Sor. Don Antonio Alba dijo: Que tenia noticias particulares pero fidedignas de que el reparto de contingente estaba formado con arreglo a las bases del año anterior; y que debido a las gestiones del diputado Provincial Don Juan Mª de Castro y Moreno se había obtenido la baja que resulta pues la Comisión ha tenido en cuenta por esa causa el nuevo señalamiento del tipo de consumos por lo cual pedía para dicho Sor. Un voto de gracias. El Ayuntamiento vista la proposición del Sor. Alba y apreciando en lo que vale los servicios prestados por don Juan Mª de Castro en los diferentes cargos que ha desempeñado acordó por unanimidad: Concederle el voto de gracias, y nombrarle hijo adoptivo y predilecto de esta Ciudad.”[56]

       Tres años más tarde, el 10 de agosto de 1907 se acuerda rotular la Calle de la Amiga con su nombre. [57]




LAS BROZAS 

        La calle Las Brozas puede preciarse de tener uno de los nombres más antiguos de las calles alcalaínas, pues hace casi cuatro siglos ya existía, aunque con una ligera modificación ya que originalmente se denominaba calle de Juan de las Brozas, tal como se menciona en 1638: 

“En este cavildo Juan baysan vesino desta villa dijo que arrimado a las casas de su morada que son en la calle de Juan de las brosas…” [58]


Subrayado: "calle de Juan de las brosas"

      Juan de las Brozas era un vecino de Alcalá a mediados del siglo XVI.[59]

      Este nombre será modificado en las primeras décadas del siglo XIX en fecha que no hemos podido precisar por el de Cruz Verde con el cual figura ya en 1839,[60] nombre cuyo origen tampoco hemos podido averiguar. Conservará este nombre varias décadas hasta que el 8 de noviembre de 1877 la Corporación municipal acuerda sustituirlo por el de Garrido Estrada, en honor al diputado que consiguió importantes beneficios para Alcalá: 

“El Ayuntamiento fiel interprete de los generales ecos y sentimientos de este vecindario acordó por unanimidad se varíe el nombre de la Calle de Cruz Verde por el de Garrido Estrada apellidos de nuestro digno diputado a Cortes en justo y merecido agradecimiento por conseguido con su actividad e influencia la subasta de la Carretera que ha de reunir esta Ciudad con la de la cabeza de partido y capital de Provincia; y que por el Sor presidente se le dirija a dicho Excmo. Señor certificado de este particular con atenta comunicación.” [61]

      Eduardo Garrido Estrada, que ya había sido nombrado Hijo adoptivo de Alcalá por estos motivos el mes anterior,[62] envió una carta manuscrita en a finales de diciembre agradeciendo ambos reconocimientos: 

“He tenido la honra de recibir la certificación del acuerdo tomado por el ilustre Ayuntamiento de su Presidencia, por el que se ha servido esa digna Corporacion darme una nueva muestra de su inmenso aprecio, poniendo mi apellido a una de las calles de esa Ciudad. Ya estaba vivamente reconocido a la prueba de consideración y aprecio que ese ilustre Ayuntamiento se había dignado darme al declararme hijo adoptivo de esa Ciudad, siendo ahora doblemente grande mi gratitud con este nuevo acto de su bondad y de su aprecio.”[63]


Carta manuscrita de Garrido Estrada agradeciendo la rotulación de una calle con su nombre

       Tendrá que pasar medio siglo para esta calle sufra una nueva variación de nombre, dentro de los cambios que se producen tras la llegada de la Segunda República. Con posterioridad al 26 de junio de 1931 se acuerda que lleve el nombre de Mariana Pineda, un nombre que conservará apenas 5 años, ya que apenas hacerse cargo del ayuntamiento el bando nacional, el 17 de octubre de 1936 se acordó que: “la de Mariana Pineda se denomine de <<José Antonio Primo de Rivera>>…”[64]

     Esta denominación durará poco puesto que el 17 de junio de 1937 se aprobó un nuevo cambio: 

“…que el actual Paseo de la República se llame en lo sucesivo de José Antonio Primo de Rivera y la actual calle que lleva este nombre se titule en lo sucesivo del Capitán Cortés.”[65]

       Ya avanzada la democracia, se volvió a rotular esta calle con su nombre original. 



NOTAS

[47] AMAG. Legajo 635. Repartimiento de paja y utensilios. 

[48] Ib. Folio 147 vto. Y 148. Sesión del 29 de enero de 1900. 

[49] Ib. folio 155. Sesión del 17 de febrero de 1900 

[50] AMAG. Libro de actas de sesiones del Ayto. Pleno. Libro 14 folio 65 vto. Y 66. Sesión del 11 de enero de 1908. 

[51] AMAG. Libro de actas de sesiones del Ayto. Pleno. Libro 1 folio 76 vto. Sesión del 28 de octubre de 1886 

[52] Ib. Libro 7 folio 136. 

[43] Ib. Libro 8 folio 47. 

[54] Ib. Libro 9 folio 78 vto. Sesión del 1 de enero. 

[55] Ib. Libro 10 folio 92 vto. Sesión del 10 de enero de 1903 

[56] AMAG. Libro de actas de sesiones del Ayto. Pleno. 1902-1904 Libro 11 folio 13 vto. Y 14 Sesión del 30 de enero. 

[57] Ib. Libro 14 folio 19. 

[58] AMAG. Actas cabildo. Legajo 9 folio 132 vto. Cabildo del 14 de abril de 1638. 

[59] Ib. Legajo 1 folio 93. Cabildo del 19 de noviembre de 1543. 

[60] Boletín oficial Provincia Cádiz. Edición del 30 de julio de 1839. 

[61] AMAG. Actas de Cabildo. Legajo 41. Libro 2. Sin foliar. Sesión del 8 de noviembre de 1877 

[62] Ib. Sesión del 4 de octubre de 1877. 

[63] AMAG. Correspondencia y Comunicaciones. Legajo 73. Carta fechada en Madrid el 23 de diciembre de 1877 

[64] AMAG. Libro de actas de sesiones del Ayto. Pleno. Libro 31 folio 76. 

[65] Ib. Libro 32 folio 83 vto.