lunes, 6 de mayo de 2013

La ermita de los Santos Nuevos: la basílica visigoda de Alcalá (I)


Artículo publicado en la Revista 
"Velada y romería en honor de la Patrona Nuestra Señora de los Santos" 1981


Ramón Corzo Sánchez 

   El año 1800 vio desarrollarse en Alcalá de los Gazules una de esas graves epidemias que diezmaban una población y hacían a muchos de sus habitantes buscar la inmunidad en el retiro del campo. El verano debió ser especialmente intenso en el desenvolvimiento de la enfermedad ya que se tomaron medidas de total aislamiento y algunas comunidades, como la de los dominicos, conocieron la extinción de casi todos sus miembros. No es difícil imaginar el ambiente de inseguridad, el descuido hacia cualquier ocupación que no fuese la defensa ante la plaga y la natural propensión a realzar cualquier hecho milagroso que pudiera significar una pequeña esperanza de remedio. En este pueblo temeroso y atento a cualquier novedad se desarrolló el descubrimiento de la antigua iglesia, que al pasar de los años y para diferenciarse de la ermita ya existente de la Virgen de los Santos, comenzó a llamarse de los “Santos Nuevos”. Debe indicarse, de entrada, que poco tienen que ver unos santos con otros, ya que los de la Virgen responden a las invocaciones repetidas hacia el Dios Supremo, para obtener su protección en la guerra contra los musulmanes, que estaban plasmadas en el soporte de la cruz sobre el que luego se levantó el santuario de Nuestra Señora, y los “nuevos” son los mártires patronos de la diócesis gaditana. 

      En la actualidad, sólo el nombre del lugar permite identificar el sitio de los hallazgos de 1800, ya que ningún establecimiento religioso, ni ningún otro tipo de señal se ha colocado para perpetuar el recuerdo de estos hechos que podrían haber sido mucho más trascendentes. Parece conveniente reunir aquí los datos de que aún se dispone, para componer en lo posible un relato razonado y para explicar las causas del olvido de un edificio que por razones religiosas, arqueológicas e históricas podría ser el monumento principal del territorio alcalaíno. 

     Aparte del resumen de noticias redactado por el arquitecto Pedro Albisu, que puede considerarse como informe oficial de los hallazgos, y cuyas copias distribuidas entre la Parroquia de Alcalá, el Obispado de Cádiz y el Archivo Histórico Nacional han servido para las citas modernas sobre el tema (1), existe un amplio expediente parroquial sobre el asunto, con datos y declaraciones de otros testigos directos, que amplía sensiblemente la información y, sobre todo, la iglesia de San Jorge alberga el pedestal encontrado y un interesante relicario con los restos óseos y otros objetos aparecidos, que son hoy un documento de primera mano, prácticamente inédito. 


   
      A la vista de todos los antecedentes citados, puede considerarse como seguro que el primer conocedor del hallazgo fue un labrador, llamado “Tío Zarco”, a quien llamaron la atención los signos labrados en una piedra que no pudo entender. Esto debió ocurrir algunos días antes del 13 de octubre de 1800, fecha en la que visitó el lugar el padre dominico fray José de Ayala. Este fraile había abandonado Alcalá hacía tiempo, huyendo de la epidemia por la que habían fallecido el prior y muchos de sus compañeros de convento, y vivía con la familia del labrador Francisco Sánchez Gallardo, en un cortijo, propiedad de Francisco Landino, cercano al “cerro de la Cavallería del Caracol”, donde se había observado la existencia del pedestal. En las cercanías toponímicas al lugar se cita también el nombre de El Palmitoso, que aún se conserva en uso, y el de El Puerto de el Vizcaíno, que debe referirse al que hoy conocemos como puerto de la Parada. 

      Poco pudo entender el fraile de los signos que estaban visibles, pero le pareció de interés investigarlos con detenimiento, de modo que al día siguiente organizó la excavación oportuna que permitió determinar que se trataba de un pedestal, colocado invertido y sobre una losa, tomado con ladrillos y mezcla por los lados. De la inscripción, aún sin limpiar, sólo entendió “in nomine Domini hic sunt”, y estimando que el asunto no tenía mayor interés se volvió al cortijo sin acordarse más del caso. Sin embargo, no todos los conocedores se dieron por conformes con la investigación. El día 22 del mismo mes, la mujer de su anfitrión, Josefa Muñoz Polanco, organizó con sus hijos y algunos operarios, y contra la voluntad de su marido, que temía por la integridad de su carreta, el traslado de la inscripción al cortijo, que se realizó al día siguiente, coincidiendo precisamente con la fiesta de San Servando y San Germán. Aunque algunos declarantes relacionan esta fecha con la especial circunstancia de que ahora el fraile leyera la inscripción de corrido y sin dificultad aparente, el testimonio prudente del propio dominico refiere sólo la lectura de algunos renglones más, que le permitieron comprender la referencia a un depósito de reliquias. 

     Ese mismo día se encontraba en el cortijo Juan Calvo y Negro, alférez del Regimiento de Dragones Sagunto, que realizaba con una pequeña partida las faenas de la remonta. Como buen militar, emprendió rápidamente iniciativas de mayor alcance: limpió el pedestal con vinagre y lo leyó íntegramente, quizás colaborando a los esfuerzos del dominico, y aunque no viese en esto ningún hecho milagroso, se sintió «acalorado de un fervor cristiano», que le impulsó a trasladarse al lugar del hallazgo con cuatro de sus soldados e iniciar unas excavaciones poco fructíferas, a pesar de que el propio alférez uniera sus fuerzas a las de sus subordinados. La gente empezó a reunirse atraída por el inusitado despliegue militar, presenciando la extracción desordenada de ladrillos y escombros que poco aclaraban. Finalmente apareció una lápida de gran tamaño, quizás la que según el dominico Ayala servía de base a la inscripción invertida; el alférez Juan Calvo se vio sorprendido entonces por las risas y comentarios irónicos de los espectadores que empezaban a presagiar fabulosos tesoros, por lo que decidió retirar sus tropas de la excavación, dejando en el lugar una vigilancia permanente. 

Fotografia del pedestal publicada en 1908 por Enrique Romero de Torres
en "Epigrafía romana y visigótica de Alcalá de los Gazules"
en el boletín de la Real Academia de la Historia Tomo 53.
     Mediante los avisos enviados por el fraile a las autoridades civiles y eclesiásticas de Alcalá, se presentaron a los pocos días bastantes vecinos y representaciones en compañía de don Pedro Albisu, arquitecto del cabildo gaditano que andaba por allí en otros encargos. Este reconoció la importancia y antigüedad del pedestal, de lo que trasladó los informes oportunos, y se decidió a iniciar a sus expensas la excavación completa de las ruinas. Primero siguió los muros de lo que parecen los ábsides de dos iglesias paralelas; descubriéndolas superficialmente; luego profundizó cerca del sitio donde se encontró el pedestal y dio con las tres primeras tumbas. El día dos de noviembre se decidió a levantar la cubierta monolítica de la mayor, y en cuanto distinguió dentro los restos de dos cadáveres exclamó “¡Los Santos Patronos de Cádiz!”, con lo que les embargó a todos tal nerviosismo que volvieron a cubrir la sepultura. Entre sustos y cavilaciones mandaron aviso a las autoridades de Alcalá y Cádiz, volvieron a entrever los huesos levantando la losa y decidieron que se necesitaba de asistencia técnica y de autoridades para proseguir tan importantes trabajos. 

     El día tres de noviembre “vinieron de Alcalá los Cabildos eclesiástico y civil al sitio de la excavación acompañados de multitud de personas del pueblo”, se volvió a descubrir la tumba y a taparla en espera de “la concurrencia de anatómicos y otros sujetos que pudieran dar luz y autoridad en semejantes actos”. Ese mismo día el canónigo doctoral de Cádiz, José Muñoz y Raso, estando vacante la sede gaditana, comisionó a Francisco Martínez García, Vicario Eclesiástico de Medina Sidonia para reconocer los hallazgos. 

     Sin embargo, este último encargo no pudo cumplirse ya que la autoridad gubernativa denegó el pasaporte al vicario de Medina, a causa de la epidemia que se sufría en Alcalá. Quizás por ello, y a pesar de las prevenciones de Albisu, el 6 de noviembre se volvió a levantar la cubierta de la tumba por orden del corregidor de Alcalá, y un sacerdote fue sacando los huesos que entregaba a un anatómico para su examen y luego eran depositados en unas urnas, especialmente fabricadas para este fin. Así se procedió con las otras dos tumbas inmediatas, cuyos restos son los únicos que con seguridad se conservan en el relicario de la Parroquia de San Jorge, y de los que hablaré más adelante. 

     El Obispado de Cádiz se vio obligado a buscar un nuevo comisionado para el reconocimiento del hallazgo, que fue Pedro López de la Xara, presbítero beneficiario, residente en Alcalá, quien no tenía las dificultades de desplazamiento del vicario de Medina. En el encargo del Obispado se indica ya la necesidad de quitar de lugar sagrado las reliquias que se habían extraído, ya que podían inducir a confusión en los fieles y no se había reconocido en forma cualificada su autenticidad. Estos hechos tenían lugar hacia el 22 de noviembre, cuando se habían vaciado otras diez tumbas más, el cabildo de la villa había decidido retirarse de la operación y Albisu, que había costeado la excavación de su bolsillo y no encontraba más apoyo en Alcalá, había tenido que abandonar el lugar. No queda claro en los documentos manejados por qué circunstancias se produjo este desánimo, aunque es posible que la aparición de milagros y hechos extravagantes, junto con las prevenciones eclesiásticas, hicieron volver de los primeros impulsos exaltados al corregidor, que se negó incluso a prestar declaración en las indagaciones efectuadas por el beneficiario López de la Xara. 

    


NOTAS 

(1) Estos datos fueron aprovechados por H. Schlunk en “La basílica visigoda de Alcalá de los Gazules”, A. Esp. A., 58, 1945, p. 75 ss. En el citado estudio se emplea la bibliografía anterior y el plano conservado en el Archivo Histórico Nacional, El plano de la figura 1 es una versión algo distinta y se conserva en el archivo del Obispado de Cádiz, dónde me ha facilitado su fotocopia el padre Pablo Antón Solé, que me llamó la atención sobre su interés. 

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