sábado, 19 de septiembre de 2026

Los molinos de Patrite




Artículo publicado en la Revista de Apuntes Históricos 
y de Nuestro Patrimonio 1993. 


Luis ROMERO ACEDO



    Alcalá, como pueblo viejo, puede preciarse de tener una historia y una cultura interesante y rica. Sin embargo, siempre nos fijamos en los grandes hechos, nunca reparamos en los pequeños detalles, cuando a lo mejor ese hecho que a muchos nos puede parecer cotidiano, es algo verdaderamente singular y rico.

    Es el caso de los molinos de Patrite, molinos que a los que los conocimos en funcionamiento, no hace muchos años, no nos llaman la atención, pero que a otros muchos, que pueden desconocer incluso su existencia, pueden resultarles atractivos e interesantes. Para unos y para otros, estas líneas de recuerdo a una tecnología y a una economía que pertenecen al pasado de nuestra cultura.

    Los molinos fueron, durante muchos años, casi la única industria local y alcanzaron un número considerable. El Catastro del Marqués de la Ensenada, a mediados del siglo XVIII, nos habla de 21 molinos en la población.

    Estos 21 molinos se localizaban, 3 en el Prado, (llamados de Santa Clara, El Granadillo y San Francisco) y 18 en Patrite. La elección de estos lugares, pero preferentemente, la elección de Patrite, se debe a la proximidad del pueblo y a la existencia en esas zonas de un gran número de vecinos viviendo en el campo, pero sobre todo, al agua, que en abundancia baja del Montero a través del arroyo de Patrite hacia el río Rocinejo. Y bajaba dando vida a 18 molinos, que se distribuían a lo largo del curso del Arroyo con el siguiente orden: La Molineta (en Mogea Escobar), San Francisco, San Jorge, La Menacha, La Llave, La Chiva, El Canto, Los Partidores, La Molineta, Castroarriba, Castroabajo, El Olivar, El Nogal, El Acebuchal, La Cárdena, El Arcón, El Molino Nuevo (o Calores), y el Molino de Marujo.

    La Ciencia, la técnica para aprovechar este caudal de agua, era bien sencilla y tiene una tradición de muchos siglos. La historia nos dice que los primeros molinos de agua aparecen en el siglo II antes de Cristo en la zona de Oriente Próximo y Asia Menor, aunque serán los romanos los que los difundirán por Europa, y luego los árabes -verdaderos artistas en aprovechar el agua- los que los instalarán y los harán funcionar en nuestra zona.

    La tecnología de estos molinos, ya centenarios de Patrite, se basa en 3 elementos: el Cao, el Cubo y la Bóveda.

    Pero no podemos obviar que también es importante el emplazamiento del molino, junto a cierto desnivel, ya que el CAO, que no es sino un canal o acequia que toma agua del cauce del río para conducirla hasta la bóveda -y accionar el mecanismo- debe discurrir por terreno más elevado del que ocupa el molino, al objeto de que el desnivel del terreno facilite la construcción de un CUBO entre el cao y la bóveda.

    El CUBO, es por tanto, un pozo en altura que contiene el agua para accionar el rodezno y no para almacenarla, pues para este fin, para que no faltase el agua, el cao se agranda en una pequeña presa antes de llegar al Cubo.

Vista parcial de la fachada del Molino "El Nogal".
La primera puerta conduce al horno, la segunda al molino.

    
    Así pues, es el agua del cubo la que acciona el mecanismo de la bóveda, pues sale de este por una pieza, el Saetillo, realizada en madera y con forma piramidal, terminada en un pequeño orificio de salida, con lo cual, adquiere una gran presión. Este orificio o boca se cierra con una chapa o con una madera (que se maneja desde la sala del molino, mediante una vara o eje de hierro, que atraviesa la bóveda) y que permite parar o poner en funcionamiento el molino, cerrando o abriendo el chorro de agua o simplemente regulando la intensidad del chorro, y con ella, la velocidad del rodezno, de ahí que a esta pieza se le llamase "llave".

    La BÓVEDA, es el espacio inferior del molino, algo así como los cimientos, que se excavaban en la tierra, bajo el lugar a ocupar por la "sala del molino" a modo de hoyo y que se edificará por 3 de sus lados, dejando abierto el delantero, del que partirá el cauce para que discurran las aguas empleadas por el molino, una vez usadas.

    Este espacio, excavado, se cubrirá con una bóveda, -de ahí el nombre que se da a todo el conjunto inferior- y no tendrá mayor altura que la del hoyo realizado ya que hay que equilibrar el terreno, porque el Molino y sus dependencias no se construye sólo sobre la bóveda, sino que también se construirá sobre el terreno colindante.

    La pieza central instalada en la bóveda es el RODEZNO, (rueda formada por cucharas de madera y que entra en movimiento cuando el agua que sale del saetillo incide sobre las cazoletas de las mismas). Este movimiento hace girar el eje de madera que comunica el rodezno con la piedra instalada en la sala del molino, un eje de madera que concluirá en su parte superior, en otro metálico, más menudo e incrustado a este, llamado palahierro, que mediante la lavija se encaja en la piedra superior, a la que mueve. Esta piedra superior, de aproximadamente 1,30 m. de diámetro y de 1.500 kgrs. de peso, es la llamada "piedra moler", que trabaja sobre otra inferior, del mismo tamaño y peso, llamada solera, que es la que se encuentra fija sobre un poyete o alfanje. Ambas piedras molerán por la fricción que realizan las dos caras que se tocan y que se encuentran perfectamente labradas (con surcos y estrías). Hasta esa zona, el trigo llegará a través de la tolva, situada sobre el orificio central de la piedra superior y saldrá convertido en harina, a través de la piquera, para verter sobre un pequeño receptáculo llamado "harinal", en el que la harina será envasada en talegos.
El cao o acequia, antes de morir en el cubo o pozo.


    Esta es en resumen, la tecnología que accionaba el molino, pero quedaría incompleta si no contemplamos la máquina de "ahechar el trigo", igualmente accionada por el rodezno y cuya misión será lavar el trigo antes de verterlo en la piedra. O las "medias lunas", que instaladas en la cabría giratoria que se colocaba en el molino, servían para subir o bajar las piedras para su picado, cosa que había que hacer de vez en cuando, pese a que en los últimos años se introdujeron las llamadas "piedras francesas", muy resistentes y duras y que precisaban menos cuidados que las anteriores del país o "piedras blancas", que había que repicar continuamente.

    Esa es la tecnología, pero los molinos eran fruto también de una época, de una economía, de una mentalidad diferente a la nuestra.

    Los molinos nacen como fruto de la necesidad de tener harina para amasar en la propia casa -no olvidemos que la inmensa mayoría de la gente vivía en el campo y tenía que autosatisfacer sus necesidades- pero también dieron pie a una incipiente industria y comercio, pues los molineros molían para venderlo y desde Alcalá salía harina, en bestias, que por caminos y veredas conducían los añacaleros (o mozos del molino) para muchos pueblos vecinos y para otros más lejanos, aunque la mayor parte de la producción se consumiera en nuestro propio término.

Piedra de moler francesa


    Sin remontarnos a épocas muy lejanas, pues quién esto escribe sólo conoció los molinos en su fase final, en esa época de penuria de los años 50 y en los 60 cuando empieza a desaparecer la agricultura de subsistencia y la política intervencionista del Estado dictatorial comienza a perseguir a los molinos -con continuas visitas de la Fiscalía y de los inspectores que precintaban y cerraban las instalaciones- para fomentar las grandes fábricas que eran más fáciles de controlar. En aquellos 50, en que los molinos producían toda la harina que necesitaban los alcalaínos y generaban un buen número de puestos de trabajo, pues cada uno de ellos tenía al menos tres trabajadores: el dueño, el maestro molino y un mozo, sin contar que prácticamente toda la familia del dueño trabajaba, bien lavando el grano, bien llenando las talegas, bien amasando (no podemos olvidar que cada molino tenía su propio horno).

    Cada molino molía un promedio de 25 a 28 fanegas de trigo y esto a lo largo de todo el año, en invierno y en verano, y cuando no se molía trigo se molía maíz, que más que aprovecharse para piensos del ganado, se empleaba para el consumo humano. Así, tenemos que, la actividad del molino era incesante y ello los convirtió también en lugares de reunión de quienes iban a moler, de quienes pasaban o de las mujeres que desde el pueblo iban simplemente a comprar harina y de camino aprovechaban para lavar la ropa (pues el agua no llegaba al pueblo) en los lavaderos de las proximidades de los molinos. En Patrite, no faltaba nunca el agua, porque los molineros se encargaban de que el arroyo estuviese siempre corriendo y limpio, tarea que realizaban todos a una, arroyo arriba, nada más disminuir el caudal, comenzando por el descansadero de Marujo y terminando en el Montero.

    Los molineros, que aprovecharon como nadie el agua, pues en los días de verano en que ésta comenzaba a escasear, iban dando, por riguroso turno, de arriba a abajo, cortes para llenar cada uno su presa y su cubo y así todos tenían agua para trabajar.

    Los molineros, que pese a las prohibiciones y controles de los 40, molieron trigo para que a Alcalá no le faltase el pan.

    Los molineros, hombres que contra viento y marea, pese a las adversidades del tiempo y de los tiempos, lucharon por mantener funcionando los molinos, por la maquila o beneficio que dejaba la molienda, 6 kgrs. de trigo o de harina (daba igual), por cada quintal molido. (6 kgrs. por cada 40 kgrs., ya que el quintal castellano es de 46 kgrs.). Que lucharon para atender a tantos y tantos alcalaínos, que con calor en verano o con los caminos cortados en invierno, acudían a los molinos de Patrite, por la vereda de los Carrascales -los procedentes de Fraja, la zona de Paterna, las Viñas o Pajarete-; por la vereda de las Huertas, los que venían de Rocinejo, Pagana o Los Poyales y de toda la zona que nos conduce a Algeciras; o los que llegaban por la Vereda del Lario, que saliendo de Alcalá por la actual fábrica de quesos, pasaba por el Puente que vemos en esa zona del Pozo de Enmedio y venía a salir al descansadero de Marujo, ya en la zona de los Molinos. Unos alcalaínos que pensaron, con los molineros, que la famosa carretera de Jimena (que partía del Pozo de Enmedio -todavía existe el puente, ahí visible, para recuerdo- y varias alcantarillas por toda la ribera del Lario- iniciada en los años 20 y dejada parada por falta de recursos) resolvería el problema de las comunicaciones, del acceso. Y que volvieron a ilusionarse cuando en los años 50 se traza una nueva carretera que discurriría por La Quinta y Las Asomadillas hasta llegar a Mogea Escobar para proseguir hasta las Esperillas bajas y las Esperillas Altas... pero que tampoco se realizó por cuestiones económicas... Unos molineros que tuvieron que cerrar sus molinos antes de que en 1981, la Diputación y el Ayuntamiento alcalaíno realizaran los trabajos de asfaltado de la carretera y acometiesen la llegada del agua y de la luz. Infraestructuras fundamentales que podían haber incidido en la conservación de los molinos y que hubieran permitido incluso, dentro de lo que cabe, la modernización y mejora de los trabajos. Pero... los molinos, irremediablemente estaban perdidos, excepción hecha del de Juan Acedo, que aunque ya no muele, se conserva intacto y podría hacerlo en cualquier momento.

    Y creo, que sería conveniente que desde la Administración y a través de programas específicos de protección de la riqueza cultural de nuestros pueblos y del fomento de estas peculiaridades, con fines turísticos, permitiría restaurar los molinos e incluso poner en funcionamiento -como museo- alguno de ellos. De este modo, recuperaríamos algo de nuestra propia cultura - mientras se rendía homenaje a aquellos esforzados hombres que lo mismo eran ingenieros, realizadores y mecánicos del molino, que picapedreros, que guardas y conservadores del río, y también a todos los alcalaínos y alcalaínas que para tener pan en sus casas, acudían por harina a los molinos- y sería, a un tiempo, un atractivo turístico añadido.

Esquema de las partes de un molino hidráulico.


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