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sábado, 18 de enero de 2025

Diego Ángel de Viera (I)


Artículo publicado en la Revista de Apuntes Históricos 
y de Nuestro Patrimonio 2004


Fernando TOSCANO DE PUELLES 



Actividad beneficial 

     Don Diego de Viera obtuvo su Beneficio eclesiástico en Alcalá de los Gazules. Previa la correspondiente solicitud y presentación de méritos por los aspirantes, al propio Obispo, el Prelado gaditano había resuelto a favor de Viera entre los varios opositores. 

     Esta cualidad de Beneficiado subsiste, pero casi resulta extraña. Hay que precisar que, al fin, Beneficiado no es sólo expresión de una ventaja sino principalmente nombre de oficio, que en el lenguaje latino equivale a deber. Según la vieja sentencia: El beneficio se da por el oficio. Oficio que conlleva trabajo, obligaciones y responsabilidad social. 

     El “beneficio” era una realidad jurídica muy antigua en la Iglesia. Como el Cabildo Capitular respecto a la Catedral, existía el hecho histórico-canónico, muy difundido de los llamados, como colectivo, Cuerpos beneficiales o de Colegiatas. Se trata de comunidades de sacerdotes seculares que, a diferencia del Cabildo Catedralicio, sin tener como éste funciones
de consejo episcopal, ni capacidad de intervención en el gobierno diocesano, en exclusiva, bajo la autoridad del Obispo, gobierno y control de la Fabrica, estructura espiritual y material- de su propio templo local. Estas instituciones perdieron su valor, por lo común, a partir del Concordato de 1851, que abolió la mayor parte de las colegiatas, etc., “que actuaban como
iglesias mayores de núcleos urbanos importantes”.[1]

     Como decimos, tal institución de Canónigos, o Beneficiados y capellanes, llega a ser definida por algunos autores como “Colegio de sacerdotes constituidos en una Iglesia para la solemnidad del culto y otras misiones espirituales”[2]

     Dentro de estos cuerpos también pueden establecerse otras diferencias o tipologías: existen Capítulos sometidos a una regla, y otros que se vinculan a determinados entes eclesiásticos, generalmente a la Iglesia Parroquial. Su aparición es históricamente conocida: 

“Al configurarse la sociedad de la Edad Media en el régimen feudal, los Cabildos se acomodan a él mediante el sistema de los beneficios. Todo miembro del Cabildo, a cambio de una prestación personal: trabajo, vida en común, celebración diaria del culto y asistencia a coro, verdadero oficio, adquiría el derecho al beneficio, es decir, a participar en la parte proporcional -ración- de las rentas derivadas de las propiedades del cabildo.” 

      Aquí parece justo explanar o añadir las circunstancias locales de Alcalá por la legitima aspiración historiográfica de que el dato aislado deje de serlo, por su aplicación e inserción en más amplio entramado social. 

     En el Archivo nuestro Municipio se conserva la Bula o Letras Apostólicas del Papa Clemente VII, en texto latino sobre pergamino fechada en 20 de enero de 1524, donde dispone la unificación de las antiguas Parroquias en la de San Jorge. (Con extinción jurídica de las de San Vicente y San Ildefonso), y de colación de los diez Beneficios “de estas Iglesias”. [3] La registran en reciente y meritoria obra Francisca Fernández Ruano y Victoria Martín Mila.[4] Este Clemente VII es el Papa romano, de nombre Julián de Médicis, florentino cuyo Pontificado transcurrió de 1523 hasta su muerta en 1534.[5]

     La notable Institución beneficial fue solicitada y obtenida por el titular del Señorío, don Fadrique Enríquez de Ribera, y marqués de Tarifa, y la concesión supuso un honorífico status de la Iglesia local, de la que el Señor Jurisdiccional era Patrono. 

     Llegados a este punto, hemos de hacernos eco, como inciso, del texto de un autor con grandes méritos, pero que expone un punto de saber reticente. Morgado, tratando de Cádiz y su diócesis en el siglo XVII, entre las conclusiones de su trabajo, establece la siguiente: 

“La patrimonialización de buena parte de las estructuras eclesiásticas constituía, asimismo, un fuerte hándicap: las prebendas del cabildo catedral se habían convertido en prácticamente hereditarias merced al sistema de las coadjutorías, buena parte de las capellanías era provista por los linajes familiares, en ciertas localidades, como Alcalá de los Gazules, el acceso a los beneficios solamente estaba reservado a los naturales de la población... todo ello forjaba un sistema clientelar en el cual, por encima del mérito o la capacidad intelectual, primaba la integración en alguna red de patronazgo”. [6]

     Y antes, refiriéndose a estos Beneficiados alcalaínos, había escrito, con el amparo de obra extranjera de análisis sociológico, que “los diez beneficiados simples existentes en Alcalá de los Gazules de 1524 eran provistos por oposición entre los naturales de dicha villa, lo que debió constituir una importante fuente de clientelismo para la oligarquía de la misma”[7] teniendo los poseedores la obligación de cantar las horas canónicas en el coro de la parroquia de dicha localidad y asistir a la procesión claustral celebrada los domingos y festivos.[8]

     No podemos aceptar esa expresión de “clientelismo”, defecto del que apriorísticamente -y hasta con cierta contradicción- lo mismo se sospecha que se acusa a los Beneficiados alcalaínos. No se da ninguna prueba, ni se cita caso concreto alguno. Nos parece insinuación o prevención muy propias de ese tipo de obras que no entran en el alma de las instituciones, sino en lo exterior de su corteza, generalizando presunciones e inclinándose a la habitual carga economicista o de conflictividad e interés de clases. 

     Al enumerarse en esos textos entidades eclesiásticas de naturaleza diferente, se hace un juicio global indebido. Desde luego, hipótesis errónea por lo que toca a los Beneficios alcalaínos, que ni habían sido creados por empeño eclesiástico, ni su provisión sucesiva dependía para nada del Cuerpo beneficial (donde tampoco hubo Coadjutores suplentes o con derecho de sucesión de los titulares). Salvo quizá la presentación primera del Fundador las demás eran optativas de los propios interesados -con las condiciones requeridas, y de las que no conocemos dispensas-, siendo la provisión competencia exclusiva del Obispo, examinada la solicitud individual y estudiados los méritos personales. 

     Se reservaban estos Beneficios a los naturales del pueblo según la norma pontificia de 1524, pero en su provisión, como decimos, no intervenía ni mediaba ningún patrón civil ni eclesiástico, individual ni corporativo; nada tampoco se prefijaba respecto a dependencia, calidad, edades y parentescos (salvo las normas vigentes generales). Aquí nunca se ha constatado esa presunta “red de patronazgo”, ni siquiera se conoce una simple recomendación. 

     Frente al presunto favoritismo, más bien resaltan algunos casos contrarios. Primero, el criterio y proceder de don Perafan de Ribera, señor y I Duque de Alcalá. Aun teniendo facultad pontificia para proveer varios Beneficios en su Jurisdicción -distintos de los de Patronato-, dio en 1561 esta edificante respuesta a su hijo, San Juan de Ribera, quien pedía poderes para su provisión: “No hay para qué embiaros el poder que pedís para proveer los beneficios de mi tierra, porque no me pareció usar de la gracia que sus Sanctitud me concedía”.[9]

    Tampoco hubo postillo de favor cuando, en 1773, un Beneficiado quiso conservar los emolumentos, aunque estuviese ausente por razón de estudios de Teología. El Cuerpo de Beneficiados -con la firma de Diego de Viera- se opuso a la pretensión del compañero, por ser contraria a la Bula Fundacional. [10]

      Hemos insistido un tanto en todo lo anterior, para evitar se cree o difunda un error grave a estos notables Beneficiados de Alcalá, tan dignos de recuerdo y estima. 

      Cuestión muy distinta es que en D. Diego de Viera resulte evidente un nivel económico alto en la posesión de bienes, que el mismo manifiesta al realizar su Fundación. Aparte de los bienes de su Beneficio, expresa poseer bienes bastantes para su honesta sustentación, por los que a todos los renuncia para la Obra Pía que crea y en la que se integra. Había heredado de padres y hermanos, y recibido bienes de otros familiares. Nada modificaría tal acrecentamiento su estilo personal de vida, sino era en el aumento de sus limosnas y tareas en remedio de necesidades; debió ser hombre parco, morigerado y tal vez algo austero consigo, en un régimen de vida corriente y ordenado. 

     Como clérigo y alcalaíno, estuvo también debidamente exento de algunos tributos, como el de alcabalas (privativo de lugar). Percibió rentas eclesiásticas propias de un tiempo de prosperidad relativamente generalizada, por factores agrícolas y sociales. Sin que pensemos ingenuamente que todo fue bienandanza económica para este clero local. No suele ser fácil cobrar derechos y débitos, y puede servir de indicio de ello el poder especial que otorgan, en 16 de enero de 17911, el Vicario, Alonso de la Jara, el Cura de San Jorge, Francisco Javier de Molina, y el cuerpo de Beneficiados, compuesto por Félix Manrique, Diego de Viera, Vicente de la Jara, Juan Delgado, Francisco de Oliva, Martín Cumplido, Sebastián López Becerra, Juan de Mendoza y Tomás Vela Castaño. Todos facultan a D. Andrés Cabrera, Sacristán menor de la Iglesia Parroquial, para que cobre los tributos de las fincas “sobre que están impuestos y situados los censos y remembranzas de cuya pertenecientes a los Beneficios y Curatos que poseemos y de que se componen sus congruas, anualmente” [11]

      Viera no atesorará para sí, como consta de tantas donaciones en vida y sobre todo, por su Fundación religiosa y benéfica. Acaso excedió, sin proponérselo, al nivel medio de los Presbíteros de su época, pues a este conjunto, analizando sus diversas circunstancias. 




NOTAS

[1] Véase Memoria Eclesial, tomo IV, Oviedo 1993, pág. 266 

[2] Ídem, pág. 266.

[3] Sección de Gobierno, Legajo 969 

[4] Alcalá de los Gazules. Inventario del Archivo Municipal Diputación Provincial de Cádiz, 1999. Página 51. Véase Pascual Madoz, Diccionario de España y sus posesiones de Ultramar. Tercera edición, tomo I, Madrid 1848, página 378. 

[5] Es el Papa que coronó al Emperador Carlos V, excomulgó al bígamo Enrique VIII de Inglaterra y protegió a Benvenuto Cellini; su retrato, en pintura de Bronzino: Diccionario Enciclopédico Mentor, t.I, p. 323, a color. Bien distinto del otro Clemente VII, Papa de Avignon, llamado Roberto de Ginera, del siglo XIV, 

[6] Arturo Morgado García, El Estamento eclesiástico y la vida espiritual en la diócesis de Cádiz en el siglo XVII. Universidad de Cádiz, 1966, páginas 249-250. 

[7] Vid HERMANN, Ch. “Naturales y forasteros: les exlusives d acces aux beneficies d Eglise dans L Espagne moderne”, Les societes feremees dans le monde iberique (XVI-XVII siecles). París, 1986 

[8] Ramos Romero, M. Historia de los pueblos de la provincia de Cádiz: Alcalá de los Gazules, Cádiz s. a. pp. 261 y 311. Arturo Morgado García, El Estamento eclesiástico y la vida espiritual en la diócesis de Cádiz en el siglo XVII. Universidad de Cádiz, 1966, páginas 34-35. 

[9] Ramón Robres, San Juan de Ribera Patriarca de Antioquía,… Barcelona 1960, página 44. 

[10] Véase Historia de la Congregación-Beaterío..., págs. 92-96 

[11] A.H.P., Alcalá de los Gazules, ante el escribano público José Gómez Delgado, prot. 248, fol. 6s. 


sábado, 28 de noviembre de 2020

Diego José de Viera, fundador del Beaterio (III)




       Pero sigamos el «problema cronológico». Como venimos tratando de las declaraciones testamentarias del padre de nuestro Diego de Viera, hay que considerar que en ningún documento de los conocidos menciona hijos fallecidos de sus dos matrimonios ni, por supuesto, a ese hijo al que llamó Diego por primera vez. Igual sucede en los escritos de la madre Dª María Bernarda, ni en documento de cualquier otro familiar. Siempre son enumerados solos y todos los sobrevivientes, figurando Diego como el menor (salvo alguna vez que lo sitúan al principio de la relación por respeto a su dignidad sacerdotal o por el oficio de post mortem que le encomiendan.)

       Oportuno parece reproducir, del testamento de Juan Ángel de Viera y de su referencia al segundo matrimonio, una de esas relaciones:

       “tengo por mis hijos legítimos y naturales a Juan Esteban de Viera, Vicente Ángel de Viera, Manuel Ángel de Viera, Francisco Ángel de Viera, Da. Inés Ángel de Viera y Diego Ángel de Viera” (6 de octubre de 1751).

       Dª María Márquez de Arjona, madre del Siervo de Dios, nombra a éste, que es Capellán y clérigo Subdiacono, por uno de sus albaceas, y en la cláusula de herederos los enumera por este orden: Dn. Diego= Juan= Vicente= Manuel= Francisco y Da. Inés (poder para testar de 5 de mayo de 1761). Don Juan Cano, Cura Párroco, fue entonces el apoderado; los albaceas, Diego y Francisco de Viera. La difunta quedó sepultada en la Parroquia, con el oficio y entierro que se acostumbraba a los padres de los clérigos, por serlo su hijo D. Diego, “capellán del Clero de esta Villa”. Doña María tiene a lo que parece dos actas de defunción, al L.6, f.27, difíciles de lectura por desvanecimiento de la tinta, curiosamente las mismas circunstancias que concurren en las actas finales de Juan Ángel de Viera, L. de 1751, folio 237 v. y 238 v. Es tema a estudiar un día.

Partida de defunción de María Márquez Arjona,
madre de Diego de Viera con fecha 13 de mayo de 1761

        Esta falta de referencia al primer Diego, nos llevó a buscar su partida de defunción o de la confirmación, con resultados negativos, en los Índices correspondientes de la Parroquia, nada encontramos al caso por Diego, ni por Ángel, ni por Bonifacio (entonces se confeccionaba el índice por nombres). Pero, como también era habitual que los niños fallecidos fueran registrados bajo la palabra Párvulos, sin nombre propio (solo con el nombre y primer apellido del padre), también apuramos esta posibilidad, sin hallazgo del que interesa bajo la letra P y en los años oportunos de la investigación.

       Tal vez el Diego primero falleció pronto, acaso recién nacido, y estos fallecimientos prematuros, tan frecuentes en aquellos tiempos, llevaban a los archiveros a desconocer o prescindir de la inscripción. Años enteros hemos visto, por índices, en que no figura fallecido ningún párvulo, y luego a veces existe lista de párvulos, agrupados, comprensivas de varios años, lo cual justifica lo que hemos dicho. Pudo ocurrir este fallecimiento fuera de Alcalá, o darse alguna otra causa que explique la omisión registral. Es cierto también que algunas líneas son ilegibles, sobre todo por el mal estado de la tinta.

       Igual resultado negativo obtuvimos de las Confirmaciones. Sólo aparece, en el período que nos ocupa, la administración del Sacramento en la Visita realizada por fray Tomás del Valle, Obispo de Cádiz, dominico. Confiere la Confirmación en el templo dominicano de Alcalá de los Gazules el 1 de Mayo de 1740. Si corresponde al futuro Beneficiado, como parece, la referencia que ya registramos en el libro Historia de la Congregación-Beaterio..., Diego de Viera recibe la confirmación con ¡un año y medio de edad! Lo permitiría quizá entonces la disciplina eclesiástica..., y la benignidad de dispensar del Obispo. (Hemos conocido un caso análogo en Alcalá: Doña María Martínez Soto, señora de Guerra, fue confirmada en 23 de Abril de 1924, por el Obispo de Cádiz don Marcial López Criado, cuando, según resulta de su nacimiento y de esta nota de inscripción de su matrimonio, tenía dos años y tres días de edad.)

       En la partida de bautismo de 1738 -la auténtica del Siervo de Dios- actúa como ministro del Sacramento D. Juan de Ceballos, Beneficiado y Cura. Este alcalaíno tiene testamento otorgado en 12 de julio de 1774, donde manda enterrarse en la Iglesia Mayor y con el ritual que se usaba con los sacerdotes.



       Los padrinos bautismales de Viera son los alcalaínos Manuel Jarillo y su mujer, Doña Ana María Repilado, también vecinos de la entonces Villa. Manuel, a 24 de Octubre de 1737, dio a su mujer el Poder necesario para otorgar el testamento de aquél; ordenó sepultura en el Hospital de la Santa Caridad y Escuela de Cristo, de la que era Hermano. Parece deducirse que la piadosa Escuela de Cristo radicaba entonces en la Iglesia de este Hospital de la Misericordia, con especial dedicación a sus enfermos. Las herederas del póderdante y de su mujer fueron sus tres hijas llamadas Isabel Maria Jarillo, Mariana Matheos Jarillo e Inés María Jarillo Repilado. Este apellido Matheos nos recuerda el de Dª Andrea Matheos, la primera mujer de Juan Ángel de Viera, en los instrumentos de la viuda de Jarillo de su apoderamiento en 1737 (y del mencionado testamento, en 7 de agosto de 1769), firma como testigo instrumental; e igualmente cuando la citada Mariana hace su poder testamentario a su marido Juan Caballero, en 16 de marzo de 1754, uno de los testigos fue Juan Esteban Ángel, el hermano mayor de nuestro Beneficiado. Debe de existir, por consiguiente, alguna relación de parentesco entre estos Jarillo y los Viera, quizá por vía de la primera mujer de Juan Ángel de Viera.
   
        Acabamos aquí estas investigaciones. Nos obligan a una rectificación importante: don Diego nació el 19 de noviembre de 1738. Atención, pues, al cambio si procede en la fecha del busto, de su lápida, de los libros, incluido el nuestro propio... Es la servidumbre y mérito de la Historia, que no desdeña cualquier obligada rectificación, aunque nos duelan los usos adquiridos.

   
        Pero, en rigor, también debemos alegrarnos de hallar la verdad. Cualquier circunstancia biográfica exacta que toque a personalidades señeras, interesa a todos, pues se trata de seres que llegaron por senderos insignes a ser como partes y elementos del alma de la tierra, personalidades que “con ellas y en ellas, todos tenemos cierto linaje de convivencia y condominio” (Rodríguez Marín).

       En definitiva, sirvamos a la fidelidad del saber, que equivale a honrarnos todos. Como ya dijo Polibio, sin verdad no hay Historia, y sin Historia -sugirió Dilthey-, tampoco hay verdad humana que nos valga. La razón puede reconocerse a sí misma en la Historia, en la que hace y escribe. Sobre esta línea abierta persistimos, hasta hoy, retornando y avanzando en este decir radicalmente humano. Y en él, mal hermeneuta será el que crea que pueda quedarse con la última palabra.


NOTAS

(6) N. Ma. Cambiazo, “Memorias para la biografía... de Cádiz” t. I, Madrid 1829, p.42

sábado, 23 de febrero de 2019

Diego de Viera: Familia y Estudios (II)



ESTUDIOS

       ¿Qué educación inicial tuvo Diego de Viera? Aparte la elemental y piadosa que recibiera de los suyos, el parvulito iría pronto a una de las "amigas", consuetudinaria institución, precaria, pero viva en la época. Por supuesto, sería también instruido en las catequesis, a las que hubo de asistir varios años: escuela de conocimientos doctrinales básicos, donde el sacerdote o catequista pudo sembrar la buena semilla en el corazón juvenil.

      Poco después, el niño Diego hubo de ir a una escuela, más o menos oficializada, pues se decidiría para él la entrada al entonces reducido mundo de las letras.

      Aunque la autora ponga el acento en la instrucción femenina, resultan válidas al caso las afirmaciones de nivel científico de los trabajos recientes de María José de la Pascua. Ésta realizó -a través de testamentos- una cata acerca de la instrucción elemental y la escritura en las zonas rurales de Medina Sidonia y Alcalá de los Gazules. "En Alcalá de los Gazules – dice- la situación de partida, en 1675, casi es idéntica a la situación de llegada: sólo en 1800 obtenemos un pequeño porcentaje de mujeres firmantes -el 5,26 por ciento-, inexistente en los cinco anteriores años de la muestra, mientras que el de testadores que firma -11,11 por cien-- permanece en niveles parecidos a los de cien años antes (10,5 por cien de hombres que firman en 1675). Los porcentajes globales para el período -12,3 por cien y 135 por cien de testadores masculinos y femeninos que firman- evidencian de forma clara el retraso del mundo rural en el acceso a la cultura escrita y la marginación de la mujer en este proceso, sobre todo por la situación tan desventajosa de la que partían.”

      Y continúa:

       “Entre 1675 y 1775 (...) la población de Alcalá de los Gazules sigue prácticamente estancada en idénticas tasas de alfabetización (del 5 al 7 por ciento)”. Luego explica:

        “Es Alcalá de los Gazules, la población con menor número de habitantes -unos 4.000 en la segunda mitad del siglo XVIII-, con una mayor dependencia del sector primario y una más débil presencia de actividades relacionadas con el terciario, la que ofrece porcentajes de alfabetización más bajos y mayores contrastes entre los dos sexos -al respecto, ese 1,31 por ciento de mujeres analfabetas es bastante representativo” (11) 

        Los estudios de Viera debieron cursarse en el Convento de los Mínimos, casi frente al domicilio paterno. Sobre todo, cuando abordó la Gramática, para la cual tuvieron dichos religiosos un estudio propio, gratuito, establecido desde el principio por el mismo fundador. En esta oportunidad puede dejarse hablar al texto autorizado (con adición de puntuaciones para facilidad de lectura):

       “El Beneficiado Alº Cárdeno, que murió en el año de mil y quios y ochenta y sinco años, (en) el testamento (que) otorgó ante Fabián de Coca, escribano publico, en una clausula del dho testamto. dice desta manera:

       Primeramente que los dhos frayles an de dar predicador (en) adviento y quaresma que dé contento a el lugar, y tal letrado como se requiere y (de) buena vida y doctrina, en la iglesia mayor del Sr. San Jorge desta villa.

      Ytem estableció en otra clausula en que dexo a los dhos frayles por erederos de la mitad de sus bienes, con tal cargo que den estudio de Gramática en el dho. Convento a todos los naturales desta Vª sin llevar dinero algunos.- Este testamento esta en poder de Ju. Bapta. de Coca su (Escribano) hijo” (12) 

       Se cumplió este mandato, pues los frailes mantuvieron un Maestro de Gramática, fuera o no religioso, a partir de la escritura firmada con los testamentarios en 7 de febrero de 1586, también ante el Escribano Fabián de Coca. Y esta escuela se sostuvo en el Convento, tanto en su primitiva sede, como después del traslado de los frailes desde la Casa y Ermita del Barrio de San Antonio al emplazamiento posterior de la Plaza de la Cruz, ocurrido en 1682.

       Hemos dicha en Historia de la Congregación-Beaterio… que todavía en 1786 constan las clases del "Estudio Público de Gramática Latina" impartidas por los religiosos mínimos fray Diego Rodríguez o fray fosé Teutor, en su Convento.

       Analizamos en la obra citada los centros de estudios eclesiásticos en que pudo estudiar Viera en alguna etapa de su carrera.

      Respecto al Seminario diocesano, nada consta documentalmente. Nota Arturo Morgado que “ni todos ni siquiera la mayoría de los clérigos de la época (...) acudieron al mismo”(13) Y en otro lugar se explaya sobre el tema:

       “El Antiguo régimen no conoció la concepción del seminario como centro de institución exclusivo de formación sacerdotal y por donde tuvieran que pasar todos aquellos destinados a la carrera eclesiástica: la instauración de seminarios tridentinos no pasó, en muchas diócesis, de mera utopía y, cuando fueron erigidos, se trataba de centros poco prestigiosos, concebidos más como un centro de cantores para la catedral que de formación sacerdotal, y que brindaban muy escasas perspectivas de promoción. Los seminarios españoles se asemejarán al modelo italiano, donde la precocidad de su fundación se combinará con una mediocre formación intelectual. El seminario gaditano puede ser incluido con pleno derecho en este modelo”(14) 

        Por todo esto, sin descartar alguna presencia ocasional del joven Diego en el Seminario gaditano, nos inclinamos a hacerlo alumno habitual de los Profesores autorizados en los pueblos, según concretamente se demuestra al menos en las enseñanzas de Moral (de unos dos años de duración) que cursó en el Convento dominicano del propio Alcalá. (15) Tuvo también esta Comunidad de Santo Domingo un Lector normal de Teología, enseñanza impartida durante muchos años; se sabe, por ejemplo, que en 1784 este Convento de las Sagradas Llagas y Santo Domingo tenía por Lector habitual de Teología al Padre fray José Domínguez, y Lector de Moral al Padre fray Juan Montero. (16) 

       Dicha asistencia a centros locales la vemos afirmada en publicación donde, al enumerarse los puntos de formación a los que acudían los futuros sacerdotes, se mencionan, entre otros:

       “En sus pueblos de origen, con la ayuda che otros sacerdotes y de los colegios religiosos. Tal es el caso de Diego A. de Viera, fundador de las Religiosas del Beaterio, de Alcalá de los Gazules. Estamos a mediados del. s. XVIII”.

       Asimismo puede confirmar cuanto se ha expuesto, lo observado en este punto por Morgado (17), si bien advirtiendo que la escuela de Gramática y Latín que cita fue esta de los Mínimos, pero la Teología y Moral fueron impartidas por el otro Convento, el de los dominicos (que no menciona):

        “después de Medina y a pesar del gran hándicap que debió suponer para la misma la relativa proximidad de esta población, Alcalá es sin lugar a dudas el segundo gran centro de formación clerical de la Campiña: reúne el 4,6% de los estudiantes a nivel diocesano.

       El fenómeno se explica con facilidad: Alcalá tenía un convento dedicado a la enseñanza, el de los Mínimos de San Francisco de Paula. Cuando en el primer tercio del siglo XIX este monasterio ya no consta como centro educativo, sus habitantes optarán por seguir sus estudios en el Seminario de San Bartolomé.

       Aparte de este convento, no eran muchas más las instituciones pedagógicas con las que contaba. Tan sólo abemos que se asistía a Conferencias Morales, como hizo D. Jacinto Muñoz en la Iglesia Parroquial de esta localidad” (18) 

       Es decir, conforme expresa Morgado, destacó Alcalá en el siglo XVIII por la formación de sus futuros sacerdotes (ocho alumnos en los cursos del Convento). Morgado, (19) 

       Setenta Clérigos, alcalaínos accedieron al Presbiterado durante el siglo XVIII. (20) 

       Referente al mismo siglo y diócesis, dice el mencionado estudioso del tema:

      “En cuanto a las edades a las que habían de ser admitidos los pretendientes, no hay variación con respecto a las disposiciones tridentinas: tener uso de razón para recibir la primera tonsura, <<conveniente para el oficio que se le encomienda>> a quienes deseaban recibir las cuatro órdenes menores, y 21, 22, y 24 años cumplidos para el subdiaconado, diaconado y presbiterado, debiendo guardarse los correspondientes intersticios.

      A cargo del vicario de la localidad quedaba la realización de una información previa de vita, genere et moribus sobre las prendas del ordenante, realizando un interrogatorio a una serie de testigos y al propio pretendiente, disponiendo las Constituciones de 1.591 se tuviera cuidado con no admitir a nadie que no lo mereciera por sus cualidades, se realizaran las preguntas con benignidad y sin mostrarse severo con el pretendiente, y que no se llevara suma alguna por estos trámites.” (21) 

       En la diócesis de Cádiz, durante el siglo XVIII, aumentan las exigencias de virtud a medida que se asciende en grados, por lo que está prescrito que el pretendiente a cualquiera de las tres Órdenes mayores (subdiaconado, diaconado y presbiterado) habrá de tener mayor aprobación de costumbres, debiéndose publicar en la iglesia la pretensión del ordenante.

      Todos estos trámites y requisitos hubieron de observarse y fueron superados por Viera, quien si ya adulto era reconocido como un “verdadero ángel” (en informe del Visitador Huarte), de joven es razonable pensarlo sobresaliente en inocencia y cristianas virtudes.


NOTAS

(11) María José de la Pascua Sánchez. Aproximación a los niveles de alfabetización en la provincia de Cádiz: las poblaciones de Cádiz, El Puerto de Santa María, Medina la Sidonia y Alcalá de los Gazules entre 1675 y 1800; en Trocadero, revista de la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz, número 1, 1989, páginas 51-65.

(12) Folios 64-65 del ms. Año de 1586. Libro de las rremembranças y fiestas y memorias que son obligados a dezir cada un año los señores Beneficiados y Curas desta Iglesia del Señor Sant Jorge. Archivo Parroquial de Alcalá che los Gazules.

(13) Arturo Morgado García, El clero gaditano a fines del Antiguo Régimen. Estudio de las Órdenes sacerdotales (1700-1834). Cádiz 1989. Página 96.

(14) Arturo Morgado García, El Estamento eclesiástico y la vida espiritual en la diócesis de Cádiz en el siglo XVII. Universidad de Cádiz, 1996.

(15) A.H. Diocesano, legajo de Oposiciones a Beneficios de Alcalá de los Gazules, años 1766-69.

(16) A.H.P., Prot. de Alcalá de los Gazules, t.268, fols. 84s. y 73.

(17) Arturo Morgado García, El clero gaditano a fines del Antiguo Régimen. Estudio de las órdenes sacerdotales (1700-1834). Cádiz 1989, página 152.

(18) Véase Archivo Diocesano de Cádiz. Órdenes. Legajo 101, “Diligencias de D. Sebastián González pretendiente a la primera tonsura y cuatro menores grados”, s. f. En Arturo Morgado García, El clero gaditano a fines del Antiguo Régimen. 

(19) Arturo Morgado García, El clero secular de la Diócesis de Cádiz en el siglo XVIII en Cádiz en su Historia. VI Jornadas de Historia de Cádiz. Cádiz 1987, págs. 111-112.

(20) Arturo Morgado García, El clero secular… pág. 110.

(21) Sínodo diocesano de 1881, Constituciones antiguas del obispado de Cádiz, tit. IV, "Del sacramento del orden". Arturo Morgado García, Estamento eclesiástico y la vida espiritual en la diócesis de Cádiz en el siglo XVII. Universidad de Cádiz, 1996, páginas 79 y 80.


sábado, 13 de enero de 2018

Diego de Viera: Familia y Estudios (I)


Artículo publicado en la Revista de Apuntes Históricos, año 2003

Fernando Toscano de Puelles


       Acerca de sus padres y familiares procede dejar constancia o aclarar extremos de algunos familiares de don Diego de Viera. No sólo son hallazgos recientes, sino que suelen tener estrecha conexión con su misma obra fundacional.

      El codicilo del padre de don Diego, Juan Ángel de Viera, otorgado en 24 de octubre de 1751, sólo atiende a ordenar que una cantidad que le debe el Concejo de Alcalá de los Gazules no se consigne entonces en los autos de testamentaría para dividirla entre sus herederos, sino que, sólo cuando más adelante se cobre, podrá añadirse a la división propia de su herencia. (1) 

      Algo más puede completarse o rectificarse a las noticias sobre la hermanastra del Beneficiado, hija del primer matrimonio de su padre con Andrea Mateo (o Mateos). Se llamaba María de Viera, y dijimos de ella, en la publicación mencionada, que se llamó María Antonia y que el mismo don Diego le dio cristiana sepultura en 7 de marzo de 1766, habiendo fallecido a los 57 años de edad. (2) Estando probado que la madre de esta difunta unas veces es apellidada López y otra Mateo o Matheos, y dado que las fechas permiten el nacimiento de doña María hacia 1709, aparece seguro que es la legítima hermana de padre que tuvo el Fundador (no su tía).

       A los datos conocidos de Manuel, hermano entero de nuestro Diego de Viera, aportamos ahora la fecha de su poder para testar, que otorgó a su hermano Diego, el 2 de septiembre de 1766, dos días antes de morir.

La plaza Alta tal como la conocería Diego de Viera

      De otro hermano de don Diego, que conocemos por fray Francisco Ángel, religioso lego del Orden de San Francisco de Paula, se testimonia su presencia en el Convento alcalaíno en 13 de octubre de 1793, cuando la Comunidad, reunida según costumbre, suscribe el arrendamiento de la Huerta Grande, situada en el pago del Rocinejo, la cual pertenecía a la dotación del Convento, junto con su lindera la Huerta Chica. (3) También pertenecen a la línea paterna unos sobrinos carnales de los que se dio información en la Historia.

       A don Juan Ángel Briones, hijo mayor de Dª. Inés, hermana del Beneficiado lo encontramos vecino de Alcalá el año 1792, por la escritura de venta de unas cabras. Se mantenía en esta vecindad en 18 de julio de 1795, pues este recibe el traspaso que le hacen de un tercio y cuarto de tierra, comprensivos de 45 fanegas de labor y “que lindan con el donadío de Dn Diego de Viera Beneficiado de estas Iglesias por la parte de levante” en el sitio del Borrego. (4) Briones dejó luego de ser vecino de Alcalá, habiendo vendido antes de 1812 su propiedad de aranzada y media de viña, con la tierra calma que le corresponde, en la Cabezada de la Cañada del Rosal. En 1826 ostentaba el cargo de Alguacil Mayor de la Villa de Guillena. (5) 

      De este Juan y de su hermano Francisco Ángel, casi son últimas noticias las registradas en el Poder para testar otorgado en Cádiz el año 1823 por este don Francisco Ángel Briones. Es un Poder que concede a su hijo político don José Morenate. (6) Del documento se extraen algunas curiosas noticias: era natural de Alcalá, había estado casado con la fallecida doña María García de Silva, en quien hubo ocho hijos, de los que enumera los que quedaban vivos: don Cayetano, doña María de la O, doña María de los Santos, doña María Manuela, doña Inés, doña María Dolores y doña María de la Paz. A éstos declara sus herederos. También consigna textualmente:

       "Declaro que mi tío Dn. Diego viera falleció en mil ochocientos y me nombró su heredero de varios bienes situados en Alcalá de los Gazules, por mitad con mi hermano Dn. Juan Brioni, a quien ahora hace seis u ocho años, ante un Escribano que tiene oficio en la Plazuela de San Francisco de Sevilla di Poder para regirlos y administrarlos a cuyo titulo los ha estado aprovechando sin rendirme cuentas ni productos, sobre todo lo cual me refiero a los documentos, que puse en poder de mi dicho hermano a las nociones que de los mismos particulares tiene Dª Inés Briones y García, una de mis hijos.” Se registra haber fallecido unos días más tarde, el 8 de noviembre. A este Briones quizá no aprovechó demasiado el legado de su tío el Siervo de Dios.

       Más compleja que la paterna se nos aparece fijar la línea materna del Beneficiado don Diego.

      Los abuelos, Francisco Márquez y María de Arjona, eran avecindados antiguos de Alcalá. La madre de ésta se llamó también María Arjona y estuvo casada con Diego Jiménez Corrales; además de la abuela de Viera, les nació un hijo que se nombró Jorge García.

      Dichos Francisco y María procrearon seis hijos, siendo Dª Mario Bernarda, madre de D. Diego-, la tercera de estos vástagos y la primera mujer. Contrajo matrimonio con Juan Ángel de Viera, cono sabernos, Ya viudo éste de Dª. Andrea Mateos.

      Al fallecer la abuela de nuestro Beneficiado en 20 de noviembre de 1716, deja a sus hijos, por testamento del día anterior, bienes más bien modestos, pero menciona casa propia y aranzada y media de viña en el pago del Verdugo. Este viñedo llegará un día a manos de D. Diego,

      Doña Francisca Márquez, o Jiménez Márquez (pues también usaba la libertad de la época para elegir apellidos), era natural de Alcalá, hermana menor inmediata a María Bernarda, madre de Viera. Casó con Juan Durán, del que estaba viuda sin hijos cuando el 23 de junio de 1756 otorga la escritura de Fundación de Capellanía a favor su sobrino Diego de Viera. Este tema lo explanaremos más adelante.

Partida de funeral de Francisca Márquez, tía de Diego de Viera,
donde se recoge que ha nombrado albaceas testamentarios al cura D. Juan Cano y a su sobrino

      El ya mencionado sacerdote don Juan Fernández Cano (que firmaba omitiendo el Fernández), en un segundo testamento que otorga en 18 de noviembre de 1761, (7) declara ser hijo de D. Alonso García Cano, natural de Alcalá, y de D. María Brito Soriano, de Las Cabezas de San Juan. Llama hermano suyo a un Domingo Marín Cano y era dueño de las casas que llaman del Naranjo, en la Collación de San Jorge, pero será con tres caballerías de tierra de su propiedad con las que decida formar una vinculación, conforme a Derecho. Esta pasará a D. María de Arjona, por los días de la vida de ella, a la que llama mi hermana, siendo en rigor hermana política, en términos actuales, al haber sido esposa del fallecido Domingo Marín Cano. La sucesión del vínculo se transmite, muerta aquélla, a las hijas del citado Domingo, llamadas D. María de la O, Dª Juana y Dª Leonor Marín Cano, todas solteras, y finalmente a Alonso y Francisco Marín Cano, hermanos de las anteriores.

       Asimismo D. Juan Cano menciona otra sobrina, Dª Juana Gómez Cano, hija de D. Bartolomé Gómez y de Dª Magdalena Cano "mi hermana". La cual Juana es mujer de Simón Romero.

      No resistimos de copiar clausula curiosa: “Yt. es mi voluntad y suplico a los dchos. Rvdo. P. Prior (dominicano) y al mencionado Dn. Alonso Vicente Pérez se sirva el primero de señalar dos Religiosos Sacerdotes de Su Comunidad y el segundo quatro Presbíteros de el Clero los que fueran de su voluntad para que desde las casas mortuorias lleven en hombros mi cadáver hasta la Iglesia Mayor en donde he de ser sepultado y por este trabajo se le dé a cada uno de limosna cuatro reales de v.n”

      La viuda e hijos de D. Domingo Marín Cano, y los hijos de éstos, son los herederos.

      De este Padre Cano, tío de nuestro D. Diego, sabemos que era natural de Paterna de Ribera, (8) pero ya en 9 de agosto de 1755 era Cura de las Iglesias de Alcalá. Destina en su testamento la mitad de sus bienes a misas por su alma. Deja legados a su hermano Domingo y la otra mitad de bienes a María, hija de su hermano, la cual asistía a su tío; nombra por sus albaceas a dicha María y a los Beneficiados D. Alonso Vicente Pérez y D. Cristóbal Collado, y al Presbítero D. Francisco Oliva, "mi sobrino".

       La citada Dª. María de la O Marín casó más adelante con D. Miguel Álvarez Sánchez, siendo hija de éstos, entre otros varones y mujeres, una D. María Ramona, la que a su vez contrajo enlace con D. Juan Arias. Al testar en 1884 la hija de este matrimonio, Antonia de Arias Álvarez, era casada con D. Ildefonso Romero Caballero, los cuales encabezan estirpes de significación social en Alcalá y estrechamente vinculadas al Beaterio.

      Aquella esposa del fallecido Domingo y madre de los herederos del vínculo de D. Juan Cano, se dijo que fue la alcalaína doña María Arjona (alguna vez llamada María Villarejo y Arjona), la cual, viuda, otorgo testamento en 1764. (9) Nombró por sus albaceas a “Dn. Diego Ángel de Viera, Pro.” su sobrino, y a D. Francisco, Dª Juana y Dª Leonor Marín Cano, sus hijos.

       Aunque existen lagunas, tenemos así desplegada la estirpe de los Marín Cano, quienes acompañan a D. Diego de Viera como cercanos parientes .No sabemos dónde se halla el entronque exacto, si bien todo apunta a la consanguinidad de la madre de Viera, una Márquez Arjona, con esa otra Arjona, mujer de Domingo Marín Cano.

       Recordemos que Dn. Diego cita en su codicilo de 12 deoctubre de 1800 (o en otras disposiciones testamentarias) a su sobrino Diego Álvarez Marín (su ahijado), a su sobrina María de la O y a otra sobrina que se halla tullida (acaso Juana); también en su final codicilo cita a su prima Leonor Marín Cano, una de sus albaceas, mayor de cincuenta años en 1791, vecina de Alcalá y “Labradora y Criadora en su término”, (10) que falleció soltera.


NOTAS

(1) Archivo Histórico Provincial de Cádiz (A.H.P.C.), Protocolos de Alcalá de los Gazules, ante el escribano Francisco Marchante, tomo 86, folios 204-204v.

(2) TOSCANO DE PUELLES. Fernando. Historia de la Congregación-Beaterio..., págs. 24 y 31.

(3) A.H.P.C, Prot. de Alcalá de los Gazules, por ante el escribano público García Troyano.

(4) A. H. P. C. Prot. de Alcalá de los Gazules, t. 288, folios 25 y ss.

(5) Idem, t. 225, f. 74

(6) Por ante el escribano público don Joaquín Rubio, en 27 de octubre de 1823: Archivo Histórico Provincial, tomo 3193, folios 1692-1696 vuelto.

(7) A.H.P. Prot. de Alcalá de los Gazules, t. 314, folios 122 y ss.

(8) Testamento en A.H.P., Prot. de Alcalá, ante Marchante, tomo 68, folios 130- 132 v.

(9) A.H.P., Prot. de Alcalá de los Gazules, ante Silva, en 8 de agosto de 1764.

(10) A.H. P., Prot. de Alcalá de los Gazules, t. 286, al día 6 de diciembre de 1791.


sábado, 14 de octubre de 2017

El Curato y la Parroquia (y II)




      No siempre fue fácil, en el antiguo Alcalá, la coparticipación del clero parroquial, encargado directamente de la cura de almas, con el clero beneficial, pues existían inclusa peculiaridades locales que parecen propiciar ciertos roces. Por ejemplo: “la presidencia en el coro y procesiones, y el gobierno de la Iglesia, ministros y campanas eran reconocidos como de los vicarios en los 13 pueblos del obispado, las bendiciones de las Candelas, Ceniza y Ramos y también con excepción de Alcalá, en que se reservaban a un Beneficiado y la de Ramos en Conil a un clérigo” [5]

“En 1795 se enfrentaron los curas de Alcalá contra el cuerpo de beneficiados de la misma población sobre pertenencia de primicias, que duró hasta 1798”[6]

      En la diócesis, Vicario y Curas tuvieron “obligaciones bastante gravosas según el título 14 de las Constituciones Sinodales de 1591 debían encargarse de la administración de los santos sacramentos, la celebración de la misa parroquial, la visita de los enfermos de la localidad, el procurar que los fieles enviaran a misa a sus hijos, criados y esclavos, el cuidado de las doncellas pobres, viudas, huérfanas, enfermos y ancianos y la resolución de las disputas surgidas en el seno de la comunidad” (...) También debían informarse cuidadosamente de “otras personas que tienen la necesidad de socorro temporal o espiritual..., a los cuales procuren de ayudar con sus consejos, y con las buenas obras que pudiesen”[7]

       Otra función propia de los Curas era la extensión de las actas sacramentales. Viera firma muchas en los Libros destinados por la Parroquia para el registro de Bautismos, Matrimonios, Defunciones, etc.; como se sabe, todas estas partidas eclesiásticas tienen, aún hoy, carácter declarado de actas notariales, que suplen o secundan la documentación civil. Completemos la sección rindiendo por estas consideraciones de fe, arte y cultura, un homenaje a nuestra Iglesia Parroquial. No sólo por su fundamental función religiosa, sino como espacio ofrecido a distintos actos culturales y sociales. Es memoria viva de la historia y de la tradición y nos impele, por su mera presencia, al deber de conservarla como un bien preciado. Preservar su fábrica, restaurar su belleza, ha de servir - después de garantizar el uso primordial sagrado.- para que su prestancia monumental dignifique un entorno y contribuya al recreo estético de los ciudadanos. Resalta hoy nuestro templo por el resultado de diversas gestiones en orden a sus mejoras materiales y artísticas, como las realizadas en 1984 ante el Ministerio de Obras Públicas por el entonces Delegado de Obras Públicas de la Junta de Andalucía, don José Luis Blanco, con la inversión por el Ministerio de 20.000.000 de pesetas, con 5 más del obispado, para reposición de los techos, obra fundamental que ha salvado al templo de su ruina.[8] Asimismo, la reciente recuperación y puesta en valor de imágenes, como la Virgen del Rosario, del insigne Martínez Montañés, empeño de excepción que se debe principalmente a la Delegada de Cultura, doña Josefa Caro Gamaza.


        Valiéndose de rectos juicios de A. Morgado (que se fundamentan a su vez en los informes de los Visitadores eclesiásticos), se puede llegar a conclusiones globales respecto del estado moral e intelectual del clero en el siglo XVIII, y aún precisamente el de Alcalá de los Gazules en tiempos de Viera (él incluido). “Nos interesa hasta qué punto el modelo sacerdotal implantado a raíz de la Reforma Católica se cumplió en la Diócesis, y para ello analizaremos un caso concreto, el del clero de Alcalá”. [9]

       Pues bien, según el mismo autor, el clero alcalaíno de las últimas décadas de la vida de D. Diego de Viera (y, en concreto, de 1793) estuvo en general a una excelente altura moral, notable en el cumplimiento de sus obligaciones y hasta dotado de muy buena capacidad intelectual. [10]

        En estas excelentes conclusiones generales, pudo darse alguna excepción menos edificante -no probada-, pues “tampoco hay que decir que todos los clérigos de Alcalá fuesen un modelo de virtudes. Hay numerosos fallos que reprochar: el clero es indisciplinado, rústico y nada aplicado”[11] pero, en cualquier caso -añade Morgado- el defecto más criticado es la falta de formación intelectual (aunque esta crítica se hace a un nivel general y sin llegar a particularizaciones) y, curiosamente, el exceso de celo de algunos eclesiásticos. [12]

       Apurando el tema, el citado autor también ha tenido presente la información del Visitador Sr. Huarte sobre este clero alcalaíno de alrededor de 1793, en cuanto a la mejora intelectual y moral experimentada, inclinándose a “que ha habido una progresiva concienciación respecto a lo que debe ser un sacerdote modelo”. Y cita el ya conocido elogio individualizado que hace Huarte para el Obispo:

“D. Pedro López [de la Jara] y D. Sebastián [López] Becerra son excelentes mozos: el Becerra es de las genialidades más amables que puedan darse y el que fue a oponerse [opositar] a Guadix. D. Francisco Olivares [por Oliva] es un anciano de muy buena pasta y trabaja; D. Diego Ángel Viera fundador de las Beatas, es propiamente un ángel, D. Vicente de la Xara es muy bueno en virtud y doctrina; D. Juan Delgado, excelente niño en celo, aplicación y doctrina”.[13]

        El valor de este testimonio cobra relieve con el comentario de Anión Solé:

“Los juicios más interesantes, ecuánimes y completos del clero parroquial del obispado son los del informe que hizo D. Cayetano M. de Huarte y Briviesca para el nuevo obispo D. Antonio Martínez de la Plaza comunicándole el caudal de experiencia acumulada en el ejercicio de su cargo de visitador” [14]

       Nosotros podríamos alargar estas buenas expresiones con la mención de otros insignes compañeros de Viera, como D. Martín Cumplido y D. Lorenzo Villanueva, por lo menos. Descollar entre este conjunto de hombres tan selectos, hacerse incluso amar y admirar por ellos, es mérito de Diego de Viera. Ser propiamente un ángel para todos resulta elogio moral de los quilates mejores. Supone, en definitiva, el reconocimiento de la inocencia de carácter e incluso la santidad de vida de una persona.



NOTAS

[5] ANTÓN SOLÉ, Pablo; “La Iglesia gaditana en el siglo XVIII”; Cádiz 1994, página 306 

[6] Archivo Diocesano. Pleitos entre clérigos seculares, nº 10. Cádiz. 15.6.1795: Antón, o. c. p 316 

[7] Cita de las Constituciones Sinodales: Arturo Morgado García, El Clero gaditano a fines del antiguo régimen. Estudio de las Ordenes sacerdotales (1700-1834). Cádiz 1989, pág. 38. Y del mismo autor, El Estamento eclesiástico… págs. 33-33. 

[8]Véase Diario de Cádiz, 20 de enero de 1984. 

[9] MORGADO GARCÍA, Arturo; El clero gaditano a fines del Antiguo Régimen. Estudio de las Órdenes sacerdotales (1700-1834). Cádiz 1989, paginas 117-118. 

[10] o. c., página 118. 

[11] Archivo Diocesano de Cádiz, Secretaría, Legajo 507, Informes del visitador Huarte al Obispo Plaza... 1793, fol. 6 

[12] O .cit., páginas 19-2O 

[13]Archivo Diocesano de Cádiz, Secretaría, legajo 507, "Informe del visitador Huarte al obispo Plaza... 1793", fol. 5v. Arturo Morgado García, El Clero gaditano a fines del Antiguo Régimen. Estudio de las Ordene sacerdotales (1700-2834); Cádiz 1989, página 120. 

[14] ADC. Visitas Pastorales, leg. 5C7: Informe de Huarte a Martinez de la Plazia para la visita general, año 1793. Pablo Antón Solé, La Iglesia gaditana en el siglo XVIII; Cádiz l994, pagina 318. 

viernes, 15 de septiembre de 2017

El curato y la Parroquia (I)


Artículo publicado en la Revista "Apuntes Históricos y de nuestro Patrimonio 2005"

Fernando Toscano del Puelles



        De servidor constante y fiel de su Iglesia local es fácil de evocar a nuestro Viera, como lo permiten los documentos. Incluso en estrictas funciones pastorales, pues, además de Beneficiado, durante un tiempo fue Cura teniente del Vicario, interviniendo en servicio directo de las almas en tareas apostólicas generales, además de trabajos para el decoro del culto y del templo.

     Presentamos unas sencillas muestras:

      En 16 de junio de 1786 otorgó su primer testamento el Beneficiado a Félix Manrique (en realidad, D. Félix Jiménez de Vargas y Manrique). [1] Uno de sus albaceas es D. Diego Ángel de Viera, Beneficiado, “mi compañero”, con quien tuvo también una propiedad compartida, pues Manrique habitaba sus casas propias “en la Calle nueva de la Escalereta y lindan por abajo y la espalda con otras de Dª Inés Diosdado, (Esta señora diosdado, mayor de 50 años, enferma grave, testa en 27 de julio de 1793, ante García Troyano. Manda sepultarse en la iglesia de Santa Clara y encarga por su alma varias Misas) por la puerta con el Hospital de la Santa Misericordia de esta villa y parte del suelo de dichas casas es el horno de la Escalereta propio de Dn. Diego de Viera y Marquez, Presbítero y Beneficiado de dichas Iglesias.” [2]

        Entre sus encargos testamentarios, expresa que “por quanto siempre he tenido y tengo una grande devoción y afecto al Arcangel bendito señor dan Rafael, es mi voluntad que una lámina que está en la Iglesia Parroquial de esta dicha Villa del referido Santo, encima de la pila del agua bendita, se le construya y haga para adorno una repisa pequeña a la que se le dé de color y tambien algunos perfiles dorados poniéndole a sus lados dos cubilitos para poner la cera que alumbre a dicho Santo”.

       Conforme a esta su devoción, todavía dirá el Beneficiado Manrique respecto al Beaterio y a otra lámina (o cuadro) que posee de San Rafael: “Mando por vía de legado mejora o como más haya fugar en derecho, a el Hospital de Jesús, María y Josef nuevamente fundado por el dicho Dn. Diego de Viera también Beneficiado para curar a las pobres enfermas las citadas casas para que con lo que produzcan de renta se ayuden a costear una de las camas de dicho Hospital en la que se ha de poner la lámina que tengo del Señor San Rafael Arcángel mi Protector y Abogado”.

Testamento del beneficiado Félix Manrique

       El piadoso Manrique da a su admirado Viera otro encargo benéfico: “Ytt. También mando que el dicho D. Diego Angel por si solo separe doce pesos escudos reales de los que produxere el dicho mi caudal, y lo reparta por si solo los sábados de cada semana en pobres mendigos hasta que queden enteramente consumidos y extinguidos, en cuyo encargo no se ha de mezclar otra persona alguna, y tambien le relevo de dar cuenta de su distribución".

        Por último, D. Félix Manrique muestra su noble corazón comisionando a sus albaceas para que hagan llegar todo su caudal “para los pobres de solemnidad desta villa”, repartiéndolo “como acreedores a él”.

       Otro extremo de favor o actividad de Viera en las mejoras de nuestro templo principal lo tenemos en aquella su expresa intervención -expuesta en la obra sobre la Congregación Beaterio- acerca de ampliación, traslado y gran arreglo del Sagrario Parroquial. Aún se realizaba en 14 de octubre de 1790, fecha en la que el presbítero don Francisco de Oliva, pariente de Dn. Diego, mandó dar 3000 reales de vellón “para la obra de la Capilla del Sagrario que se está construyendo en la expresada iglesia Parroquia”.[3] Este mismo Padre Oliva, “Mandó el relox de campana que tiene en las casas de su morada a la Iglesia Parroquial de esta Villa”, reloj que asimismo debió instalarse posteriormente, en la entrada de dicha nueva Capilla, junto a la puerta de la Sacristía, donde permaneció hasta que, después de las obras realizadas hacia 1991, fue trasladado a la Victoria.

       No queremos dejar de referirnos al Oficio Divino, principal empleo de los Beneficiados. En el Coro, formando con sus compañeros, el Beneficiado rendía a Dios el solemne tributo de los adoradores, nada menos que en nombre de la Iglesia. Cantaba Viera los textos de esos venerables libros corales: gradual, vesperal, responsorial, antifonario, himnario... Era canto llano que se acompañaba de la voz de los sochantres cooperadores y del toque del organista (a su vez ayudado del modesto auxiliar al fuelle).

      De vez en cuando, según las solemnidades, capilla de cantores y ministriles ocupaba el recinto lateral en alto del coro, el de la schola cantorum.

        Pero el repertorio gregoriano siempre fue básico y obligado en canto y órgano, para toda celebración litúrgica: canto llano frente al figurado o mensural. La liturgia requería aquella presencia, pues la polifonía sólo solemnizaba las celebraciones especiales o de mayor importancia. Por esta cotidianidad del canto gregoriano, había llevado a considerársele el verdadero canto coral (no los cantos polifónicos), y sus libros, libros corales. Aunque el Coro principal era el compuesto por los Beneficiados, a estos Capitulares se unían los Curas y otros clérigos que lo tenían por deber: actuaban bajo la dirección práctica del que ejercía de Sochantre.

       Como decimos, en ciertas ocasiones, intervenía pequeña capilla de música, con voces de personas adultas y, en otros momentos, incluso con niños cantores (sobre todo en los ejercicios piadosos), con sus diversas voces. Era obligado en las funciones de Navidad, para los Villancicos.

      En su caso, todo este aparato realizaba por el templo y por la plaza las solemnes Procesiones. Y cuando ocurría la de la proclamación de la bula de la Santa Cruzada, consta que sonaba el atabal....

       Como se dijo en la muy citada obra sobre el Beaterio, D. Diego de Viera fue en determinado período de su vida uno de los Curas, auxiliares del Vicario para el cuidado y cura de las almas. 

      Sánchez Herrero, hablando de nuestra zona gaditano-xericiense, indica que, en la Edad Media, el Vicario era el encargado de la administración de los sacramentos, siendo como verdadero Párroco. “En las parroquias podía haber varios beneficios dotados y por ello varios beneficiados, a uno de los cuales se le encargaba la administración de los sacramentos, denominándosele indebidamente cura, y capellanes”. [4]

       Este oficio y nombre de Cura se admitió luego y hasta confiriéndose a varios sacerdotes simultáneamente, siendo a veces denominados Tenientes de Cura, siempre en concepto de auxiliares u subordinados del Vicario o Párroco. 



NOTAS

[1] Véase Archivo Histórico Provincial, Protocolos de Alcalá de los Gazules ante el Escribano Público don Rafael María González de Lora, t. 222, fs. 11-15 

[2] Segundo testamento de Manrique, en 10 de noviembre de 1792; Archivo Histórico Provincial, Protocolo de Alcalá de los Gazules, tomo 286 

[3] Testamento ante don Rafael María González de Lora, escribano público de Alcalá de los Gazules 

[4] SÁNCHEZ HERRERO, José; "Cádiz medieval", en la obra Cádiz v su provincia. Ediciones Gever, tomo II, Sevilla 1984, página 198. 


sábado, 14 de enero de 2017

Diego José de Viera, fundador del Beaterio (II)




       Antes de proseguir y ofrecer la aclaración de dudas, y observando la reproducción de la instancia pidiendo el Subdiaconado para su capitulo propio, copiamos esta certificación decisiva y acta bautismal entrañable:

      “Certifico yo Dn Juan Cano Cura de las Yglesias de esta Villa de Alcalá de los Gazules que en un Libro de Baptismos de los que esta Yglesia Parroquial de Sr. S. Jorge tiene en el Archivo de los curas donde se torna razón de las personas que en ella se baptizan que en el Libro número quince al folio treinta y nuebe huello este un capitulo firmadlo que sacado a la letra es como sigue:

      En la Villa de Alcalá de los Gazules en veinte y tres Bias del mes de Noviembre de mil setesientos y treinta y ocho años yo D. Juan de Sevallos Beneficiado y Cura de las Yglesias de dicha Villa Baptice a Diego, Joseph, Antonio que nació el día diez y nuebe de dicho mes y año es hijo legitimo de Juan Ángel natural de la siudad de Xerez y de María Bernarda natural y vesinos de esta Villa fueron padrinos Manuel Jarrillo y Da. Ana María. Repilado vesinos de esta Villa advertidos de sus obligaciones y parentesco espiritual y lo firme = Dn. Juan de Sevallos

       El qual capítulo concuerda con su original que queda en dicho Libro al que en todo me refiero y para que conste donde convenga doi la presente en dicha Villa en diez y seis de Agosto del año de mil setessientos sincuenta y nuebe y lo firme = Dilo Juan Cano » (rubricado).” (5)

   
       Al margen de la partida figura, de manera informal y de mano del curial al que competía el examen del documento, una cuenta de restar: 1759 - 1738 = 21

       Era la constatación de que el aspirante habría de tener 20 años cumplidos y encontrarse a unos tres meses de los 21 (que era el tiempo calculado que transcurriría hasta Orden Sagrada). Si no llegaba a la edad, el Obispo ejercía su facultad de dispensa.

       Estas son edades normales y regulares, bien diferentes de las que primero apuntaban los textos, que avanzan nada menos que doce años. Naturalmente, hemos comprobado in situ la exactitud de aquella copia con el original que tuvo a la vista el Reverendo D. Juan Cano, y cuya certificación envió a la Curia Diocesana. Notemos al respecto que el Sr. Cano es Cura de la Parroquia y además, tío del peticionario; su certificado está expedido para asunto de la mayor importancia, como es la recepción de Orden Mayor. Indica la fuente original, acta del Libro 15 de Bautismo, folio 39 vuelto, donde como decimos, hemos comprobado la fidelidad de los datos.

      ¿Qué había ocurrido antes, para asignar el nacimiento del Fundador en 1726 y no en 1738? Algo insospechado pero explicable: en 1726 había nacido y sido bautizado un Diego hijo legítimo de Juan Ángel de Viera y de Dª María Bernarda Márquez, el cual falleció después. Quisieron los padres recordar, o repetir su nombre imponiéndole de nuevo a un segundo hijo varón, nacido doce años después, que fue el benjamín de la familia y el futuro Fundador del Beaterio.

      En efecto, suele acontecer en las familias estos casos de duplicidad sucesiva de nombres, porque como dice un autor, imponiéndose estos por regular devoción a los Santos o por relaciones de familia, si falta el primer niño, vuelven a ponérselo al segundo (6) o a otro de los hijos. 

      En el caso de la familia Viera, esta conclusión es obvia. El nombre de Diego les debía ser particularmente querido, pues lo repiten en su descendencia. El primer niño fue Diego Bonifacio de Viera; el segundo, Diego José Antonio, sin que el padre le apellide en el acta de Viera, aunque así se llamaba, sino ese segundo nombre de Ángel que tantos consideraron apellido y que él mismo (Juan Ángel de Viera), en su testamento, se dio a casi todos sus hijos, después del nombre propio de cada uno. No obstante, curiosamente, nuestro beneficiado no firmaba con el Ángel, sino Diego de Viera, solamente. En principio, un apellido por la preposición «de», indica origen geográfico de una familia, y era transmitido tanto por línea agnada, como por consanguinidad. El apellido se daba antiguamente como un distintivo, al que da derecho el parentesco, en afán de distinguirse en el bosque de los apellidos patronímicos. A veces lo es por imposición de herencia y en otros casos, por elección o por uso consuetudinario que termina adoptado por el sujeto. Sólo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, con la implantación y el mandato de las leyes, adquiere el apellido la fijeza que ha gozado hasta ahora.


      De todo lo cual deducimos que nos es lícito a todos emplear o no tal sobrenombre para Don Diego, como observamos ocurre de hecho entre nosotros; no obstante, en el rótulo actual de la calle que le está dedicada estimamos que debería figurar el Diego, ante todo.

      Según enseña la Iglesia nombres como Diego y Ángel enseñan el recurso a determinados Patronos celestes para guías de la vida espiritual. En ese sentido, los ángeles gozan del divino favor, son auxiliares de la Providencia en el gobierno del mundo y protectores de personas y pueblos. Bien correspondía a Viera ser llamado Diego Ángel, por deseo de su padre, por la consideración de ángel humanado en que se tuvo en vida y después de muerto. Tanto más semejante ahora a los Santos Ángeles en virtud del patronazgo espiritual que le toca en su Instituto.

      
NOTAS

(5) Archivo Histórico Diocesano de Cádiz, registro de Órdenes y Reverendos, sección «Manuscritos», leg. 476-482.